El combate tenía su propio ritmo.
Ana lo había aprendido en los campos de entrenamiento del castillo, donde Nikau le había explicado que toda batalla tiene una cadencia y que quien la escucha tiene ventaja sobre quien solo reacciona a ella. Esta noche, en la casa rota de Yantra, la cadencia era brutal y rápida y sin espacio para la contemplación el rugido de Farhan marcando los tiempos más lentos, los impactos de sus garras contra la carne de los vampiros marcando los rápidos, y entre ambos el trabajo de las dos brujas llenando los espacios que el lobo dejaba.
Farhan era extraordinario en esto.
Ana lo veía moverse con la parte de ella que podía seguir evaluando mientras actuaba: los ojos de plata que en la oscuridad de la habitación iluminaban el entorno desde dentro, las garras que encontraban los puntos exactos donde la resistencia de los vampiros cedía, el peso y la velocidad combinados con la ferocidad de algo que lleva un mes de luna llena acumulando la energía que esta noche tiene que liberar de todas formas y que ha decidido que si tiene que liberarse que sea en la dirección correcta.
Los vampiros eran rápidos. No lo suficiente.
Yantra alzó los brazos y golpeó tres frascos de su cinturón contra el suelo en un movimiento que tenía la coreografía de algo practicado muchas veces hasta que el cuerpo lo hace sin que la mente necesite supervisarlo.
El primero liberó fuego azul.
No el fuego ordinario del naranja y el amarillo el azul específico de la magia de pociones concentrada hasta su punto más puro, que tomó forma de serpiente con la fluidez de algo que ha elegido su forma y que avanzó hacia el vampiro más cercano envolviéndolo con la eficiencia de algo que no necesita apretar para que el calor llegue donde necesita llegar.
El segundo liberó polvo violeta que el aire de la habitación convirtió inmediatamente en nube densa, sin transparencia, que encontró los ojos de tres vampiros simultáneamente con el resultado específico de algo diseñado para ese propósito.
El tercero liberó viento cortante que no era viento sino fuerza organizada con dirección, que partió las cortinas que quedaban y encontró los cuerpos de los vampiros con la decisión de algo que sabe exactamente a dónde va.
Ana levantó la mano.
—Técnica mágica: Escudo solar.
La luz dorada que surgió era más densa que la barrera de luz que Nikau le había enseñado, más concentrada en el punto de contacto, con la calidad específica de algo que no desvía sino que disuelve. El vampiro que llegó contra ella en ese instante se encontró con el escudo y no lo atravesó: fue consumido en el punto de contacto con la velocidad de algo que toca lo que no puede tocar.
Yantra no se detuvo.
—Técnica mágica: Rayos de la aurora.
De sus dedos, extendidos al límite de la apertura que los tendones permiten, brotaron haces de luz que no eran continuos sino pulsátiles, que llegaban a sus objetivos con la velocidad de algo que no recorre distancias sino que simplemente aparece en el destino. Dos vampiros los recibieron y se disolvieron en el humo oscuro específico de lo que ha sido deshecho por su opuesto.
—¡Yantra, detrás de ti!
La bruja giró en el instante exacto, con el reflejo de alguien que ha sobrevivido suficientes situaciones como esta para que el cuerpo anticipe lo que la mente todavía está procesando. Un frasco verde salió de su mano antes de que la rotación terminara y el líquido que contenía encontró la cara del atacante con la precisión de quien no necesita apuntar porque el brazo ya sabe.
El atacante cayó con el sonido de algo que se deshace en capas.
Yantra sonrió entre la respiración rápida del combate, con la sonrisa de quien tiene justo suficiente capacidad residual para sonreír y que ha elegido usarla en esto.
—¡Buen reflejo, chica de la montaña!
El caos siguió. El suelo acumulaba lo que quedaba de los que habían llegado a esta casa pensando que el número era suficiente. Farhan aullaba con el aullido de quien todavía está aquí, que en la luna llena es también el aullido de quien aún puede elegir la dirección de su propia fuerza.
Y entonces el tiempo se detuvo.
No metafóricamente. Con la literalidad de algo que modifica la percepción de la duración de manera que todos los presentes en el espacio lo experimentan simultáneamente: el movimiento de los vampiros, el movimiento del lobo, el movimiento de Ana y Yantra, todo ralentizándose en el instante en que el sonido llegó.
Una nota musical.
Larga, perfectamente sostenida, con la vibración específica de algo que no ha sido producido por ningún instrumento ordinario sino por un instrumento que lleva siglos siendo afinado hacia un propósito específico. La nota se expandió por la casa como una onda que no necesitaba medio físico para propagarse, que llegaba a través de las paredes y los cuerpos y el aire con la indiferencia de algo que existe en una frecuencia a la que nada puede ser impermeable.
Los vampiros se arrodillaron.
Todos a la vez, con la sincronía de algo que ha recibido una orden que no admite variación en la respuesta. Sus ojos se apagaron del rojo activo a algo más quieto, más vacío, el estado de quien ha suspendido su propia volición porque algo mayor que su volición ha tomado el control.
Farhan retrocedió.
Gruñendo, con los ojos de plata mirando hacia el techo desde donde venía el sonido, con el instinto del animal que reconoce una jerarquía que su propia naturaleza no puede ignorar.
Las luces parpadearon.
Yantra no habló, pero en su cara apareció algo que Ana había visto raramente en ella en los días que llevaban juntas miedo real, del que no es evaluación de riesgo sino reconocimiento de algo que supera el cálculo.
—No puede ser —susurró.
El techo de la habitación se oscureció.
No con la oscuridad del corte de luz sino con la oscuridad de algo que trae su propia sombra consigo, que la genera como parte de su presencia y que la proyecta sobre todo lo que la rodea antes de ser visible.