Kasandra la invocadora

La Noche de la Gran Madre

La luna llena se alzó sobre el castillo del Aquelarre con la lentitud de algo que sabe que su llegada importa.

No era la luna ordinaria de las otras noches, aunque fuera el mismo cuerpo celeste siguiendo el mismo arco de siempre. Esta noche tenía una calidad diferente más densa, más presente, con un dorado que no era el amarillo pálido del horizonte sino el dorado profundo de algo que ha madurado completamente, que ha llegado a lo que debe ser. Un ojo que observa sin parpadear. Una pregunta que lleva un mes formulándose y que esta noche, finalmente, espera respuesta.

El castillo la había sentido llegar antes de que fuera visible.

Las antorchas en los corredores ardían más claras desde el atardecer, con una blancura en el centro de sus llamas que no tenían en las noches ordinarias. El viento que recorría los pasillos era diferente también: suave, casi tibio a pesar del frío de Groenlandia, con el olor específico de la tierra antes de la lluvia, de las cosas que crecen en la oscuridad. Como si el castillo entero hubiera inhalado y estuviera sosteniéndolo, esperando el momento de soltar.

Ana caminaba junto a Kasandra en silencio.

La túnica negra de seda caía sobre su cuerpo con la fluidez de algo que no tiene estructura propia sino que toma la del portador, adaptándose a cada movimiento con la precisión del agua que encuentra el nivel. Sus pies descalzos sobre la piedra fría recibían el frío de los siglos guardados en esa roca, y en ese frío había información que los pies humanos no saben leer pero que el cuerpo de Ana, esta noche, empezaba a intuir de otra manera.

Kasandra no hablaba. No era el silencio de quien no tiene nada que decir sino el de quien sabe que lo que viene no puede ser preparado con palabras, solo con presencia.

Llegaron a la puerta.

Era más grande de lo que Ana recordaba de los corredores que había recorrido, aunque quizás era el mismo tamaño y era la noche quien cambiaba las proporciones. La madera oscura estaba tallada con símbolos que ella ya podía reconocer parcialmente lunas en todas sus fases entrelazadas como una cadena, espirales que no eran decorativas sino ecuaciones, runas cuyo significado Ana todavía no leía pero que bajo la luz de esta noche particular palpitaban con algo que se parecía a urgencia.

Allí esperaban dos figuras.

Kalem estaba a la izquierda con el cabello negro cayendo sobre los hombros y los ojos grises fijos en algún punto del espacio que no era exactamente la puerta ni el suelo sino algo entre ambos, la concentración de quien está en un lugar pero también en otro. Su piel pálida bajo la luz de la luna llena tenía esa cualidad translúcida que Ana había notado otras veces y que esta noche era más pronunciada, como si la luna lo estuviera usando de superficie.

A la derecha, una joven de cabello castaño oscuro que Ana había cruzado en los pasillos sin haberse detenido a conocer, con la túnica idéntica a la suya y los ojos de alguien que también está procesando lo que significa estar aquí, en este umbral, esta noche.

Kasandra se retiró sin decir palabra. Sus pasos se alejaron por el corredor y luego desaparecieron, y el silencio que quedó tenía el peso de lo que viene cuando los que guían dan un paso atrás porque saben que lo que sigue solo puede hacerse solo.

Los tres permanecieron de pie frente a la puerta durante un momento que tuvo la densidad del tiempo que no pasa sino que se acumula.

Entonces, desde las sombras del corredor, emergió una figura que el ojo tardó un instante en resolver.

Era una mujer anciana con una cabellera blanca tan larga que rozaba el suelo, moviéndose levemente con el viento tibio del pasillo como si tuviera vida propia. Su rostro era un mapa de arrugas que no hablaban de deterioro sino de acumulación, de todas las cosas que ese rostro había visto y guardado durante más tiempo del que la mayoría de los seres vivos tiene. Pero sus ojos, de un azul que no había cedido nada al paso del tiempo, tenían la luminosidad específica de lo que se ha vuelto más concentrado con los años, no menos.

En las manos, una cesta trenzada con la precisión de quien la ha hecho muchas veces.

—Soy Aurora —dijo, con una voz que venía de un lugar más profundo que la garganta, más profundo que el cuerpo incluso, como si hablara desde la tierra bajo las piedras del castillo. La bruja de pociones más antigua de este Aquelarre. Desde hace siglos, soy quien abre las puertas del Santuario de la Gran Madre.

Sus ojos encontraron a Kalem con una familiaridad que tenía historia.

—Kalem. Decidiste venir.

No era pregunta. Era reconocimiento.

De la cesta sacó tres botellas de cristal pequeñas, cada una conteniendo un líquido dorado que no era exactamente el mismo dorado en las tres uno más cálido, casi naranja en el fondo; otro más frío, casi verde en los bordes; el tercero con una opacidad suave, como si la luz no lo atravesara del todo sino que se quedara un momento dentro antes de seguir. El aroma llegó antes de que las abriera dulce con una capa metálica debajo, y debajo de esa, algo antiguo que no tenía nombre en ningún idioma que Ana conociera pero que su cuerpo reconoció de todas formas.

—Estas pociones fueron creadas con los ingredientes que cada uno de ustedes consiguió —dijo Aurora. No hay dos iguales. Lo que beban los unirá a la naturaleza y a la esencia de la Gran Madre de una manera que corresponde específicamente a lo que cada uno lleva. Una pausa. No hay preparación adicional. La poción es la preparación.

Entregó las botellas una por una, con la deliberación de quien sabe que el orden importa aunque no lo explique.

Ana sostuvo la suya. El cristal estaba tibio, con ese calor que viene de adentro y no del ambiente, y palpitaba levemente, no con un ritmo regular sino con el ritmo irregular de algo vivo, de algo que respira a su propio tiempo. Lo miró durante un momento el líquido dorado dentro de la botella se movía suavemente aunque ella estuviera completamente quieta, siguiendo una corriente que no dependía del movimiento exterior.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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