Kasandra la invocadora

El Aquelarre del Rey Einar

El tercer día fue el primero en que Ana despertó sin que el dolor la recibiera antes que la luz.

Llegó despacio, esa ausencia. Como cuando uno deja de escuchar un ruido constante y solo entonces entiende cuánto tiempo llevaba soportándolo. El dolor de los días anteriores el horror cosido a los párpados, la imagen de la mesa de la cocina, el sonido del cristal rompiéndose no había desaparecido. Solo había retrocedido lo suficiente para dejar entrar otra cosa.

La luz de Groenlandia era distinta a cualquier luz que Ana hubiera conocido antes. No llegaba con la confianza del sol de los países cálidos, sino con la cautela de algo que sabe que no será bienvenido mucho tiempo se filtraba por las altas ventanas góticas en haces oblicuos, casi sólidos, como columnas de oro polvoriento suspendidas en el aire frío. Ana las observó desde la cama durante varios minutos sin moverse, siguiendo con los ojos la lenta rotación de las motas de polvo dentro de cada rayo, ese pequeño universo silencioso que giraba ajeno a todo.

El aire cortante de las montañas entraba por alguna rendija invisible. Olía a piedra antigua, a algo vegetal y resinoso que provenía de los bosques que ella aún no había visto, a la cera de los candelabros que habían ardido toda la noche. Era un olor que no se parecía a ningún hogar que hubiera tenido antes. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, algo en él decía aquí.

Kasandra la esperaba en la entrada del cuarto.

No había llamado. Simplemente estaba allí, con su silueta alta recortada contra la piedra del corredor, los pantalones de cuero negro, la chaqueta de jean gastada que llevaba como otros llevan una segunda piel. Era como si Kasandra fuera siempre simultáneamente de su tiempo y del tiempo de todos, un puente que no necesita anunciar lo que conecta.

—Ven conmigo, Ana —dijo, con una voz que no ordenaba sino que invitaba, que es una forma más amable de lo mismo. Es hora de que veas tu nuevo hogar.

Los pasillos del castillo tenían la memoria de todos los que los habían recorrido.

Ana lo sentía bajo sus pies descalzos, en el desgaste específico de las piedras más pulidas en el centro, más ásperas en los bordes, marcadas por siglos de pasos que habían ido aprendiendo, con el tiempo, adónde ir. Los tapices que cubrían los muros representaban escenas que no pertenecían a ningún libro de historia que ella hubiera leído batallas donde los cielos cambiaban de color en mitad del combate, pactos sellados bajo lunas que no eran de ninguna fase reconocible, coronaciones en las que el coronado miraba de frente al observador con una expresión que no era exactamente orgullo. Los escudos colgados entre tapiz y tapiz estaban grabados con símbolos que a Ana le producían la misma sensación incómoda que las palabras en idiomas desconocidos la certeza de que significan algo, la frustración de no saber qué.

Las lámparas de aceite ardían sin parpadear. Ana miró una al pasar. No había corriente de aire que las perturbara, ningún temblor en la llama. Ardían con la quietud perfecta de lo que no necesita esfuerzo para existir.

Llegaron a una puerta doble de madera oscura, tan alta que su dintel se perdía en las sombras del techo. La madera estaba tallada con relieves que Ana no tuvo tiempo de descifrar antes de que Kasandra empujara ambas hojas con las palmas abiertas, y el corazón de Ana se detuviera.

La biblioteca era un mundo.

No una metáfora un mundo. Los techos ascendían hacia una oscuridad que no parecía tener límite, como si la arquitectura hubiera decidido en algún punto que el cielo raso era una convención innecesaria. Escaleras de caracol de hierro negro subían en hélice hacia niveles que se apilaban unos sobre otros, cada uno con sus propias mesas, sus propias lámparas, sus propios lectores inclinados sobre volúmenes que en ese tamaño resultaban irreconocibles. Los estantes se extendían hasta donde la vista alcanzaba, cargados de libros encuadernados en cuero de todos los colores, de pergaminos enrollados y atados con cordones descoloridos, de códices tan antiguos que parecían más minerales que vegetales.

El olor era el de todo el conocimiento que alguna vez alguien consideró suficientemente importante para preservar cuero, tinta, tiempo seco, el polvo específico de lo que ha sido tocado por muchas manos durante muchos siglos.

Y flotando entre las mesas, con la naturalidad de quien lleva toda la tarde esperando, candelabros que no estaban sujetos a nada.

Ana los miró fijamente. Las llamas ardían en el aire vacío, a la altura exacta que resultaba más útil para quien estuviera sentado abajo, sin cadenas visibles, sin soporte, sin explicación.

—Es inmensa —murmuró, porque era lo único que podía decirse.

—Lo es —respondió una voz diferente.

De entre los pasillos emergió una joven que se movía entre los estantes con la familiaridad de alguien que conoce ese laberinto mejor que su propio nombre. Tenía el cabello negro interrumpido por mechones amarillos que bajo la luz de los candelabros flotantes no parecían teñidos sino genuinamente luminosos, como si esa parte de su cabello hubiera decidido por cuenta propia imitar el fuego. Llevaba un vestido sencillo en tonos de verde musgo, y su expresión tenía esa cualidad específica de la gente que genuinamente disfruta saber cosas una calidez que no tiene nada de condescendiente.

—¡Tú debes ser Ana! —exclamó, y el entusiasmo era real, no el entusiasmo performativo de quien cumple un protocolo. Soy Melidia. Bruja historiadora, guardiana de esta colección, y probablemente la persona que más horas ha pasado en esta biblioteca sin comer. Se inclinó ligeramente, bajando la voz con el placer del que comparte un secreto genuino. Podrías quedarte siglos aquí sin acabar ni la mitad. Y eso no es hipérbole.

Ana sonrió. Fue una sonrisa pequeña, la primera en días que no costó esfuerzo.

Kasandra posó una mano sobre su hombro.

—Este es tu hogar ahora —dijo, y las palabras tuvieron el peso de algo que se ha elegido cuidadosamente. Nadie aquí te perseguirá. Nadie te juzgará. Aquí estarás a salvo.



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#?? en Magia

En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 09.08.2026

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