Los días que siguieron al encuentro con la Gran Madre tenían una textura diferente.
No era algo que Ana pudiera señalar con precisión era más bien una acumulación de detalles pequeños que en conjunto decían algo. Las flores que habían brotado en su habitación durante la visita no terminaban de marchitarse del todo, como si hubieran decidido que su tiempo en ese cuarto todavía no había terminado. El aire al despertar tenía a veces un olor que no correspondía a ninguna fuente visible, tierra húmeda y algo vegetal, que llegaba y se iba con la discreción de un recordatorio. Y en los momentos de quietud, entre un ejercicio y el siguiente, entre una página y la siguiente, una voz muy suave que no usaba exactamente palabras pero que si hubiera usado palabras habrían sido: vive. Ama. Protege.
Kasandra la entrenaba cada mañana en el patio norte.
Las paredes cubiertas de hiedra hacían de ese espacio algo diferente a los campos abiertos: más íntimo, más contenido, como un cuarto sin techo donde el cielo era el único elemento que no pertenecía al lugar. Las hojas danzaban con el viento de Groenlandia aunque el viento fuera frío y el baile fuera breve. Yerico observaba desde el arco de piedra del extremo, con los brazos cruzados y la expresión de quien ve algo que le produce satisfacción sin necesidad de decirlo. Por las tardes, Nikau le enseñaba los símbolos de protección más antiguos, trazados en el suelo con sal que el viento dispersaba antes de que los terminaran y que Ana aprendía de todas formas porque aprender los gestos era lo que importaba, no la permanencia del trazo.
El castillo, con sus corredores de piedra y sus lámparas que ardían sin que nadie las encendiera y sus estanterías que guardaban siglos, ya era un hogar. Ana lo sabía porque había dejado de pensar en él como un lugar donde estaba y había empezado a pensar en él como el lugar desde donde salía al mundo y al que regresaba.
Esa mañana, la calma se quebró antes del desayuno.
Un sirviente golpeó su puerta con los dos golpes específicos que significaban convocatoria, no urgencia, pero que a esa hora de la mañana significaban ambas cosas. Ana se vistió con rapidez túnica azul, el colgante de plata que la Gran Madre había tocado durante la ceremonia y que desde entonces se sentía diferente en la piel, no más pesado sino más presente.
La sala del trono ya los tenía a todos cuando llegó.
Yerico con los brazos cruzados y el ceño levemente fruncido, que era su forma de estar atento. Hanz de pie junto a la columna derecha, con esa elegancia suya que no parecía esforzarse. Kasandra con la capa violeta y la expresión de quien ya sabe, o sospecha fuertemente, lo que se va a decir. El aire olía a cera derretida y a algo más que lo estaba quemando desde adentro el olor específico de las malas noticias que llevan tiempo guardadas y finalmente se sirven.
El Rey Einar los miró desde el trono durante varios segundos sin hablar. Era un silencio que no era vacío sino lleno de lo que venía.
—Han desaparecido dos niños en el pueblo de Wairen.
Las palabras cayeron en la sala con el peso de las cosas que no pueden desdecirse.
—Los aldeanos afirman haber visto figuras envueltas en humo negro. Su voz no tenía el calor de la noche de celebración. Era la voz de sus años de guerra, fría y precisa. Sospechamos de brujas oscuras.
Yerico desfrunció el ceño solo para fruncirlo de otra manera.
—¿Brujas oscuras en esta zona? Pensé que el Aquelarre servía de suficiente disuasión.
—Eso creíamos todos —dijo el Rey. El mal no muere. Solo aprende dónde esconderse y espera a que uno baje la guardia.
Se levantó del trono con el movimiento de algo muy grande que ha decidido ponerse en pie, que es un movimiento que ocupa el espacio de una manera diferente a cualquier otro. Caminó hacia los cuatro con la deliberación de quien mide cada paso.
—Ustedes irán a Wairen. Verificarán los rumores. Si encuentran algo, me informan de inmediato antes de actuar. Se detuvo. Su mirada recorrió los cuatro rostros y se detuvo en el de Ana un momento más que en los otros. Pero si una bruja se les enfrenta, no duden. El titubeo en ese contexto tiene un precio que se cobra en personas que no tienen nada que ver con el titubeo.
Ana tragó saliva.
—Majestad. ¿Son tan peligrosas?
El Rey esbozó algo que en su cara tomaba el lugar de una sonrisa pero que no tenía ninguna de las características de alegría que una sonrisa debería tener.
—Todas lo son. Pero hay una a la que deben temer por encima de las demás. Una pausa que la sala recibió en silencio. Flaum. La Reina de las Brujas oscuras. Antes de caer en la oscuridad fue una bruja de sangre, una de las más poderosas que hayan existido. Si ella está detrás de esto. No terminó la frase. No necesitó hacerlo. Lo que no se dice en ese tipo de pausa dice más que lo que se hubiera podido decir.
El escalofrío recorrió la espalda de Ana de arriba a abajo.
Bajo la capa, sin que nadie lo viera, la mano de Kasandra encontró la suya. Un apretón breve. Lo suficiente.
El Rey alzó el bastón. La energía azulada que emanó de la piedra esmeralda descendió sobre los cuatro como algo que toca sin tocar, que deja una calidez sin origen físico visible.
—Vayan —dijo. Y recuerden el miedo no es el enemigo. El miedo que se niega es el enemigo. El miedo que se reconoce puede usarse.
El bosque que bordeaba el camino a Wairen había dejado de ser un bosque ordinario en algún punto del recorrido.
Ana lo notó gradualmente primero la ausencia de pájaros, que en cualquier bosque vivo son el ruido de fondo constante y cuya ausencia se siente como una pérdida de sentido antes de poder nombrarse. Luego la ausencia de insectos, ese zumbido de fondo que uno nunca escucha conscientemente hasta que no está. Luego algo más difícil de localizar: una quietud que no era paz sino supresión, como si el bosque hubiera aprendido a no hacer ruido por una razón específica y estuviera manteniendo esa decisión incluso ahora.