La noche antes de la ceremonia tenía un aire diferente.
No era imaginación de Ana. El castillo lo sentía también las piedras parecían más despiertas que de costumbre, como si la magia acumulada en sus paredes durante siglos hubiera recibido una señal que la activaba, que le decía prepárate, que le recordaba para qué había sido construido todo esto. Ana lo percibía en los corredores mientras caminaba, en la manera en que las lámparas ardían con una regularidad más precisa, en el silencio que tenía una calidad diferente al silencio de los otros días: no el silencio del castillo dormido sino el del castillo atento.
Se levantó antes de que nadie llamara a su puerta.
Repasó sus notas con la concentración metódica de quien sabe que lo que viene no puede prepararse completamente pero que no prepararse sería peor. Los hechizos de invocación que Kasandra le había enseñado primero, los de defensa que Nikau había añadido, las notas sobre criaturas menores que Melidia había dictado con la velocidad de quien piensa más rápido de lo que escribe. Los libros de Ravi, abiertos en las páginas que había marcado con tiras de papel, con sus anotaciones en los márgenes en una caligrafía que era al mismo tiempo elegante y urgente, como alguien que escribe cosas que no quiere olvidar pero tampoco quiere tomarse demasiado tiempo en escribir.
Leyó. El tiempo pasó de la manera en que pasa cuando uno está realmente dentro de algo.
Cuando alzó la vista, el cielo fuera de su ventana se había teñido de cobres y rojos, esa paleta específica del atardecer ártico que dura poco y por eso es más intensa, como algo que sabe que tiene que decirlo todo antes de que la oscuridad llegue.
Kasandra entró sin llamar, que era su forma habitual de anunciar que lo que venía era suficientemente importante para saltarse los protocolos. Traía en las manos una caja larga envuelta con una cinta dorada que no estaba atada sino simplemente colocada, como si la caja no necesitara ser contenida sino presentada.
—Hoy no entrenarás —dijo, con una suavidad que tenía detrás algo que brillaba, el tipo de emoción que Kasandra no exhibía frecuentemente y que por eso, cuando aparecía, era inconfundible. Esta noche tengo algo especial para ti.
Ana tomó la caja. La cinta cayó sola al soltarla, y la tapa se abrió sobre algo que hizo que Ana contuviera la respiración sin decidirlo.
El vestido era de un marrón oscuro que en ciertos ángulos viraba al negro y en otros revelaba tonos más cálidos, como la tierra bajo la lluvia, como la madera de los árboles muy viejos. Las mangas eran amplias, con una caída que no era el pliegue ordinario de la tela sino algo más fluido, más vivo, como las alas de algo que ha aprendido a no tener prisa. Por el corsé, cadenas doradas serpenteaban con la geometría orgánica de las raíces, de las enredaderas, de las cosas que crecen siguiendo su propio camino sin preguntarle a nadie la dirección.
Ana extendió una mano y tocó la tela.
Respondió al contacto de una manera que la tela ordinaria no responde con un calor leve, con algo que casi era reconocimiento, como si el vestido llevara tiempo esperando exactamente esa mano.
—Es hermoso —murmuró.
Kasandra la observaba con la expresión de quien ha guardado algo durante mucho tiempo y acaba de verlo llegar al lugar correcto.
—Te pertenece —dijo. Es un obsequio del Aquelarre. El símbolo de tu primer ciclo completo como aprendiz.
La cabaña estaba al otro lado de los árboles que bordeaban el extremo norte del jardín, en un lugar que Ana no había visitado todavía un claro pequeño donde la hiedra cubría las paredes exteriores y flores nocturnas que brillaban con una luz que no dependía de ninguna fuente visible formaban un borde alrededor de la estructura como una guardia de honor vegetal. La luna no había salido todavía, pero el aire ya llevaba su presencia de alguna manera, ese cambio de densidad y olor que precede a la luna llena como la electricidad precede a la tormenta.
Ana empujó la puerta siguiendo a Kasandra.
Y se detuvo.
Thyra estaba en la cocina.
No la Thyra del corredor, no la Thyra de la evaluación con mirada de cuchillo, no la Thyra cuya presencia hacía que el suelo guardara silencio bajo sus pasos. Esta Thyra llevaba un delantal con un estampado de corazones pequeños que alguien, en algún momento, había considerado apropiado para ella, y su cara tenía algo que Ana tardó un momento en identificar porque nunca lo había visto en ese rostro en esa intensidad alegría abierta, sin los bordes controlados con que siempre la contenía.
—¡Bienvenida a mi casa, pequeña bruja! —exclamó, y la voz que llenó la estancia no era la que cortaba el aire de los salones del castillo sino algo más amplio, más cálido, que llegaba a los rincones de la cabaña y los hacía suyos. Esta noche celebramos tu llegada al Aquelarre como parte de la familia.
El calor los envolvió a ambas al entrar. No solo el calor físico de la chimenea encendida, aunque ese también estaba el calor específico de un espacio que ha sido preparado con cuidado para recibir a alguien, donde cada cosa ha sido colocada con intención. Las paredes guardaban flores secas colgadas en manojos, libros apilados con la promiscuidad feliz de quien los ha ido dejando donde la lectura terminó, velas que flotaban a varios centímetros del techo con la indiferencia serena de lo que lleva tanto tiempo flotando que ya no recuerda haber hecho otra cosa.
El aire olía a vino caliente con especias, a pan que acababa de salir de algún horno invisible, a la madera de la chimenea, a las flores secas, a todo eso junto que es el olor de un lugar donde las personas se reúnen porque quieren y no porque deben.
La mesa larga ya estaba llena.
Ravi fue el primero en verla y en reaccionar a la escala que Ravi reaccionaba a las cosas que le producían emoción genuina, que era la misma escala en que reaccionaba a todo. Se levantó de la silla con la velocidad de alguien que ha bebido suficiente para perder la inhibición pero no suficiente para perder el equilibrio, aunque el resultado era un punto ambiguo entre ambas cosas. Su traje dorado, cubierto de joyas y anillos que captaban la luz de las velas en pequeñas explosiones de color, ondeó con el movimiento.