El viento de la montaña pasó entre los tres con la indiferencia del viento que no tiene paredes que lo contengan y que por eso llega a todos los ángulos a la vez.
El Rey Einar la miraba con la expresión de quien encuentra exactamente lo que no esperaba encontrar y que de todas formas reconoce que tiene sentido que esté allí. Sus ojos recorrieron a Thyra la escoba, el anillo de obsidiana con su contenido inquieto, el abrigo de viaje en lugar del vestido del castillo.
—Thyra —dijo—. ¿Qué haces en Japón?
—Ayudar a una amiga —respondió ella, con la brevedad de quien no ve razón para elaborar lo que puede decirse en cuatro palabras.
—¿Sakura?
—La misma.
El Rey asintió con el movimiento lento de quien procesa varias cosas al mismo tiempo.
—¿Cómo está?
—Complicada. —Thyra sostuvo su mirada. Tsukiko le envió mensajeros. Quiere incorporarla a sus fuerzas. Sakura lleva semanas sin responder porque sabe que responder cierra opciones, pero el tiempo de no responder se acaba. —Una pausa. Quiero que se una al Aquelarre de la Montaña. Alejarla de la jurisdicción de Tsukiko antes de que la situación se vuelva irreversible.
El Rey Einar comenzó a caminar.
Era un movimiento que Thyra reconocía: el Rey pensaba mejor moviéndose, y cuando el problema era suficientemente complejo, el movimiento se volvía circular, trazando arcos lentos sobre el terreno disponible mientras las piezas se ordenaban. La nieve de la ladera recibía sus pasos con el crujido específico de la nieve que no ha sido perturbada todavía y que guarda en su superficie la temperatura de la noche.
Hans los observaba desde el borde de la superficie plana donde habían aterrizado, con esa expresión suya de atención total que era su manera de estar en las conversaciones que lo superaban en antigüedad pero que reconocía como relevantes para su formación.
—Por el momento no va a poder ser —dijo el Rey, sin dejar de caminar. Tsukiko está en uno de sus períodos de mayor actividad. Mover a Sakura ahora, de manera visible, atraería exactamente la atención que queremos evitar. Se detuvo y la miró. Cuando el momento sea correcto, la traeremos. Pero no ahora.
Thyra aceptó eso con el asentimiento de quien no está de acuerdo completamente pero reconoce que la evaluación es válida.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué te trajo a Japón?
El Rey reanudó su caminar circular.
—Tsukiko me llamó —dijo. Quería conocer a la Invocadora.
Thyra se quedó completamente quieta.
—Eso es un peligro directo —dijo.
—Sí. Lo sé. Por eso vine con Hans en lugar de enviar a alguien. El Rey se detuvo de nuevo, esta vez con la postura de quien ha llegado a la parte de la conversación que importa más. Tsukiko es peligrosa de una manera específica su Aquelarre es uno de los más grandes y antiguos del mundo, y lo ha construido durante siglos con la paciencia de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo le pertenece. Cuando quiere algo, lo quiere con la convicción de quien nunca ha aprendido a no obtenerlo. Una pausa. Quería conocer a Ana. Conocer sus capacidades. Evaluar si podía ser útil para sus propósitos.
—¿Y qué le dijiste?
—Que la Invocadora está en formación y no está disponible para contacto externo. La sombra de algo que no era exactamente una sonrisa apareció en su cara. Lo cual es verdad, aunque no sea toda la verdad.
—No puedes volver a exponerte así —dijo Thyra, con la voz que usaba cuando decía cosas que importaban y que no eran negociables. Recuerda que ella conoce tu pecado. Pidió tu muerte, Majestad. Eso no cambia porque hayan pasado años.
Caminó hacia él y colocó una mano en su hombro, que era un gesto que Thyra no hacía frecuentemente y que por eso, cuando lo hacía, decía algo que las palabras solas no habrían podido.
El Rey la miró. Asintió con el movimiento pequeño de quien acepta una verdad que ya sabía.
—Lo sé.
Hans, desde su posición en el borde, los miraba a los dos con la expresión de alguien que ha escuchado algo que genera más preguntas de las que responde y que ha decidido que hacer las preguntas en voz alta es lo correcto.
—¿Cuál pecado? —preguntó.
Thyra y el Rey intercambiaron una mirada. En esa mirada había una conversación breve y completa que no necesitó palabras la evaluación de si era el momento, la conclusión de que sí lo era, la decisión compartida.
Thyra se volvió hacia Hans.
—Puedes decírselo —dijo al Rey. Es tu futuro sucesor. Las cosas que forman el contexto de lo que heredará deben conocerlas.
El Rey miró a Hans durante un momento con la mirada de quien evalúa no si la persona puede manejar la información sino si está listo para recibirla de la manera correcta.
—Hace veintidós años —dijo, Thyra tuvo una relación con un arcángel.
El silencio que siguió en la ladera de la montaña japonesa tuvo la calidad específica del silencio que llega cuando una pieza de información reordena el mapa de lo que uno creía saber.
Hans procesó eso con la cara de quien intenta mantener la expresión neutral y que no lo consigue del todo.
—Los Aquelarres establecieron hace milenios que no puede haber trato ni relación con los seres celestiales continuó el Rey, con la voz del que recita algo que conoce desde hace mucho. No con todos los seres no humanos con los celestiales específicamente. Se volvió ligeramente hacia Hans. Hay brujas que tienen relaciones con otras clases de seres: demonios, elfos, criaturas antiguas. Eso está regulado pero no prohibido absolutamente. Los celestiales son otra cosa.
—¿Por qué específicamente ellos? —preguntó Hans.
—Por su naturaleza —dijo el Rey. Su eternidad no es la nuestra. Su conocimiento opera en escalas que el tiempo humano o mágico no puede abordar completamente. Un ser celestial que forma un vínculo profundo con alguien de nuestro mundo introduce variables que ningún Aquelarre puede calcular ni gestionar. Hizo una pausa. No es una prohibición moral. Es una prohibición de escala.