El mediodía en Groenlandia no se parecía al mediodía de ningún otro lugar.
El sol no alcanzaba la verticalidad confiada de los países del sur llegaba oblicuo, siempre en ángulo, como si hubiera aprendido a iluminar sin pretender que podía calentar. Pero lo que le faltaba en temperatura lo compensaba en calidad esa luz fría y clara que hace que los contornos del mundo parezcan más definidos que en ningún otro lugar, los bordes de las piedras, las aristas de las torres, los límites entre lo que existe y lo que no, todo trazado con una precisión que el sol generoso de otros climas nunca conseguiría.
Desde la terraza, Ana veía los campos de entrenamiento extenderse más allá de las murallas del castillo en una explanada que la geografía del lugar había aplastado entre las montañas con la indiferencia de las fuerzas que no consideran a los seres pequeños cuando deciden la forma del mundo. Era su primer día formal como aprendiz. Su corazón latía con la mezcla específica de la expectación y el miedo, que son cosas distintas pero que el cuerpo a veces no sabe separar.
El recuerdo de aquella noche en Estocolmo seguía allí. Probablemente estaría allí durante mucho tiempo. Pero esta mañana había algo más junto a él, ocupando el mismo espacio sin desplazarlo.
Kasandra caminaba a su lado con la seguridad de quien conoce cada piedra de este suelo, el cabello oscuro moviéndose con el viento frío, los tacones marcando un ritmo sobre las losas que era a la vez práctico y, en algún sentido que Ana no sabría explicar, tranquilizador.
—Hoy conocerás a alguien dijo, con una voz que guardaba algo detrás de la serenidad, el tipo de entusiasmo que la gente que raramente lo muestra guarda de todas formas. Ella será parte esencial de tu entrenamiento.
Cruzaron los arcos de piedra que separaban el interior del castillo de los campos exteriores, y Ana sintió el cambio antes de poder nombrarlo el aire allí era diferente. No más frío, no más cálido, sino más, cargado de algo que no era exactamente energía porque esa palabra era demasiado vaga, era más específico que eso, era como estar cerca de algo que respira con una cadencia diferente a la humana pero que respira de todas formas, algo antiguo en la tierra misma que el castillo había aprendido a contener sin apagarlo del todo.
En el centro del campo, una mujer los esperaba.
Era alta, de piel oscura y porte que no necesitaba ningún contexto para imponerse. Su cabello formaba un afro imponente, vivo, sembrado de pequeñas piedras que bajo el sol de mediodía captaban la luz y la devolvían en destellos diminutos, como si llevara sobre la cabeza un cielo particular, una constelación privada que se había negado a quedarse quieta. Y su sonrisa, cuando la volvió hacia Ana, era la clase de sonrisa que hace que uno entienda inmediatamente que la persona que la tiene ha decidido, en algún momento de su vida, que el mundo recibe más de lo que da cuando uno elige la calidez.
—¡Así que esta es la nueva Invocadora! exclamó, con una voz que era melodiosa y poderosa a la vez, como si el rango y la suavidad no fueran cualidades opuestas sino notas del mismo instrumento. Bienvenida, pequeña. Soy Oboro. Bruja maestra como Kasandra.
Ana intentó inclinarse con alguna gracia. No lo logró del todo. Pero Oboro extendió la mano antes de que la torpeza pudiera instalarse como vergüenza, y el gesto fue tan natural que la disolvió.
—Yo soy Ana —dijo. Es un placer.
—Aquí no hay nada que temer respondió Oboro, con la calma de quien lo dice porque lo sabe, no porque intente convencer. Tu viaje apenas comienza. Y yo estaré para guiarte en lo que puedas necesitar.
Fue entonces cuando Ana lo vio.
Una figura que se acercaba desde el extremo del campo de entrenamiento, alta y desgarbada. La piel muy pálida. El cabello negro que caía en una cascada hasta la cintura con la indiferencia de algo que ha crecido sin ser vigilado. Y las orejas, largas y levemente puntiagudas, que el ángulo de la luz del mediodía hacía inconfundibles.
No era del todo humano.
Ana lo procesó sin saber exactamente qué hacer con esa información, mientras algo en su pecho tomaba nota de los ojos grises que la habían encontrado desde la distancia y no habían apartado la mirada desde entonces.
El chico sonrió cuando llegó a su altura. Era una sonrisa que contenía arrogancia e incomodidad en proporciones casi iguales, la sonrisa de alguien que ha aprendido a usar la primera para esconder la segunda y que no siempre lo consigue del todo.
Se inclinó levemente.
—Soy Kalem —dijo, y sus ojos grises no se movieron de los violetas de Ana. Y tú, hermosa niña, ¿quién eres?
El calor llegó a las mejillas de Ana antes de que ella pudiera hacer nada al respecto.
—S-soy Ana, logró decir.
Kasandra intervino con la eficiencia tranquila de quien ha observado suficientes primeras impresiones para saber cuándo es útil nombrar las cosas.
—Kalem es uno de los estudiantes de Oboro. Mitad elfo, criado en el aquelarre desde niño.
Kalem arqueó una ceja sin apartar los ojos de Ana, divertido con algo que solo él veía.
—No exageres, Kasandra. Sobreviví por mí mismo. Oboro solo me dio un camino.
Se giró hacia la explanada de entrenamiento sin más preámbulo. Frente a una hilera de maniquíes de paja y madera que llevaban las marcas de haber sido usados con frecuencia y con fuerza, levantó las manos con la naturalidad de quien realiza un gesto cotidiano.
—Arte mágica lanzas.
El aire a su alrededor respondió antes de que la frase terminara. Vibrando primero, luego condensándose, luego organizándose en algo decenas de lanzas de energía pura que brillaban como fragmentos de estrella arrancados de contexto, suspendidas en un anillo perfecto alrededor de su cuerpo. La luz que emitían no era caliente. Era fría y precisa como la luz del mediodía groenlandés, como algo que ilumina sin pretender nada más.