Ana no había dormido.
La emoción y la tristeza habían coexistido en su pecho durante toda la noche con la incomodidad específica de dos cosas que no son opuestas pero que tampoco saben exactamente cómo compartir el mismo espacio: rozándose, empujándose, sin que ninguna de las dos pudiera terminar de instalarse completamente. Había permanecido con los ojos abiertos mirando el techo de piedra que ya conocía de memoria, contando las grietas que la luz de la luna trazaba cada noche en ángulos diferentes, pensando en la India sin saber todavía qué significaba eso exactamente salvo que era el primer lugar hacia el que el instinto señalaba.
El amanecer entró por la ventana con la cautela de los amaneceres de Groenlandia sin prisa, sin la confianza de los soles más meridionales, pero firme en su llegada.
Ana se incorporó.
Sobre la cama descansaba la maleta.
Era grande, de cuero envejecido al color específico del marrón que solo consigue el cuero que ha sido trabajado durante mucho tiempo y con mucho cuidado, con costuras doradas que no eran decorativas sino estructurales. El regalo de Kasandra. Cuando Ana la había abierto el día anterior, había tardado un momento en entender lo que veía: todo cabía allí dentro. No con la lógica de los espacios ordinarios, donde cada centímetro tiene una función y lo que no entra, no entra, sino con la lógica de los espacios que han sido preparados con magia, donde el interior no obedece las restricciones del exterior. Era como abrir una puerta esperando un cuarto pequeño y encontrar algo más parecido a un horizonte.
Los libros de Melidia, acomodados en el fondo con los lomos hacia arriba. Las pociones de Ravi en sus frascos de cristal que no se romperían aunque la maleta cayera. Los pergaminos en su tubo de cuero. El collar de Kalem sobre un cuadrado de tela azul que olía a bosque húmedo y que Ana había puesto allí ella misma esta mañana, quitándselo del cuello con la ceremonia silenciosa de quien guarda algo que quiere poder encontrar exactamente donde lo dejó.
Guardó la poción verde de la anciana en el fondo, debajo de todo lo demás. La colocó con el cuidado de las cosas que guardan demasiado para tratarlas con indiferencia, con el gesto de quien esconde un secreto no para olvidarlo sino para que esté allí cuando llegue el momento en que necesite ser recordado.
Murmuró los hechizos de preservación sobre cada libro mientras los acomodaba, los que Melidia le había enseñado con la insistencia específica de quien sabe que el clima y el viaje no respetan el papel antiguo. Luego cerró la maleta.
La alzó con ambas manos.
Era ligera en el peso físico. No lo era en lo demás.
El castillo a esa hora tenía un silencio diferente a todos sus silencios anteriores.
Ana lo percibió mientras caminaba por los pasillos por última vez con la maleta en la mano, prestando atención a cosas que en los primeros días habría ignorado la textura específica del aire en el corredor principal, el sonido que hacían sus propios pasos sobre la piedra en el tramo entre la biblioteca y la escalera, el olor a incienso y madera vieja que era el olor del castillo cuando el castillo era simplemente sí mismo. Lo estaba memorizando sin haberlo decidido, de la manera en que el cuerpo memoriza los lugares que importan antes de dejarlos.
Kasandra la esperaba bajo las columnas de piedra cubiertas de musgo en la entrada principal.
Llevaba el vestido largo marrón oscuro con detalles negros que hacía que pareciera salida de una ilustración de las páginas antiguas de los libros de Melidia, de esos que muestran a las brujas de los primeros siglos con la solemnidad de quien sabe que la historia las está mirando. Su cabello estaba suelto, algo que raramente hacía, y su rostro tenía esa calma que Ana había aprendido a leer durante semanas: la calma que no es ausencia de emoción sino su forma más concentrada, lo que queda cuando la emoción ha decidido no desbordarse.
Pero sus ojos.
Sus ojos amarillos brillaban con algo que Ana reconoció porque era lo mismo que llevaba ella en el pecho desde anoche.
—Maestra —dijo Ana. Ya me voy.
Kasandra le tomó la mano. No con el gesto rápido del que ayuda a alguien sino con la lentitud de quien quiere memorizar algo en el tacto, guardar la temperatura de esa mano en un lugar que no sea solo la memoria.
—¿Sabes a dónde quieres ir primero?
—Sí —dijo Ana, con el brillo en los ojos de quien ha pensado en esto tantas veces que la imagen ya tiene sus propios colores. A la India.
Kasandra asintió una vez, con la lentitud de quien procesa algo que no esperaba exactamente pero que reconoce como correcto.
—Perfecto. Ven conmigo. Tengo una amiga en el pueblo que te ayudará con lo que necesitas para salir sin complicaciones.
Caminaron juntas por el sendero empedrado que llevaba del castillo al pueblo mientras los árboles se mecían con el viento de la mañana con ese movimiento que en otro estado de ánimo habría parecido ordinario y que esta mañana parecía deliberado, como si el bosque supiera lo que estaba ocurriendo y eligiera participar a su manera.
El aire olía a hojas secas y a la humedad de la tierra que todavía guardaba el rocío de la noche.
Kasandra hablaba con suavidad mientras caminaban: ¿había revisado los hechizos de Nikau? ¿Tenía claro cómo usar el anillo de Ravi? ¿Recordaba la instrucción sobre Azazel, que no debía invocarse sin razón de peso?
Ana respondía con palabras cortas y sonrisas que decían más que las palabras, mientras por dentro la sensación de que este camino que conocía de memoria iba a volverse extraño en pocos minutos la recorría con la incomodidad suave de lo que todavía no ha ocurrido pero que ya se anuncia.
—El mundo puede ser cruel, Ana —dijo Kasandra, cuando cruzaron el puente de piedra sobre el río que marcaba el límite entre el territorio del Aquelarre y el territorio de las cosas ordinarias. Su voz no era advertencia sino honestidad. Pero también puede ser hermoso de maneras que desde aquí adentro no hemos podido enseñarte porque no las conocemos todas. Hizo una pausa. Todo lo que hagas, hazlo con propósito. Eso es lo único que puedo pedirte.