Karma

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Prólogo

Mis dedos temblaban sobre mis piernas mientras permanecía sentada frente a la puerta metálica del consultorio. Sentía un nudo apretando mi garganta y el corazón latiendo tan fuerte que pensé que en cualquier momento se saldría de mi pecho.

No debía estar allí.

Debí haberme ido desde el instante en que la doctora me mostró aquella fotografía.

Pero no pude, porque durante tres años me convencí de que él estaba muerto y aun así… una parte de mí jamás dejó de preguntarse qué había pasado realmente aquella noche.

—Lucía… —la voz de la doctora Helena me hizo levantar la mirada—. Aún puedes decidir no entrar.

Solté una pequeña risa amarga, ojalá fuera tan fácil, ojalá pudiera seguir huyendo. Pero estaba cansada, cansada de las pesadillas, de despertar creyendo escuchar gritos, de mirar por encima de mi hombro cada vez que caminaba sola, cansada de vivir aterrada.

Tomé aire profundamente y me puse de pie, mis piernas temblaron de inmediato, la doctora me observó en silencio antes de abrir lentamente la puerta frente a mí.

—Solo recuerda algo —murmuró—. Ya no estás allí.

Mentira. Porque en cuanto crucé aquella puerta… sentí que regresaba al infierno, el cuarto estaba casi oscuro, solo había una lámpara encendida en una esquina y él estaba allí, sentado, esperándome.

Mi respiración se detuvo automáticamente.

El hombre de mirada fría. Seguía vivo. Pero ya no era el mismo.

Tenía el cabello más corto, varias cicatrices cruzándole el rostro y una expresión vacía que me hizo sentir un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

Sus manos estaban esposadas sobre la mesa.

Aun así… seguía viéndose peligroso.

Mis recuerdos comenzaron a golpearme uno tras otro.

Sangre.

Gritos.

Golpes.

Su voz ordenándome correr aquella noche.

Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos mientras luchaba por no desmoronarme frente a él.

Entonces sus ojos se encontraron con los míos y por primera vez en tres años... Vi algo romperse dentro de él.

—Pensé que estabas muerta —dijo con la voz ronca.

Sentí el aire atorarse en mis pulmones, porque yo también lo creí. El silencio se volvió insoportable, pesado, lleno de recuerdos que ninguno de los dos quería enfrentar.

Intenté hablar, pero mi cuerpo dejó de responderme, el miedo empezó a consumir cada parte de mí. Retrocedí un paso automáticamente y entonces lo vi.

El dolor que cruzó fugazmente su mirada, como si esperara exactamente esa reacción, como si supiera que incluso después de haberme ayudado… yo también le tenía miedo.

Bajó lentamente la mirada hacia las esposas en sus muñecas y soltó una pequeña risa vacía.

—Supongo que tiene sentido.

Tragué saliva intentando controlar el temblor de mis manos.

No entendía qué estaba sintiendo.

Miedo.

Rabia.

Confusión.

O alivio.

Porque él era un monstruo. Pero también fue quien me ayudó a escapar y eso era lo que más me aterraba.

Que después de todo lo vivido… él seguía siendo la única persona capaz de entenderme realmente.

Entonces volvió a mirarme y lo que dijo después terminó de destruir la poca calma que me quedaba.

—Ellos saben que sigues viva.



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En el texto hay: dolor, abuso sexual aborto pérdida

Editado: 19.05.2026

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