El amanecer no había llegado todavía cuando los nudillos de Yerico encontraron la puerta de Ana.
Dos golpes. Firmes, sin urgencia, con el ritmo de alguien que ha aprendido que la urgencia es generalmente contraproducente. Ana los escuchó desde el borde del sueño y tardó un momento en decidir que eran reales y no parte de lo que estaba dejando atrás.
—Despierta, pequeña aprendiz llegó la voz grave al otro lado de la madera. Hoy conocerás algo que cambiará tu manera de ver la magia.
Se incorporó despacio. El cuarto estaba en la oscuridad específica de las horas anteriores al amanecer, esa oscuridad que no es noche completa sino algo en transición, algo que todavía no ha decidido qué va a ser. Se colocó la túnica, recogió el cabello con los movimientos automáticos de alguien que hace eso todos los días, y salió al pasillo.
Yerico la esperaba con la expresión que Ana había aprendido a asociar con él cuando algo importaba no la severidad de Thyra, que era un instrumento, sino una solemnidad más quieta, más personal, la de quien va a mostrar algo que no se muestra fácilmente.
Caminaron en silencio.
Los corredores a esa hora tenían una calidad diferente. Las antorchas proyectaban sombras alargadas que se movían con una independencia apenas perceptible, siguiendo corrientes de aire que ninguna ventana abierta justificaba. El aire olía a incienso y a la humedad de la piedra antigua, a algo que llevaba siglos acumulándose en las grietas de esos muros. Pasaron por el Salón de los Sellos, donde los símbolos en las paredes palpitaban con su brillo habitual pero más lento, como si también ellos estuvieran en el umbral entre el sueño y la vigilia. Bajaron una escalera en espiral cuyos peldaños Ana ya reconocía por su desgaste específico, la manera en que cada uno cedía levemente bajo el peso de manera diferente al anterior.
Los jardines traseros estaban cubiertos de neblina.
No la neblina fina del amanecer ordinario una neblina densa, casi táctil, que se extendía sobre el campo de entrenamiento hasta donde la vista alcanzaba y que convertía los árboles del borde en siluetas sin profundidad, en sugerencias de árboles más que en árboles reales. El aire era más frío aquí, con el frío de la tierra temprana, de lo que ha pasado la noche en contacto con el suelo y todavía no ha recibido ningún calor.
Yerico se detuvo en el centro de un claro donde la neblina era más baja. Se volvió hacia Ana con la lentitud de alguien que está midiendo el momento.
—Lo que verás a continuación —dijo— no es algo que muchos magos se atrevan a mostrar. No por prohibición. Hizo una pausa. Sino porque implica una honestidad sobre la naturaleza de la magia que no todos están dispuestos a sostener. Sus ojos, esa mezcla de juventud aparente y profundidad real, encontraron los de Ana. Pero si vas a ser parte de este círculo, debes entender que no toda la magia nace de la luz. Y que eso no la hace menos magia.
Clavó el bastón en la tierra húmeda. La piedra esmeralda en la punta captó lo que no había de luz en ese cielo previo al amanecer y lo devolvió multiplicado, como si guardara reservas propias. Luego habló en un idioma que Ana no había escuchado antes no el latín de los conjuros de iniciación ni el nórdico antiguo de las runas sino algo más anterior, más gutural, con vocales que el aparato fonético humano producía a duras penas.
—Arte magica Dominación, muéstrate, Sagiyi.
El suelo respondió antes de que la última sílaba terminara.
No con un temblor sino con algo más sutil y por eso más inquietante una vibración baja, infrasonora, que Ana sintió en los huesos antes de escucharla, en las plantas de los pies a través de las suelas, en algún lugar del pecho que respondía a frecuencias que el oído no registra. La tierra bajo el claro oscureció en un punto central, oscureció y siguió oscureciendo hasta convertirse en algo que no era tierra sino ausencia de tierra, un charco de oscuridad tan densa que la neblina a su alrededor se curvaba levemente para no tocarlo.
El primer ojo abrió.
No emergió simplemente estuvo allí donde un instante antes no había nada, en el centro del charco, con la lentitud específica de algo que ha estado dormido durante mucho tiempo y no tiene prisa en despertar del todo. Era un ojo de iris dorado con una pupila vertical que se contrajo al encontrar la luz escasa del amanecer. Luego otro, idéntico. Luego tres más. Luego decenas, abriendo en posiciones que no correspondían con ninguna anatomía reconocible, mirando desde ángulos que cubrían todos los espacios del claro a la vez, observando sin punto ciego, sin dirección preferida.
Ana dio un paso atrás. No fue una decisión.
El charco creció. Y desde su interior, con la lentitud de algo que conoce el efecto que produce y no ve razón para apresurarlo, una forma emergió. Humanoide en su estructura general, pero con las proporciones ligeramente equivocadas, como una traducción de lo humano a otro idioma que conserva la gramática pero no el vocabulario exacto. Su cuerpo era translúcido de una manera específica no transparente sino compuesto de capas de sombra que se movían sobre sí mismas con la fluidez del humo, aunque más denso que el humo, con más sustancia, con la consistencia de algo que ha decidido tener forma y que esa decisión tiene peso.
La altura igualaba a Yerico. Los ojos, todos los ojos del charco, se habían concentrado ahora en esa figura, como si pertenecieran a ella aunque estuvieran distribuidos por el espacio que la rodeaba.
Yerico alzó la mano hacia la figura con una serenidad que no era la serenidad del que no tiene miedo sino la del que lleva mucho tiempo en relación con ese miedo y ha llegado a un acuerdo con él.
—Ana, te presento a Sagiyi. Una pausa. No sé si es él o ella, y con el tiempo he aprendido que esa pregunta no es la que importa. Sagiyi es mi vínculo. Mi otra mitad en el sentido más literal compartimos el poder de una manera que no es metáfora sino arquitectura. Lo que yo tengo, lo tenemos los dos. Lo que Sagiyi tiene, también es mío.