El sol había pasado el mediodía cuando Ana bajó las escalinatas del Aquelarre con la decisión ya tomada.
No fue una decisión que llegara de golpe había estado formándose desde la noche en que la Gran Madre llenó su habitación de raíces y flores y le dijo crece, acumulándose en capas durante cada entrenamiento, cada noche con el diario de Alisham, cada conversación en la terraza con Kalem. La decisión había estado allí, esperando que ella dejara de ignorarla con la cortesía de las cosas que saben que pueden esperar porque de todas formas van a ganar.
La brisa que venía de las montañas era leve y olía a nieve lejana y a pino. El castillo detrás de ella seguía siendo lo que había sido: sólido, antiguo, lleno de personas que la habían convertido en quien era ahora. Pero Ana miraba hacia adelante.
Kasandra estaba en el salón de prácticas cuando entró Ana.
De pie junto a la ventana con la postura que tenía cuando pensaba en cosas que no decía, con esa calma suya que era a la vez la quietud del río y la solidez de la roca y que Ana había tardado varias semanas en entender que no eran contradictorias. Thyra estaba sentada en el extremo de la mesa, con las fichas del Aquelarre desplegadas frente a ella y la expresión de quien piensa en estrategias que se miden en décadas.
Ana se plantó frente a las dos.
—Lo decidí —dijo, con la voz directa de quien ha practicado la frase y luego ha decidido que practicarla fue un error porque lo que necesita no es una frase pulida sino la verdad sin pulir. Quiero viajar. No quiero quedarme aquí sentada hasta que el tiempo me alcance entre estos muros. Quiero ver los valles de los que me han hablado, conocer otros aquelarres, aprender de lo que no se aprende en una biblioteca. Hizo una pausa. Necesito aprender andando.
Kasandra la miró durante un momento. Luego se echó a reír.
Fue una risa real, de las que llegan desde un lugar profundo, y antes de que terminara ya había cruzado la sala y sus brazos rodeaban a Ana con la fuerza de alguien que ha estado esperando exactamente esto aunque no lo supiera.
—Jamás te pedí que te quedaras para apagarte —murmuró, junto a su cabello. Nunca pensé eso. Quiero que aprendas y que te fortalezcas. Pero si marchas, que sea sabiendo. No voy a permitir que salgas sin herramientas.
Se separó de ella y la miró con esos ojos amarillos que a Ana le habían parecido intimidantes la primera vez y que ahora eran simplemente los ojos de su maestra, que era también su familia.
Thyra se movió.
No mucho se desplazó levemente en la silla, lo suficiente para que el cambio de postura dijera algo. Luego se levantó y se sentó en el borde de la mesa con la informalidad que reservaba para los momentos en que la distancia formal sería un error. Su mirada encontró a Ana con una suavidad que no contradecía su carácter sino que revelaba una capa de él que raramente se veía.
—Has aprendido lo básico —dijo, con la voz que no deja lugar a la condescendencia ni a la indulgencia. No todo lo que necesitarás, pero sí lo suficiente para que lo que te falte puedas aprenderlo sin morir en el intento. Una pausa. Hablaré con los demás para que te enseñen lo que sea más útil en el exterior. Pero no puedes lanzarte al camino sin un propósito claro.
Miró a Kasandra. Entre las dos pasó algo en ese intercambio de miradas que Ana no pudo leer completamente pero que entendió como un acuerdo que llevaba tiempo siendo considerado.
—Si ella se va —dijo Thyra—, tú irás con ella. Lo sé.
Kasandra alzó la cabeza.
—Si quieres ir, me iré contigo —dijo, y las palabras no fueron una imposición sino lo que eran: una promesa. La clase que no necesita ser repetida porque quien la hace y quien la recibe saben que ya está hecha para siempre.
Ana las miró a las dos. Sintió algo en el pecho que no era exactamente dolor pero que ocupaba el mismo espacio, el amor que es tan grande que duele porque uno no sabe qué hacer con todo él.
—Las amo —dijo, con la sencillez de las cosas verdaderas que no necesitan elaboración. A todas. A todos. Pero debo hacerlo. Prometo volver. Prometo que lo que aprenda afuera lo traeré de vuelta aquí.
El Aquelarre entero pareció ponerse en movimiento esa mañana.
No de manera caótica con la organización específica de las comunidades que saben cuándo uno de los suyos se va y que tienen maneras establecidas de decirlo aunque nadie las haya escrito en ningún manual. Personas que aparecían en las puertas de los corredores con cosas en las manos, con palabras preparadas o sin preparar, con el peso específico de quien quiere dar algo útil y no solo algo simbólico.
Melidia llegó primero, como era de esperar de alguien cuya primera respuesta a cualquier situación era los libros.
Los depositó sobre la mesa con el golpe satisfactorio de quien entrega lo que considera más valioso que cualquier otra cosa que podría haber traído. Eran cinco, de tamaños diferentes, encuadernados en cueros de colores que no eran decorativos sino informativos para quien sabía leer ese código.
—Lectura —dijo, con el entusiasmo de Melidia que era genuino e inextinguible. El conocimiento es un arma que no se embota con el uso ni se oxida con el tiempo. Estudia, pequeña, y no confíes únicamente en la memoria de lo que el cuerpo hace en el calor de la batalla.
Habló durante un rato de bibliotecas que existían en lugares que los mapas ordinarios no mostraban, de libros que respondían de manera diferente según la hora en que se los leía, de hechizos de comprensión que Ana podría descifrar con el tiempo si sabía qué preguntas hacerle a los textos.
—No memorices conjuros —insistió, antes de irse. Comprende por qué existen. Un conjuro comprendido vale diez memorizados.
Ravi llegó después con su paso ligero y esa manera suya de entrar a los espacios como si ya hubiera estado allí antes y solo estuviera regresando. En la mano llevaba una cajita pequeña de madera oscura, cerrada con un cierre de plata.