Kasandra la invocadora

Ecos de las Antiguas Invocadoras

El sonido de las botas sobre el mármol era lo único que rompía el silencio del castillo.

Dos guardianes caminaban a los lados de Ana con la seriedad específica de quienes han recibido instrucciones precisas y las están cumpliendo al pie de la letra. Ana apenas podía mantener el paso. La sangre que le marcaba la mejilla se había coagulado pero no secado del todo, y su vestido rasgado mostraba las heridas con la honestidad brutal de la ropa después de una batalla sin posibilidad de disimulo, sin narrativa que las suavice, solo el registro físico de lo que había ocurrido en las calles de Wairen.

La enfermería olía a hierbas que Ana no sabía nombrar todavía y a algo limpio y preciso que no era exactamente aséptico sino purificado de otra manera, con la pureza de las cosas que han sido preparadas con intención.

La bruja que la recibió tenía el cabello castaño recogido con la practicidad de quien trabaja con las manos y necesita el espacio que el cabello suelto ocuparía. Su vestido blanco con bordes negros irradiaba algo que Ana tardó un momento en identificar porque no lo había encontrado exactamente en ningún otro lugar del castillo no autoridad, no poder, sino competencia. La competencia tranquila de quien sabe exactamente lo que hace y no necesita demostrarlo.

—Tranquila —dijo, con la voz que tienen las personas que han calmado a muchos y saben qué tono funciona y cuál no. Ya estás a salvo. Soy Marina. La enfermera del castillo. Respira profundo primero.

La ayudó a recostarse sobre la camilla de lino blanco con la eficiencia de alguien para quien ese gesto es también cuidado y no solo procedimiento. Sus manos se movieron y varios frascos se elevaron de las estanterías con la naturalidad de quien ha repetido esa secuencia tantas veces que ya no necesita concentrarse en ella. El líquido espeso y plateado que vertieron sobre las heridas ardió durante varios segundos con el ardor limpio de algo que trabaja, que no duele porque sea malo para uno sino porque está siendo bueno de una manera que el tejido todavía no ha procesado. Luego las heridas comenzaron a cerrarse con una lentitud que era de todas formas más rápida que cualquier proceso natural.

El dolor físico desapareció.

La presión en el pecho, no.

—Has tenido suerte, pequeña bruja —murmuró Marina, limpiando el sudor de la frente de Ana con un paño que olía a lavanda y a algo más antiguo. Esas brujas cambiantes pueden consumirte antes de que entiendas lo que te está haciendo. Su poder es el de convencerte de que lo que ves es real hasta que ya no hay diferencia.

Ana abrió la boca para responder.

La puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.

El Rey Einar entró con el paso específico de quien no concibe otra forma de desplazarse en los espacios que le pertenecen seguro, deliberado, sin la prisa que delatería urgencia ni la lentitud que delatería indiferencia. Su capa negra ondeó con el movimiento y se asentó. Todos los presentes en la enfermería dieron un paso lateral sin que nadie se los pidiera, el movimiento involuntario de los cuerpos que reconocen una presencia que ocupa más espacio del que el cuerpo físico debería poder ocupar.

Marina fue la excepción. Mantuvo su mano en el hombro de Ana con la firmeza tranquila de quien sabe que esa mano tiene razón de estar donde está independientemente de quién entre por la puerta.

Los ojos del Rey, de ese marrón oscuro que en esta luz parecía negro, encontraron a Ana con la directidad de alguien que ha decidido antes de entrar cuál es la información que necesita y va a obtenerla sin rodeos.

—¿A quién invocaste? —preguntó. No como acusación. Como dato que falta en un mapa que necesita completarse.

Ana sintió el eco del ritual todavía en su interior no como poder activo sino como marca, la manera en que ciertos actos dejan una señal que no desaparece con el descanso ni con la curación de las heridas físicas. Como una cicatriz en el alma, había pensado en el camino de vuelta, y la imagen era exacta.

—A un demonio —dijo, con la voz que le quedaba después de todo lo que había usado esa tarde. Su nombre es Azazel.

El silencio que llegó tenía una densidad que fue posible medir todos en la sala lo experimentaron al mismo tiempo, una modificación del aire que era también una modificación de algo más difícil de localizar.

El rostro del Rey se movió de una expresión a otra con rapidez suficiente para que solo la última fuera la que Ana vio con claridad algo que no era exactamente una sonrisa pero que ocupaba el mismo lugar en su cara que una sonrisa hubiera ocupado.

—Azazel —repitió, con el tono de quien reconoce un nombre que esperaba no escuchar todavía pero que tampoco le sorprende del todo. Uno de los ángeles caídos. Has abierto una puerta que muchos magos con décadas de experiencia temen siquiera acercarse a mirar.

Hizo una pausa.

—Tu poder crece, Ana. Y cumpliste lo que te pedí eliminaste la amenaza. Has demostrado ser digna del camino que elegiste. Sus ojos la sostuvieron durante un momento más. Pero protege tu vida. No porque el Aquelarre te necesite, sino porque tú te necesitas a ti misma para todo lo que viene.

Se giró hacia los presentes. Cuando habló, la voz llenó la enfermería con la resonancia de las palabras que también son órdenes:

—Entrénala. Fortalezcan su espíritu y su control. Lo que hoy hizo por instinto debe convertirse en dominio. Una pausa. Un día será una bruja tan poderosa que el mundo que hoy no la conoce no podrá ignorarla.

Dicho eso, se retiró.

El aire que dejó era más denso que el que había al entrar, cargado de algo que no era exactamente expectativa pero que se le parecía: la sensación de que algo había sido declarado y que esa declaración tenía peso, que el mundo tendría que reorganizarse alrededor de ella de alguna manera.

Kasandra se acercó. Tomó la mano de Ana sin decir nada durante un momento, con el tipo de silencio que dice más que la mayoría de las frases disponibles.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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