El amanecer llegó con la discreción de los amaneceres que saben que no son esperados con alegría sino con la resignación de quien tiene cosas que hacer.
La luz entraba fría y oblicua por las ventanas del cuarto de Ana, trazando rectángulos pálidos sobre las piedras del suelo que avanzaban lentamente mientras ella terminaba de vestirse, todavía con la mente a medias en el libro de Ravi. Había soñado con él con sus páginas abriéndose solas en la oscuridad, con las ilustraciones moviéndose más allá de lo que la tinta debería permitir, con algo de ojos demasiado grandes que la miraba desde una de las páginas del fondo y que en el sueño no había parecido amenazante sino simplemente curioso, de la manera en que son curiosas las cosas que llevan mucho tiempo sin ver algo nuevo.
Kasandra la esperaba en el pasillo con la puntualidad de quien no concibe otra relación con el tiempo.
—Hoy conocerás a alguien que te ayudará a mantenerte con vida —dijo, con la sonrisa que guardaba para las cosas que son serias y a la vez no deben serlo demasiado.
Ana la siguió.
El gran salón de entrenamiento era un espacio que el castillo parecía haber construido con propósitos diferentes en mente y que con el tiempo había cedido a su uso actual, conservando en sus proporciones algo de la ambigüedad de esa negociación techos demasiado altos para lo que ocurría debajo, ventanas demasiado grandes para la cantidad de luz que el cielo groenlandés podía ofrecer, columnas de piedra oscura que dividían el espacio en secciones que los usuarios habían aprendido a ignorar o a incorporar según el ejercicio.
A esa hora, varias brujas y magos practicaban duelos en el interior. No duelos de hostilidad: duelos de aprendizaje, que son más difíciles porque exigen controlarse en el momento exacto en que el instinto pide lo contrario. El aire tenía el olor específico de la magia activa que Ana ya estaba comenzando a reconocer: ozono limpio, algo cálido que no tenía fuente visible, y debajo de todo eso, el olor de la piedra antigua que todo lo absorbía y lo guardaba.
En el centro del salón, un joven.
No era que destacara por su tamaño, aunque era alto. Era algo más difícil de localizar una calidad de presencia, la manera en que el espacio a su alrededor parecía consciente de él, como ocurre con las personas que han aprendido a ocupar exactamente el lugar que les corresponde sin excederse ni quedarse cortas. Su piel era de un bronce cálido que el frío de Groenlandia no había conseguido apagar. El cabello, corto y negro como el interior de los volcanes. Y sobre la piel expuesta de sus brazos y cuello, tatuajes tribales de un negro profundo que tenían esa cualidad específica de los tatuajes que no son decorativos sino que registran algo batallas, votos, linajes. Ana los miró y tuvo la impresión, que no supo de dónde venía, de que se movían con cada respiración del portador, siguiendo el ritmo de algo más interno que los músculos.
Un símbolo oscuro cruzaba sus labios, desde la comisura izquierda hasta la derecha, como una firma que alguien hubiera estampado allí con tinta que nunca seca del todo.
Cuando Kasandra se acercó, él se volvió. Sus ojos encontraron a Ana primero, antes de que Kasandra dijera nada, con la velocidad de alguien acostumbrado a evaluar rápido y bien.
—Kasandra —dijo, con una voz que tenía la calma de quien no tiene nada que probar y por eso nunca sube el volumen. ¿Esta es tu nueva estudiante?
La mirada que le dedicó a Ana no tenía el peso evaluativo de Thyra ni la curiosidad escrutadora de Melidia. Tenía respeto el tipo simple y directo que no necesita justificarse.
—Es muy hermosa —añadió, con la naturalidad de quien dice una observación y no una insinuación, y luego se inclinó levemente, con una reverencia que era gesto cultural antes que protocolo. Soy Nikau. De Nueva Zelanda. Los guerreros de mi linaje llevamos siglos jurando proteger el equilibrio de la magia, que es más frágil de lo que parece y más resistente de lo que uno esperaría. Una pausa. Desde hoy seré tu instructor en defensa.
Le tendió la mano. Ana la tomó. El contacto era cálido con la calidez de algo que genera su propio calor independientemente del ambiente, y firme con la firmeza de quien ha usado esas manos para cosas que importaban y que por eso las cuida. Hubo algo además, un instante de algo que no era exactamente eléctrico pero que Ana no supo nombrar de otra manera.
Durante las horas siguientes, Nikau la llevó por el castillo de una manera diferente a como cualquier otro lo había hecho.
Kasandra le había mostrado las salas. Melidia le había mostrado los libros. Yerico le había mostrado los campos. Nikau le mostró los huecos.
Los accesos ocultos detrás de tapices que llevaban la huella invisible de las manos que los habían apartado durante siglos. Los túneles que comenzaban debajo de las escaleras secundarias y terminaban en lugares que desde el exterior del castillo no existían. Las cámaras selladas con símbolos que a Ana ya le resultaban parcialmente familiares, aunque todavía no sabía leer su lenguaje completo, solo intuirlo.
—Aquí la seguridad es conocimiento —decía, con una voz que nunca se apresuraba. Cada piedra guarda algo. Cada pasillo puede salvarte si lo conoces en el momento correcto. —Pasaban junto a una pared que Ana habría jurado era sólida hasta que Nikau presionó dos puntos específicos y una sección giró sobre su eje. El problema no es aprender el castillo. El problema es aprenderlo antes de necesitarlo.
Ana registraba todo con la urgencia de quien sabe que este tipo de información tiene una fecha de vencimiento que podría llegar antes de lo esperado.
Llegaron a las puertas principales, donde el viento del exterior entraba por las grietas del marco con el insistente recordatorio de que afuera existía un mundo de nieve e infinito. Desde allí el paisaje blanco se extendía hasta que se confundía con el cielo, sin horizonte claro, sin borde visible, como si el mundo en esa dirección simplemente continuara para siempre.