I. Los pasillos de la biblioteca
Kasandra se acercó con la quietud de alguien que ha aprendido que ciertos momentos no deben ser interrumpidos por el ruido de los propios pasos. En su mano llevaba una varita de madera clara, sencilla a primera vista, pero viva de una manera que la simplicidad no debería permitir el grabado en espiral tallado a lo largo de su longitud parecía girar suavemente bajo la luz azul de las velas flotantes, como si la madera tuviera su propio pulso y estuviera siguiéndolo.
Cuando la colocó sobre la palma abierta de Ana, el cosquilleo subió por el brazo hasta el codo antes de que Ana pudiera decidir si lo había imaginado.
No lo había imaginado.
—Caminarás entre los pasillos —dijo Kasandra, con una voz lo bastante baja para ser íntima pero que la biblioteca amplificó de todas formas, como si el lugar quisiera asegurarse de que nadie perdiera ni una sílaba. Recitarás el conjuro. Los libros reaccionarán a tu energía se moverán hacia ti, o no. Los que se acerquen revelarán tu afinidad natural. Lo que duerme en lo más profundo de tu espíritu.
Ana apretó la varita entre los dedos. Asintió porque era lo que se hacía, porque las palabras habrían sido demasiado pequeñas para ese momento. El aire a su alrededor tenía una densidad nueva, como si la biblioteca hubiera estado conteniendo la respiración y acabara de soltarla.
Las tres brujas retrocedieron hacia la penumbra. Se volvieron inmóviles allí, y Ana tuvo la extraña impresión de que habían sido siempre parte de la oscuridad de ese lugar, que la oscuridad simplemente las había prestado por un momento y ahora las reclamaba.
Dio el primer paso.
El eco de sus pisadas se extendió en todas las direcciones a la vez, rebotando entre las estanterías con una multiplicación que no correspondía exactamente con la arquitectura visible. La biblioteca parecía expandirse con cada movimiento, alargando sus pasillos con la discreción de lo que sabe que nadie podrá probar lo que ha hecho. Ana miró hacia adelante el pasillo que tenía frente a ella era más largo de lo que había sido un segundo antes. Lo supo con la misma certeza con que se saben las cosas que no pueden demostrarse.
Abrió la boca. Las palabras llegaron desde un lugar que no era exactamente la memoria, porque ella nunca las había aprendido, sino desde algo anterior y más hondo, ese territorio sin nombre que existe por debajo de lo que uno sabe conscientemente:
—Ad lucem veritatis, ad magiam cordis, revela meam essentiam.
La frase flotó en el aire. Y el aire la sostuvo.
Por un instante no ocurrió nada. El tipo de nada que no es ausencia sino preparación.
Luego llegó el viento. Suave, sin origen identificable, deslizándose entre los anaqueles con una familiaridad que sugería que conocía ese lugar mejor que cualquier persona viva. A su paso, motas de polvo dorado se levantaron de los lomos de los libros como polen, suspendidas en la luz azul de las velas en una constelación improvisada. Las llamas parpadearon todas a la vez, como un parpadeo colectivo, y de algún lugar que podría haber sido las estanterías o podría haber sido las paredes o podría haber sido el aire mismo, llegó el murmullo.
No era eco. El eco repite. Esto respondía.
Miles de páginas pasando al unísono, o eso parecía, ese sonido específico del papel que se mueve en masa, que Ana había escuchado una vez de niña en una biblioteca durante un temblor y que nunca había olvidado. Pero este sonido tenía estructura. Tenía intención.
Los libros comenzaron a moverse.
Primero uno. Luego tres. Luego docenas, desprendiéndose de sus estantes con la lentitud ceremonial de algo que sabe que su llegada importa, flotando hacia ella por el aire quieto de la biblioteca con el reconocimiento específico de lo que se acerca a algo que le pertenece. Ana alzó la mirada hacia los niveles superiores y vio los lomos vibrando en las alturas, oscilando, y algo en su pecho respondió a ese movimiento con un calor que no esperaba encontrar.
Extendió una mano. Un volumen encuadernado en cuero oscuro se abrió en el aire frente a ella, mostrando páginas cubiertas de dragones trazados con una precisión que no era decorativa sino taxonómica, runas nórdicas dispuestas en constelaciones que también eran fórmulas, crónicas de reinos cuyas capitales no aparecían en ningún mapa que Ana hubiera consultado. Otro libro descendió suavemente hasta sus pies Historia de las Doce Lunas. Luego Mitología de las Nieves Eternas, con la cubierta desgastada de quien ha sido consultado con demasiada urgencia durante demasiado tiempo.
El poder fluía en torno a ella. No como una corriente de agua, que se siente desde afuera, sino como algo que ya estaba dentro y que acababa de encontrar la dirección correcta. Los libros se inclinaban hacia su presencia con la deferencia de algo que reconoce una afinidad. Y Ana sintió, por primera vez desde aquella noche en Estocolmo, algo que no era miedo ni dolor.
Sintió que pertenecía a algún lugar.
Hasta que el golpe interrumpió todo.
Seco. Pesado. A pocos metros de sus pies, como si algo hubiera sido arrojado desde las alturas con una puntería demasiado precisa para ser accidental. Ana se giró. En el suelo, abierto en una página que nadie había elegido, yacía un libro que no se parecía a ninguno de los que habían flotado hacia ella.
Su cubierta era negra con el negro de la ausencia de luz, no del color negro, y al tacto Ana lo descubrió cuando se agachó y lo recogió sin saber exactamente por qué lo estaba haciendo el cuero estaba frío con un frío que no dependía de la temperatura del ambiente. La corriente gélida le subió por los dedos, por las muñecas, hasta instalarse en algún punto impreciso del antebrazo donde se quedó, quieta, esperando.
En la cubierta, grabadas en oro que había perdido su brillo sin perder su legibilidad:
De Demonología et Umbrae.