Kasandra la invocadora

El Espía del Bosque

El sueño siempre comenzaba de la misma manera.

El bosque del Congo llegaba primero como olor la humedad densa de la vegetación que nunca termina de secarse completamente, el perfume específico de la tierra que ha estado produciendo vida durante tanto tiempo que ya no necesita esfuerzo para hacerlo, el verde que no es un color sino una presencia, algo que ocupa el aire y lo llena de una manera que los bosques del norte no consiguen. Luego llegaban los sonidos los pájaros que no guardaban silencio ni de noche, el agua que circulaba por algún lugar entre los árboles sin ser visible, el movimiento de cosas vivas en todas las capas del bosque a la vez.

Y luego, la ciudad.

Vrendel emergía entre los árboles con la naturalidad de algo que ha crecido desde el bosque en lugar de haber sido construido sobre é: las estructuras de madera viva, los puentes que conectaban las plataformas elevadas entre los troncos de los árboles más antiguos, las luces que no eran fuego sino bioluminiscencia, el color específico de los lugares donde la magia lleva suficiente tiempo para haberse vuelto parte del paisaje. La ciudadela de los elfos del Congo era todo lo que Vrendel significaba: un lugar que existía en los términos de quienes lo habitaban, no en los del mundo que lo rodeaba.

En el sueño, Kalem siempre estaba en la casa de su madre cuando llegaban.

La reina Elikia tenía la clase de presencia que los milenios dan cuando uno ha aprendido a portarlos con intención. Alta, con el cabello blanco que caía en trenzas finas hasta la cintura, las orejas largas y puntiagudas con la geometría perfecta de los elfos de sangre pura, los ojos negros que tenían en su fondo una oscuridad que no era vacío sino acumulación, siglos de cosas vistas y guardadas. Venía con soldados que no necesitaban hacer nada amenazante para ser amenazadores porque la amenaza estaba en su presencia misma, en el número, en la formalidad de su formación.

La madre de Kalem la recibía en la puerta.

Trescientos cincuenta y cinco años de edad en un cuerpo que los llevaba con la apariencia de alguien treinta años menor, con el cabello blanco que en ella era herencia y no vejez, las pecas sobre la piel pálida, los ojos que Kalem había heredado en el tono aunque no en el color. Sus manos, cuando extendía el saludo formal, eran completamente estables. Pero Kalem sabía, en el sueño como lo había sabido en el momento real, que la estabilidad le costaba.

—Sabes por qué estoy aquí —dijo la reina. No era pregunta.

—Sí, mi reina —respondió la madre. Aunque tenía entendido que el plazo era cuando Kalem cumpliera los cien años.

La reina Elikia la miró con la expresión de quien no está acostumbrada a que le recuerden los plazos que ella misma ha establecido.

—El plazo ha cambiado. Hizo una pausa con el peso específico de las pausas que preceden a las cosas que no se dicen para informar sino para imponer. Tengo una tarea para tu hijo. Debe abandonar la ciudadela hoy mismo e ingresar al Aquelarre de la Montaña. Sus ojos negros encontraron a Kalem, que estaba de pie junto a su madre sin haber dicho todavía nada. Servirá allí como mis ojos. Me informará de lo que ocurre dentro de esas murallas. De quiénes llegan, de qué poderes se desarrollan, de lo que el Rey Einar hace con lo que acumula.

La madre de Kalem abrió la boca.

—Y si rechaza mi petición continuó la reina, sin cambiar el tono, con la velocidad de quien ha anticipado la interrupción y ha preparado la respuesta, lo condenaré a cien años en forma de ave. Vivirá en mi jaula personal de prisioneros.

Las lágrimas llegaron a los ojos de la madre de Kalem antes de que ella pudiera detenerlas. No lloraba con sonido con la quietud específica de quien llora cuando no puede permitirse que el llanto sea escuchado pero que tampoco puede detenerlo.

Kalem dio un paso al frente.

Se puso entre su madre y la reina con el movimiento que no era exactamente de protección porque la posición no habría cambiado nada material, pero que era de todas formas el único movimiento que su cuerpo podía hacer en ese momento.

La miró directamente.

—Lo entiendo —dijo, con la voz que tiene cuando dice las cosas que ha decidido aunque cuesten. Y acepto su petición.

Kalem abrió los ojos en el castillo del Rey Einar.

El techo de piedra de su habitación lo recibió con su indiferencia habitual. La luz que entraba por la ventana era la de la mañana temprana de Groenlandia, esa luz que llega con precaución y que nunca termina de estar completamente segura de su bienvenida.

Se quedó quieto durante un momento.

El sueño siempre terminaba en el mismo punto el momento en que aceptó. Y siempre, al despertar, permanecía unos instantes con la escena todavía presente en el cuerpo, no solo en la memoria el frío de esa mañana en Vrendel, el olor del bosque del Congo, el sonido del llanto silencioso de su madre.

Llevaba tiempo teniendo ese sueño. Desde la primera semana en el castillo, con la regularidad de algo que el cuerpo necesita procesar pero que todavía no ha terminado de hacerlo.

Sabía lo que era espía de la reina Elikia en el Aquelarre de la Montaña. Sabía también lo que significaba: que el respeto que le debía a este Aquelarre y el que le debía a su Aquelarre original existían en tensión, que esa tensión no iba a resolverse sola, y que el día en que la situación le exigiera elegir entre los dos habría un costo que todavía no podía calcular completamente.

Lo que la Gran Madre le había dicho al oído durante la ceremonia de la luna llena seguía siendo lo que más claramente recordaba de esa noche: Sé que eres un espía. Pero eres ahora mi hijo. Te lo permito mientras cuides a esta familia como tuya y cuides también a tu Aquelarre original. Ten cuidado.

No como amenaza. Como comprensión. Como alguien que ve la situación completa y que decide de todas formas incluirte en lo que protege.

Ese fue el momento en que Kalem entendió que estar en este castillo no era solo cumplir una condición impuesta por la reina Elikia. Era también, y de manera que la reina no había calculado, convertirse en algo que no era cuando llegó.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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