Kasandra la invocadora

Los Secretos del Aquelarre

La neblina de la mañana entró por los ventanales del castillo con la discreción de algo que no quiere molestar pero que de todas formas lo tiñe todo las piedras del corredor adquirieron un tono plateado, las lámparas flotantes ardieron con una luz más suave que de costumbre, y el aire tuvo esa cualidad específica de los interiores que han dejado entrar el exterior sin terminar de decidir a cuál de los dos pertenecen.

Ana salió de su habitación con el sonido de las campanas del comedor todavía resonando en los pasillos y el murmullo de las voces de la mañana llegando desde varias direcciones a la vez.

Los vio antes de que ellos la vieran a ella.

Kasandra y Yerico en el corredor principal, de espaldas, con la postura específica de las personas que están teniendo una conversación que consideran privada los hombros levemente inclinados el uno hacia el otro, las voces en el volumen que no viaja.

Ana fue a saludarlos.

Y entonces escuchó su nombre.

Se detuvo. No fue decisión fue el instinto más antiguo de todos, el de quien reconoce que lo que se dice a continuación importa y que moverse interrumpiría algo que necesita ser escuchado.

—No puede ser una simple invocadora —decía Yerico, con el ceño fruncido audible en la voz aunque Ana no pudiera ver su cara. Lo del ogro no fue magia ordinaria. Esas hadas eran de otra cosa. De otro nivel.

—Lo sé —respondió Kasandra. Sus brazos cruzados eran visibles desde donde Ana estaba. Su poder es único. Pero si se lo decimos ahora, la asustaremos antes de que esté lista para escucharlo.

—Tarde o temprano lo descubrirá sola. La voz de Yerico tenía la paciencia de quien ya ha pensado esto más de una vez. Y cuando eso pase, será demasiado poderosa para que el descubrimiento pueda controlarse.

Ana dio un paso atrás. Despacio. Sin hacer ruido.

Su corazón golpeaba con la fuerza de las cosas que laten más rápido cuando el cuerpo ha entendido algo antes que la mente. ¿De qué hablaban exactamente? ¿Qué era lo que sabían y no le decían? ¿Qué límite de su poder habían visto ellos que ella todavía no podía ver?

Esperó tres respiraciones. Luego avanzó como si acabara de doblar la esquina.

—¡Buenos días! —dijo, con la sonrisa de quien no ha escuchado nada.

Kasandra giró con la velocidad que delata lo que intenta ocultar.

—Ana —dijo, con una fluidez demasiado preparada. Justo hablábamos del entrenamiento de hoy.

—Sí —añadió Yerico, con una torpeza que en él era especialmente visible por su ausencia habitual. Los horarios. Eso.

Ana los miró. Sostuvo la sonrisa el tiempo necesario para que pareciera real. No insistió porque sabía, con la certeza de quien ha aprendido a leer las habitaciones, que insistir no la llevaría más lejos que guardar silencio y esperar.

Kasandra posó una mano en su hombro.

—Ven conmigo. Tengo algo importante que enseñarte esta mañana.

El corredor que conducía a la biblioteca tenía sus propios habitantes permanentes.

Los retratos de magos y brujas que cubrían las paredes no eran decoración sino registro personas que habían existido, que habían hecho cosas que merecieron ser recordadas, cuyos ojos en los lienzos seguían al visitante con la atención de lo que todavía tiene algo que decir. Ana los había recorrido varias veces ya y cada vez encontraba uno que antes no había notado, como si la colección creciera con la familiaridad del observador. Las antorchas flotaban entre retrato y retrato iluminando los símbolos grabados en la piedra con una luz que parecía elegir sus ángulos deliberadamente, enfatizando ciertas líneas y dejando otras en penumbra.

La biblioteca los recibió con su olor de siempre papel que ha guardado tiempo durante suficiente tiempo para tener su propio olor, algo que no era exactamente polvo sino más específico, más informativo. Polvo de estrellas, había dicho alguien una vez, y Ana había pensado que era metáfora hasta que entendió que en este lugar podía no serlo. La cúpula de cristal sobre el centro del espacio captaba la luz de la mañana neblinosa y la dispersaba en el interior con una generosidad que el sol de Groenlandia rara vez se permitía directamente: aquí, filtrado y multiplicado, se convertía en algo más útil.

El golpe llegó antes de que vieran a Melidia.

Un sonido seco y definitivo de muchos libros encontrando una superficie al mismo tiempo, seguido del silencio específico de quien acaba de hacer algo que no planeaba hacer exactamente así.

—¡Ay, por todos los dragones! —exclamó una voz desde detrás de la montaña de volúmenes que acababa de depositarse sobre la mesa con más entusiasmo que precisión.

Kasandra sonrió con la sonrisa de quien esperaba algo así.

—Melidia. Nuestra historiadora nos ayudará hoy.

La mujer levantó la vista desde el otro lado del desastre organizado que era la mesa. Sus ojos color miel tenían ese brillo específico de la gente para quien el conocimiento no es trabajo sino vocación, y su expresión al ver a Ana tenía el calor de quien ya sabe quién es la persona que acaba de entrar porque ha leído sobre ella o la ha escuchado mencionar y tenía curiosidad.

—¡Ana! —exclamó, con el entusiasmo sin inhibición de alguien que no ve razón para guardarlo. He oído que tus invocaciones son tan fuertes que hasta los espejos del corredor este tiemblan. Dicen que el de la tercera planta tiene una grieta nueva.

Ana sintió el calor en las mejillas.

—Solo he tenido suerte, supongo.

Melidia soltó una carcajada que la biblioteca amplificó hacia sus rincones superiores.

—Ah, la suerte —dijo, sentándose sobre la mesa con las piernas cruzadas con la indiferencia de quien no reconoce la diferencia entre una silla y cualquier otra superficie horizontal. La suerte es lo que dicen los poderosos cuando no quieren asustar a los demás todavía. Se volvió hacia Kasandra con un gesto. ¿Le cuento yo o empiezas tú?

—Empieza tú el marco —dijo Kasandra, abriendo uno de los libros con la precisión de quien sabe exactamente qué página busca. Yo entro con los detalles.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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