Desperté con la certeza, antes que con ningún pensamiento.
No fue una idea que llegara formada fue algo más físico, más inmediato, la sensación de que algo en la arquitectura interior de mi cuerpo había sido reorganizado mientras dormía, de que los mismos componentes de siempre ocupaban ahora posiciones ligeramente diferentes y que esa diferencia, aunque invisible, era permanente. Como cuando uno aprende algo que no puede desaprender: el mundo antes y el mundo después son el mismo mundo, pero uno ya no puede verlo de la primera manera.
La luna llena había terminado su noche. Pero su huella seguía en el aire del cuarto, suspendida entre las piedras como el perfume de algo que se ha ido pero que el espacio todavía guarda en su memoria. Todo parecía más denso y más vivo a la vez el silencio tenía más capas, la luz tenue de la mañana entraba con más intención, el latido en mi pecho sonaba como si hubiera aprendido un ritmo adicional durante la noche y todavía estuviera practicándolo.
Entonces lo vi.
En la esquina de la cama, donde no había nada cuando me dormí, reposaba un libro.
No lo había dejado allí. Estaba completamente segura de eso con la seguridad específica de quien recuerda haber mirado ese rincón antes de cerrar los ojos, de quien tiene la costumbre de notar los objetos en sus lugares porque los lugares de los objetos dicen cosas sobre lo que ha ocurrido en un espacio.
Su cubierta era de cuero antiguo con las grietas de algo que ha existido durante tanto tiempo que el tiempo ha dejado sus marcas en cada centímetro. En el centro, una espiral grabada en la que el sol y la luna se entrelazaban con la geometría de dos cosas que han aprendido a coexistir no uno dominando al otro sino ambos describiendo juntos un movimiento que ninguno podría describir solo.
Lo tomé.
El calor llegó al contacto, inmediato y específico: no el calor de un objeto que ha estado en una habitación templada sino el calor de algo que genera el suyo propio, que lo produce desde adentro con la regularidad de un pulso. Como sostener algo que respira.
Lo abrí con el cuidado que se usa para las cosas cuya fragilidad uno intuye antes de poder demostrarla.
En la primera página, con la caligrafía elegante de alguien que había aprendido a escribir cuando escribir era un arte deliberado y no una función cotidiana, con una tinta que el tiempo había desvanecido hasta el límite de lo legible pero que había decidido, en algún punto del proceso de desvanecerse, que no terminaría de hacerlo
Alisham.
El nombre vibró en mi interior de una manera que no era reconocimiento porque yo no la había conocido, sino algo anterior al reconocimiento resonancia, como cuando una nota musical encuentra la cuerda que estaba esperando para sonar.
La primera Invocadora. La que había existido hace más de tres mil años, durante la Era del Silencio, de la que los libros de Melidia hablaban solo en los márgenes, solo en las notas al pie, con la precaución de quien cita una fuente de cuya existencia no está completamente seguro.
Tragué saliva y pasé las páginas.
El diario hablaba de rituales que no tenían nombre en ningún libro que yo hubiera leído todavía. De espíritus errantes que no pertenecían a ninguna de las categorías que Kasandra y Melidia me habían enseñado esa mañana, que existían en los espacios entre las categorías con la incomodidad de lo que no fue clasificado porque nadie sobrevivió lo suficiente para clasificarlo. De criaturas cuyos nombres, cuando Alisham los escribía, parecían resistir la tinta, como si el papel mismo hubiera preferido no guardar esa información.
Algunos pasajes estaban tachados con tinta roja, de la roja oscura de algo que se aplica con urgencia y con la conciencia de que la urgencia importa. Junto a ellos, una advertencia con la letra más apretada, más pequeña, de quien escribe para sí mismo en el momento en que entiende algo que no quisiera haber entendido
Jamás invoques a los que caminan sin alma. Ellos no obedecen la vida ni la muerte.
Mi piel se erizó desde las muñecas hasta los hombros.
Pasé más páginas.
Hacia el centro del diario, en una página que no tenía ninguno de los diagramas y anotaciones técnicas de las anteriores, solo texto, con un trazo que era diferente al del resto, más inestable, más como quien escribe sin el control habitual porque algo ha perturbado ese control:
No sé qué fue de las invocadoras que vinieron antes que yo. No hay tumbas. No hay nombres. Solo silencio. ¿Acaso desaparecemos cuando dejamos de ser necesarias?
Cerré los ojos.
La pregunta siguió allí detrás de los párpados, con toda su oscuridad específica no el miedo abstracto a la muerte sino algo más preciso, más frío, el miedo a la borradura. A terminar sin dejar ninguna señal de haber existido, a disolverse en el silencio que Alisham describía como si el silencio fuera una sustancia, como si pudiera tragarse a las personas que no tenían a nadie que las recordara.
¿Podría yo acabar igual?
Cerré el diario y lo apreté contra mi pecho.
Y entonces el pensamiento llegó con la claridad de los pensamientos que uno reconoce como malos antes de terminar de formarlos y que de todas formas ya están formados:
¿Y si pudiera hablar con ella?
Sabía que era peligroso. Lo sabía con toda la información que Kasandra me había dado, con el recuerdo de los pasajes tachados en rojo, con la advertencia sobre los que caminan sin alma. Pero el miedo a no entender mi propio destino era en ese momento mayor que el miedo a lo que invocar podría traer. Y los dos miedos compitieron durante exactamente el tiempo que tardé en colocar el diario frente a mí sobre la cama y trazar un círculo con las manos.
—Espíritu de Alisham —dije, con la voz más firme que pude encontrar. Invocadora. Te llamo.
El aire cambió.
No inmediatamente hubo un instante de nada, de silencio absoluto que duró lo suficiente para que yo empezara a pensar que no había funcionado. Luego el aire cambió de calidad, de densidad, de algo más difícil de nombrar como si el espacio del cuarto se hubiera vuelto más profundo, como si las paredes hubieran retrocedido varios metros sin moverse.