Kasandra la invocadora

Los Guardianes de las Sombras

Lo primero fue el sonido.

Una campana. Grave, profunda, con la resonancia de algo que no vibra en el aire sino en la piedra, en los huesos, en algún lugar interior que no tiene nombre anatómico pero que responde a ciertas frecuencias con la certeza de quien reconoce algo anterior a sí mismo.

Ana abrió los ojos.

La luz no era del sol era de antorchas mágicas suspendidas en el aire sin ningún soporte visible, ardiendo con la quietud perfecta de las llamas que no tienen que negociar con el viento porque el viento aquí no existe o ha aprendido a respetar este espacio. La sala era circular, con los muros de piedra antigua que no era la piedra de los castillos del norte sino otra, más cálida en el color aunque fría al tacto, con símbolos grabados en su superficie que el tiempo había desgastado hasta hacerlos más suaves pero no menos presentes.

Estaba recostada sobre un lecho de piedra cubierto con mantas de un tejido que no reconoció pero que era suave de la manera en que son suaves las cosas que han sido fabricadas con atención en lugar de con rapidez. A su alrededor, figuras encapuchadas murmuraban en un idioma que llegaba a los oídos de Ana como ritmo antes que como significado, con la cadencia específica de las palabras que se usan para mantener algo en lugar de para comunicar.

Una de las figuras se acercó y bajó la capucha.

Hombre alto, de complexión delgada que no era la delgadez de la falta sino la del cuerpo que ha aprendido exactamente cuánto necesita para lo que hace. El cabello castaño caía sobre la frente con la informalidad de alguien que tiene otras prioridades. Y los ojos: ambarinos con un tono que rozaba el dorado, que en esta luz de antorchas tenían la calidad específica de algo que lleva mucho tiempo viendo en la oscuridad y que por eso ve en ella de una manera diferente.

—Al fin despiertas —dijo, con una voz que era grave pero que tenía en su fondo algo deliberadamente no amenazante, la modulación de alguien que sabe que la primera impresión importa y que ha aprendido que la suavidad sirve mejor que la imposición cuando lo que uno quiere es que el otro no huya—. Soy Teótimo. El que te trajo aquí.

Ana intentó incorporarse. El mareo la detuvo, y el mareo le informó de varias cosas simultáneamente: que había usado una cantidad considerable de energía, que su cuerpo había procesado algo mientras estaba inconsciente, y que la prudencia en este momento era aliada.

—¿Dónde estoy?

—En el jadugar swami —dijo Teótimo—. Un santuario oculto bajo las ruinas de un templo antiguo. En Laungewala, en la frontera. Una pausa. Nuestra guarida, de momento.

Los otros comenzaron a quitarse las máscaras.

El primero era el del ciervo: hombre robusto, de hombros que habían sido construidos para cargar peso de distintos tipos, con una barba corta y una mirada que tenía la calma específica de quien lleva mucho tiempo siendo guardián y que ha aprendido que la vigilancia constante y la agitación constante son cosas distintas.

—Soy Brunno —dijo, inclinando la cabeza con el gesto breve de quien respeta pero no necesita elaborarlo. Guerrero del desierto.

El del búho: bajo, casi diminuto en comparación con los demás, con el rostro surcado por arrugas que no eran de vejez exactamente sino de acumulación, y una sonrisa que tenía la amabilidad de algo genuino y no performativo.

—Me llaman Cosme —dijo, con una pequeña reverencia que tenía el carácter de algo cultural antes que protocolar. Guerrero de la sabiduría, señorita.

El del zorro: piel oscura cálida, ojos que brillaban con algo que estaba entre la inteligencia y la diversión, voz que cuando llegó era suave con la suavidad de las cosas que han aprendido que no necesitan volumen para ser escuchadas.

—Soy Zain. Protector y guerrero del este. La inclinación fue leve, elegante. Bienvenida a nuestro refugio.

Ana los observó durante un momento.

—¿Guardianes? ¿De qué?

Teótimo cruzó los brazos. La manera en que lo hizo era la de alguien que está a punto de decir algo que sabe que puede ser recibido de varias maneras y que ha decidido que la honestidad directa es mejor que el rodeo.

—Somos vampiros —dijo.

Ana no se movió. El instinto de los músculos que querían ponerse en posición de defensa llegó y fue contenido porque la situación en la que estaba no lo justificaba estaba en una cama, sin energía suficiente para invocar nada significativo, y si hubieran querido hacerle daño lo habrían hecho mientras estaba inconsciente.

—Como los del clan de Saraswati —continuó Teótimo. Pero no servimos a esa reina. No servimos a ningún rey ni reina vampiro. Somos vampiros libres, protectores de las zonas antiguas. No bebemos de los inocentes. Protegemos a los que no pueden hacerlo por sí mismos en los territorios donde los clanes dominantes hacen lo que les viene en gana.

Ana tardó un momento.

—Vampiros que protegen —dijo.

Brunno soltó una risa baja que venía de un pecho grande, con la genuinidad de algo que no ha sido calculado.

—El mundo no es tan simple como luz o sombra, niña. Hasta los que el mundo llama monstruos pueden elegir otra cosa. La elección es lo que define, no la naturaleza.

Ana los miró uno por uno. Luego miró más allá de ellos, hacia el fondo de la sala, donde tres mujeres estaban haciendo cosas que hasta ese momento Ana había estado procesando como ruido de fondo y que ahora se volvían concretas.

Una estaba sentada frente a algo que era entre pantalla y artefacto mágico: una superficie luminosa con símbolos flotando a su alrededor que sus dedos movían con la velocidad de quien ha encontrado en ese gesto algo tan natural como respirar. Tenía el cabello corto, recogido en una trenza, y sobre las orejas, que eran largas y levemente puntiagudas, unos lentes que se quitó con un gesto ágil cuando notó que Ana la miraba.

—Ah, despertaste. —Su sonrisa era de las que llegan antes de que la persona decida sonreír—. Soy Mayn. Mitad elfo, mitad vampiro. Una mezcla que según las reglas de los dos mundos.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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