El amanecer no había llegado todavía cuando los nudillos de Kasandra encontraron la puerta de Ana.
Tres golpes suaves. La clase que no despierta con sobresalto sino que se introduce en el sueño como un hilo, tirando de él hasta que la conciencia decide seguirlo. Ana abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto y escuchó la voz al otro lado de la madera antigua antes de poder orientarse del todo.
—Despierta, pequeña. Hoy comienza tu verdadera prueba.
El frío fue lo primero que la recibió cuando salió de las sábanas. No el frío suave de las madrugadas ordinarias, sino el frío específico de Groenlandia en las horas que preceden al sol, cuando el aire no ha recibido todavía ningún calor del día y retiene todo el frío acumulado de la noche con la avaricia de algo que sabe que tendrá que cederlo pronto. Ana se envolvió en una capa gris que alguien había dejado doblada al pie de la cama Kasandra, probablemente, con la previsión silenciosa que tenía para ese tipo de cosas y siguió a su maestra por los corredores del castillo todavía dormido.
Sus pasos resonaban más en ese silencio. El castillo de madrugada era distinto más grande, más lleno de sus propias respiraciones, de los crujidos de la piedra que se asienta sobre sí misma, de los sonidos del viento buscando las rendijas que conoce de memoria. Las lámparas del pasillo ardían más bajas que durante el día, como si también ellas guardaran energía para después.
Salieron al exterior.
La hierba guardaba perlas de rocío que bajo lo que quedaba de la oscuridad brillaban con una luz fría y quieta, casi biológica. El viento que bajaba de las cumbres traía el olor específico de la nieve que no ha caído todavía, esa promesa blanca que el aire de altura lleva consigo horas antes de cumplirla. Ana lo respiró hondo, sintiendo cómo el frío le limpiaba los últimos residuos del sueño.
El horizonte había comenzado a teñirse. No con el rojo dramático de los amaneceres de otras geografías, sino con esa gradación de grises hacia dorados que tiene el amanecer ártico: una luz que llega con paciencia, que no pretende conquista sino que se va instalando como algo que siempre estuvo allí y solo acaba de hacerse visible.
En medio de esa neblina, dos figuras.
Estaban de pie en la explanada con la quietud de algo que no ha llegado hace un momento sino que ha estado siempre allí, como si la neblina los hubiera revelado en lugar de descubierto. Ana tardó un segundo en entender que eran personas y otro segundo en entender que eran algo más que personas, en el sentido en que algunas personas son algo más una presencia adicional que el espacio a su alrededor registra de manera diferente.
Kasandra se detuvo. Y en su voz, cuando habló, Ana escuchó algo que raramente escuchaba allí respeto con la textura suave del afecto, no la reverencia formal de Thyra sino algo más antiguo y más elegido.
—Ana, te presento a dos de mis hermanas. Ellas son Aisha y Aziza. Las Gemelas Buscadoras.
La primera avanzó un paso. Era alta, de piel pálida y expresión que tenía la serenidad de algo que lleva mucho tiempo sin ser perturbado no la calma de quien ha evitado las tormentas sino la de quien las ha atravesado suficientes veces para dejar de sorprenderse con ellas. Su vestido negro con bordes blancos tenía la precisión de otro siglo, de una época en que la ropa era también lenguaje, también declaración. En sus manos, un paraguas cerrado, negro y blanco, que no necesitaba lluvia para justificar su presencia porque en ella tenía una presencia propia, como un objeto que ha sido parte de alguien durante tanto tiempo que ha adquirido algo de su personalidad.
—Bienvenida, jovencita —dijo Aisha, con la voz de quien ha dado la bienvenida a muchas cosas durante mucho tiempo y ha aprendido que cada vez importa de manera diferente. Me alegra conocerte, futura Invocadora.
La segunda gemela se inclinó. Su vestido era rojo con el rojo que el fuego tiene cuando está seguro de sí mismo, y un velo del mismo color cubría su cabello sin ocultarlo del todo por debajo se adivinaban mechones carmesí que el viento tocaba con una familiaridad que el velo no conseguía impedir. Cuando habló, su voz tenía un acento que no pertenecía exactamente a ningún lugar geográfico identificable sino a varios a la vez, como alguien que ha vivido en demasiados idiomas para que uno solo se imponga.
—Soy Aziza. La buscadora que encuentra lo que el alma oculta.
Ana las miró durante un momento. Eran el mismo rostro con dos expresiones que no eran opuestas sino complementarias: donde una tenía calma, la otra tenía fuego, y juntas formaban algo más completo que cada una por separado, como dos notas que forman un acorde.
Kasandra puso una mano en el hombro de Ana.
—Hoy las Buscadoras te guiarán —dijo. Para la ceremonia de la luna llena debes traer tres objetos del bosque una flor morada, una semilla dorada y una hoja de luz. Sin los tres, la Gran Madre no podrá reconocerte en el ritual.
Ana procesó eso. Luego procesó la segunda parte de esa oración.
—¿Y cómo sabré dónde encontrarlos?
Aisha sonrió con la comisura derecha, apenas.
—Nosotras te enseñaremos a escuchar al bosque. Las Buscadoras nacemos siempre en pares una rastrea, la otra halla. Es nuestro don. Una pausa. Pero hoy, Ana, usarás las tuyas propias.
Aziza se acercó. Tomó las manos de Ana entre las suyas con una naturalidad que no necesitó permiso, y sus ojos del mismo color que su vestido, o quizás el vestido tenía ese color porque sus ojos lo tenían encontraron los de la joven de quien no tiene tiempo para los rodeos.
—Cierra los ojos —dijo. Repite mis palabras y deja que el bosque te escuche.
La voz llegó suave como una corriente bajo el agua:
—Technica magica: Inveniat quod desiderat anima mea.
Ana cerró los ojos. Repitió las palabras.
El aire cambió.
No de temperatura, no de dirección. Cambió de calidad. Como cuando el oído que ha estado ignorando un sonido de fondo de repente decide prestarle atención y ese sonido llena todo el espacio disponible el murmullo del viento entre los árboles ya no era murmullo sino lenguaje, estructurado y vivo, con una gramática que Ana no conocía pero que su cuerpo comenzaba a descifrar desde algún lugar anterior al aprendizaje. Las ramas que se movían no se movían de manera aleatoria. Las raíces bajo el suelo helado pulsaban con algo que se parecía a lo que Ana había sentido durante su examen en la biblioteca, ese latido profundo y lento que no era de ningún órgano sino de algo más fundamental.