Yerico fue convocado a la sala del Rey antes del mediodía.
No era inusual el Rey lo llamaba cuando necesitaba a alguien que supiera moverse entre lo que tenía nombre en los libros y lo que existía más allá de los nombres, que era el territorio específico de los domadores. Lo que sí era inusual era la persona que encontró cuando entró.
La maestra de las brujas sanadoras estaba de pie junto a la ventana con la postura de quien ha estado esperando pero que no ha usado el tiempo de la espera en ponerse nerviosa sino en algo más útil. Selene era una mujer de piel morena cálida, con el cabello negro muy largo que caía libremente hasta más allá de la cintura, y sobre el cabello y alrededor del cuello y los brazos, cadenas hechas de huesos pequeños y caracoles y flores secas que no sonaban al moverse porque cada elemento había sido colocado en el lugar exacto donde no rozaría con los demás. Era una arquitectura de ornamentos que decía, para quien supiera leer ese lenguaje, cosas precisas sobre quién era y qué había visto en los veinte o treinta siglos que llevaba viéndolo.
Yerico miró al Rey.
—Me llamó, Majestad.
El Rey se levantó del trono con el movimiento de alguien que ha estado sentado el tiempo suficiente para tomar una decisión y que está listo para implementarla.
—¿Conoces a la bruja Marina? —dijo.
—Bruja curandera. De las sanadoras de Selene. Yerico asintió. La he visto en los pasillos del castillo.
El Rey sonrió con la sonrisa que tenía cuando las cosas encajaban de la manera en que había esperado que encajaran.
—Su maestra vino a mí esta mañana —dijo. Marina lleva días sintiéndose mal. Tiene un hijo en Venezuela. Un hijo humano, de cuarenta años, que está enfermo de cáncer. Ella lleva semanas queriendo ir y no ha ido, porque no quiere fallarle al Aquelarre.
Yerico procesó eso.
—¿Y puede sanarlo? —preguntó.
Selene fue quien respondió. Su voz era profunda con la profundidad que dan los años, no la de los tonos bajos naturales sino la de algo que ha ganado resonancia con el tiempo.
—No —dijo, con la honestidad directa de quien no ve razón para suavizar una verdad que ya es lo que es. Nuestra magia no puede sanar el cáncer. Es una enfermedad de la naturaleza, de la biología que se vuelve contra sí misma. No es una maldición ni un hechizo ni algo que tenga una causa mágica que pueda deshacerse con una causa mágica opuesta. Una pausa. Lo que sí puede hacer Marina es ir. Estar con él. Y hacer que el dolor sea menor. Que los días que le quedan sean más soportables.
El silencio de la sala tuvo la densidad específica del silencio ante las verdades que no admiten negociación.
El Rey caminó hacia Yerico y colocó una mano sobre su hombro con el gesto que reservaba para los encargos que no eran órdenes sino peticiones la diferencia de presión, de ángulo, de duración del contacto.
—Eres venezolano —dijo.
—Nací en esos territorios —respondió Yerico. Aunque en la época de la colonia. No es la Venezuela que existe ahora.
—Por eso —dijo el Rey. Conoces la tierra, aunque sea la tierra de otro tiempo. Y conoces las criaturas que la habitan, lo que hay en esos bosques y en esas montañas que los mapas modernos no registran. Sostuvo su mirada. Quiero que acompañes a Marina. Que seas su guardián mientras esté allí.
Yerico no tardó.
—De acuerdo.
Marina apareció en el patio ese mismo día por la tarde.
Yerico la había visto en los pasillos del castillo con la presencia discreta de quien hace su trabajo sin necesitar que nadie lo note: la enfermería siempre olía diferente cuando ella había estado allí ese día, con ese olor específico de las hierbas mezcladas con algo que no era vegetal sino energético. Pero no la había visto así: de pie con una pequeña maleta de cuero a sus pies, un vestido marrón claro que tenía la sencillez de la ropa elegida para un propósito específico y no para una ocasión, el cabello recogido con el peinado que uno usa cuando sabe que va a necesitar las manos libres.
Tenía los ojos con algo que el castillo no le había visto antes. No era tristeza exactamente, o era tristeza con otra capa encima: la anticipación de algo que ha esperado demasiado tiempo y que está a punto de ocurrir.
—Gracias por acompañarme —dijo, cuando Yerico se acercó.
—Tranquila —respondió él—. ¿Cómo vamos a ir? ¿En escoba?
Marina negó con la cabeza.
—Ellos nos llevarán.
En ese momento apareció Hans.
La túnica azul oscura que llevaba no era la de los días ordinarios de entrenamiento tenía algo más formal en los bordados del borde, el tipo de ropa que se usa cuando lo que se hace importa más de lo habitual. Se detuvo frente a los dos con la eficiencia de alguien que tiene el tiempo calculado.
—Vamos —dijo.
Los tres se posicionaron en el círculo mágico que Hans había trazado en el suelo del patio, que Yerico reconoció por las runas del perímetro el círculo de transporte por trueno, que era más rápido que cualquier escoba pero que requería del tipo de poder que Hans portaba con la naturalidad de quien lleva tanto tiempo teniéndolo que ya no lo experimenta como excepcional.
—Arte mágica: trueno.
Yerico cerró los ojos por instinto.
La luz fue lo último que registró antes de que el mundo del Aquelarre de la Montaña dejara de ser el mundo inmediato.
Venezuela llegó como calor.
Yerico abrió los ojos y el calor lo recibió primero, antes de que el ojo procesara lo que estaba viendo: el calor específico de las latitudes donde el sol no pide permiso, que llegaba a la piel con la confianza de algo que siempre ha estado allí y que sabe que va a seguir estando.
Luego llegó lo que veían los ojos.
Los tepuyes.
Yerico llevaba siglos sin verlos. Las formaciones de roca que ascendían desde la selva como columnas del tiempo geológico, con sus cimas planas cubiertas de vegetación que en ningún otro lugar del planeta existía exactamente igual porque en ningún otro lugar del planeta habían tenido exactamente ese tiempo y exactamente ese aislamiento para desarrollarse. El verde de la selva a sus pies era el verde de algo que lleva millones de años siendo verde y que ha perfeccionado ese verde hasta convertirlo en la versión definitiva de sí mismo.