Kasandra la invocadora

El fuego y el pacto

El empedrado de Gravenfort no había olvidado ninguna sangre.

Cada piedra guardaba el eco de los pasos que la habían cruzado: mercaderes, peregrinos, condenados. Pero esta mañana, los cascos de los caballos golpeaban con un ritmo diferente, uno que resonaba en los huesos antes de llegar a los oídos, un tambor sin piel que convocaba algo antiguo desde las profundidades del suelo. El aire olía a humo de madera verde, a aceite quemado y al sudor acre de una multitud hambrienta de justicia.

O de sangre. Con frecuencia, eran la misma cosa.

Una carroza de hierro negro avanzaba entre la marea humana. Pesada como una tumba rodante, sus ruedas dejaban surcos en el fango mientras balanceaba su carga de carne condenada. Dentro, encadenadas con eslabones tan gruesos como muñecas de niño, tres mujeres soportaban el amanecer con una dignidad que la multitud no podía comprender, y que por ello odiaba con doble ferocidad.

Las llamaban brujas. El viento, que aquel día soplaba desde el oeste con olor a mar y a presagios, susurraba otro nombre: herejes.

—¡Que ardan! —gritaban los hombres, con los ojos rojos de fanatismo y de mala noche—. ¡Que el fuego las purifique!

Piedras, pan mohoso, agua de alcantarilla. Todo volaba contra los barrotes mientras la carroza avanzaba. Pero la primera mujer no parpadeó.

Era alta, de piel clara como la luna en su último cuarto, con el cabello negro cayendo sobre su espalda como una cascada de tinta derramada. Sobre sus brazos, su cuello, su pecho, tatuajes de otro tiempo respiraban con una cadencia propia: líneas que formaban constelaciones extintas, espirales que representaban los nombres verdaderos de cosas que los hombres habían preferido olvidar. Cuando la luz del sol tocaba esos símbolos, vibraban con un temblor casi imperceptible, como si reconocieran algo en el cielo que los comunes no podían ver.

Machati no lloraba. No temblaba. Cada paso, aunque fuera la carroza quien lo dictara, parecía elegido.

A su lado, una segunda mujer tambaleaba: el rostro cubierto de moretones de distintas edades algunos amarillos, otros casi negros, los labios partidos, los ojos cerrados a medias con el esfuerzo de permanecer de pie. La sostenía la tercera prisionera, cuya piel color canela brillaba de sudor y cuyas manos, encadenadas, aferraban el brazo de la herida con una fuerza que los grilletes no habían logrado domar.

Sus ojos eran amarillos. No el amarillo enfermizo, sino el amarillo vivo del ámbar cuando la luz lo atraviesa, el de las brasas en el instante exacto antes de convertirse en llama. Cuando la multitud cruzaba esa mirada, algo primitivo en sus entrañas decía retrocede, y la mayoría obedecía sin saber por qué.

Kasandra. Ese era su nombre, aunque en ese momento nadie en Gravenfort lo pronunciara con otra cosa que escupitajo.

Las condujeron a la plaza mayor, donde la pira esperaba como una criatura hambrienta que hubiera aprendido a fingir quietud. La madera había sido apilada con demasiado cuidado para ser un acto espontáneo: esto era un rito. En lo alto de la plataforma, el alcaide Thomas Jonson hombre de mandíbula cuadrada y alma más cuadrada aún sostenía un pergamino con el sello del rey. Los sacerdotes a su flanco recitaban en la lengua de los libros santos, esa que ya nadie entendía pero que todos fingían respetar, llenando el aire con palabras huecas que el viento deshacía antes de que llegaran al cielo.

Cuando las tres mujeres fueron presentadas ante el pueblo, el alcaide alzó la voz con la solemnidad de quien ha practicado el discurso frente a un espejo.

—Hoy, ante los ojos de Dios y del pueblo, condenamos a estas tres brujas por sus crímenes contra el orden natural y la fe. Que el fuego las purifique y que sus almas no hallen descanso.

La multitud rugió. El fuego fue encendido.

Las llamas ascendieron lentas al principio, degustando la madera, eligiendo. Luego, con la decisión repentina del hambre, se alzaron hambrientas hacia el cielo gris.

Machati giró la cabeza. Su voz, cuando habló, no compitió con el rugido de la multitud. No necesitaba. Cruzó el aire como un hilo de seda entre piedras, llegando exactamente adonde debía llegar.

—Cuando las cadenas caigan, corran hacia el campo —dijo. No miren atrás. Si lo hacen, el fuego las seguirá.

Kasandra frunció el ceño. Los grilletes le habían dejado llagas en las muñecas, pero fue el tono de Machati lo que le produjo un frío diferente.

—¿Y tú? preguntó, apretando el brazo de la compañera herida. ¿Qué harás tú?

Machati sonrió.

No era la sonrisa de alguien que se consuela. Era la de alguien que recuerda algo que aprendió hace varios siglos: que algunos caminos solo pueden abrirse desde adentro de la llama.

—Yo abriré el camino.

Los soldados la arrastraron hacia la pira. Cuando la primera llama de fuego tocó su tobillo, los tatuajes de Machati respondieron como si llevaran toda la vida esperando ese momento: brillaron con una luz que no era del sol, no era del fuego, era algo anterior a ambos. Destellos azules y plateados estallaron desde su piel, y los filas delanteras de la multitud retrocedieron tropezando, cubriéndose los ojos. Los sacerdotes interrumpieron su canto.

No gritó.

Murmuró.

Palabras en una lengua que no había sido hablada en voz alta desde antes de que Gravenfort fuera más que un nombre en un mapa de tierras salvajes. El fuego pareció escucharla. Vaciló. Y en ese instante de duda de las llamas, algo se rompió.

Un crujido metálico, limpio y definitivo. Las cadenas de Kasandra y de la tercera mujer se abrieron como flores mecánicas, cayendo al suelo con un sonido que resonó en el silencio repentino de la plaza. El hierro, al tocar las piedras, pareció perder algo. Como si hubiera recordado a quién obedecía en realidad.

Kasandra jaló del brazo de su compañera.

La joven herida negó con la cabeza. Sus labios se movieron apenas.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 09.08.2026

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