Nikau estaba en la entrada del castillo cuando Thyra apareció.
Llevaba el traje negro que usaba para los días de trabajo serio: no el negro de la ropa ordinaria sino el negro de los materiales que han sido tratados con magia de refuerzo, que tienen en sus costuras y en su estructura algo que el ojo no detecta pero que el cuerpo del portador sí, una segunda capa de protección tan incorporada al tejido que ya no se diferencia de él. Los adornos sobre el pecho y los hombros que a distancia podían parecer decorativos y que de cerca tenían la geometría específica de los elementos de armadura que alguien ha decidido que deben caber en la ropa cotidiana.
Thyra venía del norte.
Su aterrizaje en el patio fue el de quien ha volado lejos y ha volado rápido y que llega con el cabello recogido en el moño que se pone para los viajes largos, perfectamente intacto porque Thyra era el tipo de persona cuyo cabello no se desordena con el viento de la velocidad. El vestido blanco con negro era el mismo que había llevado a Japón. En sus brazos, Machati dormía con la postura específica de los gatos que han encontrado el lugar exacto donde el calor y el soporte son los correctos y que han tomado la decisión de que ese lugar es permanente hasta nuevo aviso.
Nikau se acercó.
—¿Cómo estás, maestra? —dijo—. ¿Necesitas algo?
Thyra lo miró con la evaluación rápida de quien está acostumbrada a calcular qué necesita y de quién puede obtenerlo.
—Sí. Tengo que ir a Nuuk. Acompáñame.
Nuuk a esa hora de la mañana tenía la calidad específica de las ciudades árticas cuando el sol lleva poco tiempo arriba: una luz clara y fría que llegaba desde un ángulo bajo, iluminando los edificios de colores que los groenlandeses usaban para hacer visible lo que el cielo gris volvería invisible, con el olor del mar y de algo que solo existe en los lugares donde el frío ha estado siempre y donde el calor es siempre provisional.
Machati se había acomodado sobre los hombros de Thyra con la indiferencia de los gatos para las altitudes y las temperaturas y había pasado el vuelo durmiendo, o fingiendo dormir, que con Machati era difícil distinguir.
Caminaron por las calles durante un rato que Nikau no midió exactamente porque Thyra caminaba con el propósito de quien tiene una lista mental que va completando en el orden que la geografía de la ciudad sugiere, y seguirla requería atención en lugar de medición del tiempo.
Entró en varias tiendas.
Adornos en una: el tipo que se usa en los rituales de marcación de fechas importantes, con los símbolos específicos de los años que cierran un ciclo. Materiales en otra. Algo de una tercera cuya naturaleza Nikau catalogó pero no preguntó porque Thyra no ofrecía la información y con Thyra uno aprendía rápido que lo que no se ofrecía era porque no necesitaba ser explicado todavía.
Luego entraron en una tienda de tecnología.
Nikau se detuvo en la entrada. No de manera dramática con la pausa de quien recalibra las expectativas. Las pantallas que mostraban dispositivos relucientes bajo luces blancas, los cables de colores en estantes ordenados, el olor de plástico y electrónica que no combinaba con ninguna de las tiendas anteriores.
—¿Qué vas a comprar aquí? —dijo.
Thyra ya estaba mirando la sección de teléfonos con la concentración de alguien que está evaluando algo que no conoce con la misma metodología con que evaluaría algo que sí conoce.
—Un teléfono celular —dijo.
Nikau la miró.
—¿Para ti?
—No. —Thyra señaló a un modelo específico en el estante y le hizo una señal al empleado que se acercaba. La verdad es que no tengo idea cómo funcionan estos dispositivos. Los humanos los usan con una naturalidad que sugiere que son intuitivos, pero intuición y facilidad no son lo mismo. Una pausa. Ana sí sabe. Creció con ellos. Y creo que es importante que no pierda su conexión con el mundo humano. Los que llevan mucho tiempo en los Aquelarres sin ese contacto a veces pierden algo que no es fácil de recuperar.
Nikau consideró eso.
—Tiene sentido —dijo.
—Además —continuó Thyra, mientras el empleado le mostraba el modelo que había señalado con la expresión del que intenta explicar funciones a alguien que lo escucha con atención científica, en un mes es su cumpleaños. Va a cumplir dieciocho años. Miró a Nikau por encima del hombro con algo que en su cara tomaba el lugar de la calidez. El Aquelarre debe hacer algo para esa fecha. Ella no debería pasarla sola en algún lugar del mundo sin saber que la recordamos.
Nikau sonrió.
No la sonrisa rápida de los acuerdos cotidianos sino algo más genuino, del tipo que llega cuando uno encuentra una propuesta que corresponde exactamente con algo que ya quería hacer sin haberlo formulado.
—Yo hago la torta —dijo.
Thyra lo miró con la expresión de quien no había pensado en ese detalle específico y que ahora que lo ha escuchado lo incorpora como obvio.
—Bien —dijo.
Estaban listos para irse cuando Machati, que había permanecido dormida o fingiendo dormir sobre los hombros de Thyra durante toda la excursión, levantó la cabeza.
Sus ojos verdes, completamente despiertos, miraban hacia el extremo de la calle con la atención de algo que ha detectado algo.
—¿Escuchan eso? —dijo, con la voz que llegaba directamente a las mentes de Thyra y Nikau sin pasar por el aire.
Thyra y Nikau miraron al mismo tiempo.
En el extremo de la calle, donde la luz del sol de la mañana no llegaba todavía porque el ángulo de los edificios creaba allí una sombra permanente a esa hora, algo oscuro. No la oscuridad ordinaria de la sombra: una densidad diferente, con los bordes que se movían levemente aunque no hubiera viento que los moviera.
Thyra se acercó.
Sola. Nikau dio un paso para seguirla y ella hizo el gesto con la mano que significaba quédate, que Nikau obedeció porque con Thyra los gestos de ese tipo no eran sugerencias.