La misión llegó tres días después de que el avión de Ana desapareciera entre las nubes.
Kasandra la recibió en el despacho del Rey Einar con la expresión de quien ya ha aprendido que el trabajo es también una forma de no quedarse demasiado tiempo en la misma posición con el mismo pensamiento. El Rey fue breve informes de magia humana en Nanortalik, un pueblo en el extremo sur de Groenlandia donde el frío tenía la calidad específica del frío que no tiene intención de ceder. Alguien había congelado a alguien. Los detalles eran escasos pero suficientes para justificar el viaje.
Yerico la esperaba en el patio con el bastón y la expresión de quien está listo.
—¿Sabes algo de Nanortalik? —preguntó Kasandra mientras caminaban hacia el portal de transporte.
—Sé que es pequeño y que hace un frío que los termómetros no terminan de capturar correctamente —dijo Yerico. Y que tiene historia con las cosas que viven en el agua bajo el hielo.
Kasandra lo miró.
—¿Qué clase de historia?
Yerico no respondió inmediatamente. Esperó al otro lado del portal.
Nanortalik era un pueblo que el frío había moldeado con la paciencia de siglos.
Las casas de madera pintadas en rojo y amarillo y azul colores que en otro clima habrían parecido alegres y que aquí cumplían la función más urgente de ser visibles contra la blancura se apiñaban alrededor del pequeño puerto con la solidaridad de las cosas que saben que juntas resisten mejor. El fiordo estaba parcialmente helado, con el hielo avanzando desde los bordes hacia el centro como algo que tiene un destino y que no tiene prisa pero tampoco se detiene.
El alcalde los esperaba en la calle principal.
Kasandra lo vio antes de que él los viera a ellos, y tardó un segundo en procesar lo que estaba viendo un hombre pequeño, considerablemente por debajo de la estatura promedio, con un cabello blanco tan abundante que parecía parte del paisaje nevado. Vestía capas de ropa que en conjunto formaban una arquitectura de abrigo que resultaba casi geométrica, con cada prenda cumpliendo una función específica en la estrategia general de conservar el calor. Sus mejillas eran del rojo específico de la piel que lleva mucho tiempo expuesta a temperaturas que no admiten descuidos.
Y sus ojos, cuando los encontró, tenían una calidad que no era exactamente humana. No amenazante: simplemente distinta, con el brillo específico de los ojos de las criaturas que han aprendido a mirar el mundo de una manera que los siglos de convivencia con los humanos no han terminado de homogeneizar del todo.
Se inclinó hacia ellos con la formalidad de los saludos que llevan mucho tiempo siendo practicados.
—Soy Kristian Petersen. El alcalde actual de Nanortalik. Su voz era grave y cálida, con el acento de quien habla varios idiomas y que ninguno de ellos es el primero. Mi familia lleva siglos ayudando a esta ciudad. Es un honor tenerlos aquí, aunque las circunstancias sean las que son.
Kasandra lo miró directamente.
—Sabemos lo que es —dijo, sin crueldad pero sin rodeos. Y usted sabe que lo sabemos. No es necesario mantener la apariencia entre nosotros.
Kristian Petersen la miró durante un momento. Luego algo en su postura se relajó levemente, el relajamiento específico de quien ha estado sosteniendo una posición durante mucho tiempo y que tiene finalmente permiso de soltarla.
—Un duende —confirmó, con la sencillez de quien dice su verdadero nombre después de años de usar uno prestado. Mi familia ha servido a este pueblo desde antes de que tuviera el nombre que tiene ahora. Somos buenos en administración. En recordar lo que importa. En no irse cuando el invierno es largo.
Kasandra asintió. Era suficiente contexto.
—Cuéntenos lo que ocurrió.
Kristian los llevó caminando hacia el interior del pueblo mientras hablaba, con el paso corto y seguro de quien conoce cada centímetro de ese suelo incluso cuando está cubierto de nieve.
—Hace dos días. Una mujer, Sigrid, congeló a su esposo. No intencionalmente, según todos los indicios la pareja discutía, ella alzó la mano y él quedó cubierto de hielo hasta el pecho en cuestión de segundos. Hizo una pausa. Logramos salvarlo. Los médicos trabajaron durante horas. Él está bien, aunque ha decidido que necesita aire, que es comprensible. Otra pausa. Ella está encerrada en su casa desde entonces. No quiere salir. Dice que es peligrosa para las personas que la rodean.
—¿Había mostrado señales antes? —preguntó Yerico.
—Pequeñas. El agua se helaba cuando ella estaba molesta. Los espejos se empañaban aunque la habitación estuviera caliente. Cosas que uno puede explicar de otras maneras si quiere explicarlas de otras maneras. Kristian miró el suelo. Uno tiende a elegir las explicaciones que no requieren demasiado cambio en la manera de ver el mundo.
—Una bruja del frío —dijo Kasandra, casi para sí misma. Es extremadamente raro.
Yerico caminaba a su lado con el bastón dejando marcas regulares en la nieve.
—No exactamente bruja —dijo. O no solo. Sus ojos tenían la concentración de quien está conectando información que ha guardado durante mucho tiempo. Descendiente de Qalupalik, o con sangre de ellos. He escuchado de casos anteriores, pero muy pocos. Las criaturas del agua bajo el hielo no se mezclan con los humanos frecuentemente, y cuando lo hacen, los descendientes no siempre manifiestan nada. Pero cuando lo hacen.
—El frío desde adentro —completó Kasandra.
—El frío como primera respuesta a la emoción intensa —dijo Yerico. No como elección. Como instinto.
La vivienda de Sigrid estaba en el extremo norte del pueblo, donde las casas empezaban a espaciarse y el hielo del fiordo se acercaba a los jardines con la persistencia de algo que sabe que eventualmente llegará.
Era una casa de dos pisos que en circunstancias ordinarias habría sido similar a las demás la madera pintada de azul marino, las ventanas pequeñas diseñadas para retener el calor, el tejado con su ángulo calculado para que la nieve no acumulara demasiado peso. Pero las circunstancias no eran ordinarias, y la casa lo mostraba hielo cubría la mitad de la fachada exterior con el espesor específico de lo que ha crecido desde adentro hacia afuera, con patrones que no eran los del hielo que forma el frío ambiental sino algo más orgánico, más vivo, como si la casa hubiera estado respirando frío durante dos días.