Las puertas se cerraron detrás de ella.
El sonido fue profundo y definitivo, el tipo de eco que no se apresura a desaparecer sino que se toma su tiempo recorriendo cada rincón del salón, verificando que todo esté en orden, que el origen ha sido cruzado, que no hay vuelta atrás disponible en esta dirección. Ana lo escuchó apagarse lentamente y entendió, en ese apagarse, que estaba sola de una manera que no había estado antes no la soledad del miedo, sino la soledad del momento exacto en que algo comienza.
El gran salón del Rey Einar no se parecía a ningún espacio de poder que ella hubiera imaginado.
No había oro en las paredes. No había seda. No había ninguno de los ornamentos con que los humanos suelen recordarse a sí mismos que son importantes. Lo que había en cambio era otra clase de declaración a lo largo de cada muro, colgadas con una precisión que no era decorativa sino archivística, armas. Espadas de acero tan oscuro que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. Lanzas con puntas de obsidiana que brillaban con el brillo específico del vidrio volcánico, ese brillo que es también el de algo que ha sido hecho por una violencia mayor que la humana. Hachas nórdicas con runas grabadas en los filos que palpitaban tenuemente en la penumbra, como si la escritura guardara dentro una corriente que no se había apagado del todo. Y entre las armas, escudos cuyo cuero y metal pertenecían a criaturas que los libros de historia humana no mencionaban porque los libros de historia humana solo conocen lo que los humanos se han atrevido a admitir que existe.
Cada arma tenía la quietud específica de algo que espera. No la quietud de lo inerte, sino la de lo que sabe que su momento no ha terminado.
Ana caminó hacia el centro del salón sin detenerse a examinar nada, porque algo en ella entendía que este no era el momento para detenerse, que la figura al fondo del salón era el punto hacia el que todo lo demás apuntaba, incluidas las armas en las paredes, incluida ella misma.
El escritorio de madera oscura resplandecía bajo los candelabros dorados con la calidez de algo que ha sido usado durante mucho tiempo por manos que sabían lo que hacían. Su superficie estaba cubierta de mapas que mostraban geografías parcialmente reconocibles y parcialmente imposibles, de pergaminos con escritura en al menos cuatro idiomas diferentes y plumas que alguien había dejado en mitad de una frase.
Y detrás del escritorio, sentado en un trono que era bajo y sólido y que no necesitaba altura para imponer, estaba el Rey Einar.
Ana se detuvo.
No fue una decisión. Fue lo que hicieron sus pies solos cuando los ojos procesaron lo que tenían delante.
El rey era colosal con la colosalidad de lo que ha crecido durante mucho tiempo y en condiciones que exigen crecer o romperse. Más de dos metros, un cuerpo cuya musculatura no era vanidad sino historia acumulada en la forma específica que dejan las batallas reales sobre la carne real. Su cabello rojizo caía en trenzas largas adornadas con anillos de plata y fragmentos de hueso que Ana prefirió no examinar demasiado de cerca. La barba del mismo tono ardía bajo la luz de las antorchas con el color exacto del cobre cuando el fuego lo toca. Y en los brazos, en el cuello, extendiéndose bajo el borde de las mangas hacia territorios que la ropa ocultaba, tatuajes tribales que no eran decorativos eran un registro. Batallas. Pactos. Nombres de cosas que no se escriben en ningún alfabeto vivo. Cada línea tenía el grosor y la precisión de lo que ha sido grabado una sola vez, sin posibilidad de corrección, porque lo que marcaban no admitía corrección.
Ana esperaba severidad. Esperaba la versión física de la autoridad absoluta, el rostro que corresponde a todo lo demás en ese salón.
Lo que encontró fue una sonrisa.
Amplia. Cálida. Con arrugas en las comisuras que solo da la práctica genuina, la de quien ha sonreído de verdad durante suficiente tiempo para que el rostro lo recuerde solo. La sonrisa de alguien que se alegra de que hayas llegado, sin protocolo, sin performance.
—Bienvenida, pequeña tronó su voz, y el salón entero fue su caja de resonancia las armas en las paredes vibraron levemente, las llamas de los candelabros oscilaron, el aire mismo pareció reorganizarse para dejar pasar ese sonido. Ven. Siéntate conmigo. Debemos hablar.
Ana cruzó la distancia que quedaba entre ella y el escritorio con pasos que el suelo de piedra multiplicó y devolvió desde abajo. Cuando estuvo frente a él, el rey extendió una mano enorme en cuyo dorso los tatuajes continuaban hasta los nudillos señalando la silla al otro lado del escritorio con la naturalidad de quien invita a un igual, no de quien concede audiencia a un subordinado.
Se sentó.
El rey se recostó en su trono, cruzó los brazos sobre el pecho amplio, y la estudió durante un momento con ojos que eran de un marrón tan oscuro que casi parecían negros, ojos que miraban con la atención de quien lleva mucho tiempo aprendiendo a leer lo que las personas no dicen.
—¿Sabes, Ana? comenzó, con el mismo tono fácil, sin ceremonia. Tu examen ya terminó. La maestra Thyra me ha dado los resultados.
Frunció el ceño levemente. Luego, de algún lugar profundo del pecho, salió una carcajada ronca que llenó el salón con la eficiencia de un sonido que ha tenido mucha práctica llenando espacios grandes.
—Aunque debo admitir —añadió, con un dejo de genuina confesión que Thyra me da un poco de miedo.
Ana se escuchó reír. Fue una risa pequeña, sorprendida, la clase que escapa antes de que el miedo pueda detenerla.
—Estoy contenta —dijo, cuando la risa se asentó. Pero también asustada.
Lo dijo bajando la mirada hacia el escritorio, hacia los mapas de geografías imposibles, porque era más fácil confesarlo sin el peso de esos ojos encima.
Las puertas del salón se abrieron.
Kasandra entró primero, con la presencia vertical y atenta de quien nunca termina del todo de estar en guardia incluso cuando no hay peligro visible. Thyra la seguía con el paso firme y sin urgencia de quien no concibe la prisa como virtud, su vestido negro moviéndose en los bordes con esa calidad de humo que Ana había empezado a asociar con ella como si fuera parte de su anatomía.