Kasandra la invocadora

El Ángel de Luz

El círculo se cerró en silencio.

Eso fue lo primero que Ana registró no el ruido de los vampiros posicionándose sino la ausencia de ruido, la manera en que el clan de Saraswati se movía sin producir el sonido que debería producir algo de ese tamaño y ese número. Era el silencio de lo que lleva suficiente tiempo siendo depredador para haber aprendido que el silencio es también una herramienta.

Los ojos rojos brillaban desde los tejados, desde las ventanas, desde cada esquina del callejón con la regularidad de algo que ha sido coordinado. No era caos: era disposición táctica, el resultado de siglos de cazar en grupo en espacios urbanos, de conocer exactamente cómo cerrar las salidas antes de que el objetivo entienda que las salidas han sido cerradas.

Yantra estaba temblando.

Ana lo sintió a través del brazo que sostenía, ese temblor pequeño y constante que el cuerpo produce cuando el miedo y el control están en negociación y ninguno de los dos ha ganado todavía. Era el temblor de alguien que sabe evaluar una situación y que la ha evaluado correctamente.

—Sé lo que debo hacer —dijo Ana.

Su propia voz la sorprendió. No por el contenido sino por la calidad: tenía una calma que no era la ausencia de miedo sino algo diferente, más sustancial, construida sobre algo que el miedo no podía desplazar porque ocupaba un lugar más profundo que el miedo.

Yantra dio un paso atrás. No de rendición: de confianza, que es diferente y más difícil.

Ana cerró los ojos.

La luna llena sobre ella. La estrella de tres puntas en la palma izquierda pulsando con una frecuencia que esta noche era diferente a todas las noches anteriores más viva, más urgente, como si el poder hubiera estado esperando exactamente este tipo de necesidad para mostrarse en su escala real.

—Técnica sagrada: barrera de luz.

Lo que salió de sus manos extendidas no fue exactamente lo que Nikau le había enseñado en los pasillos del castillo, aunque llevaba el mismo nombre. Era más. Como si la versión que había aprendido fuera el boceto y esto fuera el resultado de alguien que ha entendido el principio que el boceto solo sugería.

La explosión de luz dorada no irradió estalló. En todas las direcciones simultáneamente, con la velocidad de algo que no necesita recorrer el espacio entre su origen y su destino porque simplemente existe en ambos lugares a la vez. La cúpula que envolvió a las dos mujeres era perfectamente esférica, con la claridad del cristal pero sin su fragilidad, con algo en su superficie que hacía que la luz que la atravesaba saliera diferente del otro lado.

Los vampiros en los bordes de la cúpula gritaron.

No con el sonido de la sorpresa sino con el de algo que ha tocado lo que no debía tocar y que el cuerpo procesa antes de que la mente decida la respuesta apropiada. Su piel al contacto con la barrera no ardía exactamente se deshacía, en los puntos de contacto, con la especificidad de algo que es fundamentalmente incompatible con lo que está tocando, como el agua que encuentra sal o la luz que encuentra oscuridad y que en ninguno de los dos casos puede existir la mezcla.

Ana abrió los ojos.

De sus pupilas, por un instante, destellos de luz blanca que no eran reflejo sino emisión.

—Invocación: criaturas de los elementos, responded a mi llamado.

No eligió criaturas específicas. No tuvo tiempo de consultar ningún libro, de recitar ninguna fórmula precisa. Lo que salió de ella era lo que había aprendido durante semanas en el Aquelarre de la Montaña, el principio detrás de todas las técnicas que el poder de una invocadora no era un catálogo de criaturas memorizadas sino una conexión, y que la conexión, cuando era genuina, respondía a la necesidad real con lo que la necesidad real requería.

De los bordes de la barrera surgieron.

Lobos de luz dorada que no eran sólidos exactamente sino que tenían la consistencia de algo que existe en el límite entre la forma y la energía, con ojos que eran dos puntos de luz blanca más intensa. Aves de fuego que planeaban sobre los tejados donde los vampiros se habían posicionado, con alas que al extenderse producían el sonido del fuego que encuentra combustible. Ciervos alados cuyos cuernos tenían la geometría de los copos de nieve amplificados hasta el tamaño de armas.

Se lanzaron.

El callejón se convirtió en algo que desde afuera, si alguien hubiera podido verlo, habría parecido la representación física de un conflicto entre dos naturalezas fundamentalmente incompatibles: la oscuridad del clan contra la luz de las criaturas invocadas, sin posibilidad de coexistencia, sin neutralidad disponible.

—¡Yantra, corre!

Corrieron entre lo que quedaba, entre los restos que el conflicto dejaba en el aire: polvo oscuro que el viento dispersaba antes de que se asentara, el olor del ozono que dejan las descargas de energía, la ceniza específica de lo que ha sido disuelto por algo que era su opuesto fundamental.

Las criaturas de luz se iban desvaneciendo con la ley que gobernaba todo lo que Ana invocaba: existían mientras la necesidad las sostenía, y cuando la necesidad cambiaba de forma, ellas también cambiaban. Los últimos ciervos alados desaparecieron en el aire sobre la calle vacía cuando Ana y Yantra llegaron al cruce.

El cruce no estaba vacío.

Más vampiros. Un número mayor que el del callejón anterior, con la disposición de quien ha sido informado de lo que ocurrió atrás y ha reorganizado sus fuerzas en consecuencia. Sus ojos rojos en la oscuridad de la calle apagada formaban una constelación que no era hermosa sino amenazante con la amenaza de lo que sabe que es más y que no necesita apresurarse.

Yantra actuó.

Del cinturón bajo su vestido sacó un frasco pequeño de vidrio con un líquido del azul específico de las cosas que contienen más energía de la que su tamaño debería poder albergar. Lo lanzó al aire con el movimiento preciso de quien ha calculado el arco y el punto de impacto antes de que la mano suelte el objeto.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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