Kasandra la invocadora

El Viento que Trae Mensajes

La comunicación duró lo que duran las cosas que importan: más de lo que parece en el momento y menos de lo que uno quisiera.

A través de los ojos de Hania, con la voz del Aquelarre llegando desde el otro lado del mundo por el canal que Thyra había abierto en la cámara de las serpientes, Ana recibió lo que llevaba días necesitando: no la seguridad de que todo estaba bien, porque no todo estaba bien, sino la seguridad de que había personas que sabían dónde estaba y que no habían dejado de buscarla.

—Sobreviví —dijo Ana, con la voz directa de quien no tiene energía para elaborar pero que tiene suficiente para ser honesta. Y encontré a personas que llevan tiempo luchando contra los vampiros y las brujas oscuras. Gente que sabe cosas que los Aquelarres del norte no saben sobre lo que se mueve en este territorio.

A través de los ojos de Hania, el brillo que era Kasandra la observó. Y en ese brillo estaba todo lo que Kasandra no necesitaba decir en voz alta porque Ana lo conocía ya: el orgullo que Kasandra expresaba con los ojos antes que con la voz, el alivio que ella habría llamado información actualizada si alguien se lo preguntara directamente.

—Eres más fuerte de lo que imaginas, Ana. —La voz tenía las capas habituales: la de Hania debajo y encima la de su maestra, con toda la calidez que Kasandra guardaba para los momentos donde la formalidad no servía de nada—. Pero escucha: si necesitas ayuda, dímelo. Puedo enviar un vínculo astral o abrir un portal de emergencia. Están Yerico, Melidia, las gemelas. No estás sola aunque no te veamos.

—No hace falta —dijo Ana, y la firmeza que llegó con esas palabras no era terquedad sino algo más sólido: la certeza de quien ha evaluado la situación y sabe que puede gestionarla—. Puedo manejarlo. Hizo una pausa. Vamos a ir a Egipto. Creo que podemos vernos allá.

La respuesta llegó en la voz colectiva de las personas que habían estado reunidas en la cámara de las serpientes sosteniendo el círculo:

—En El Cairo tenemos contactos. Podemos encontrarnos allá.

—Cuando estés en Egipto, usa el espejo. Si lo recuperas o encuentras uno. Así sabremos exactamente dónde estás.

Ana asintió, aunque el gesto no pudiera ser visto a través de ese canal.

—De acuerdo.

La imagen se desvaneció con la gradualidad de las cosas que el esfuerzo ha sostenido hasta su límite y que al soltarse lo hacen con la suavidad del cansancio bien ganado: primero los bordes del brillo en los ojos de Hania, luego el centro, hasta que los ojos de la bruja guerrera volvieron a ser los suyos, marrones y amables, parpadeando con el esfuerzo de quien regresa de haber sido canal de algo más grande que ella durante varios minutos.

Hania respiró profundo.

Ana también.

Por primera vez en días, el peso en el pecho cedió lo suficiente para que algo diferente ocupara ese espacio. No alivio completo, que habría sido prematuro, sino algo más específico y más sostenible: la certeza de que había un hilo entre ella y el lugar del que venía, y que ese hilo, aunque fino, no se había roto.

El sol encontró el templo antes de que Ana terminara de dormir.

La mañana en Laungewala era diferente a cualquier mañana que hubiera conocido antes: el calor llegaba con el sol con una puntualidad que no tenía en Groenlandia, donde la temperatura tardaba horas en seguir a la luz. Aquí el calor y la luz eran simultáneos, como si hubieran tomado la decisión conjunta de no aparecer por separado.

Aman la esperaba en la puerta del corredor que daba al exterior.

Llevaba una cesta de mimbre en el brazo y la expresión específica de quien ha decidido que esta mañana va a ser diferente a las anteriores y que esa decisión le produce algo que se parece a la anticipación.

—¿Vienes? —dijo—. Te prometí mostrarte la ciudad vieja.

Ana la miró durante un momento. Luego se levantó.

Laungewala afuera del templo era lo que era: una ciudad fronteriza que llevaba siglos siendo el lugar donde dos mundos se tocaban sin mezclarse completamente, con la arquitectura de los lugares que han aprendido a ser pasaje además de destino. El aire del amanecer era cálido con el calor que la tierra había guardado durante la noche y que empezaba a liberar en las primeras horas, mezclado con el olor del incienso que alguien quemaba en algún punto de la calle principal con la regularidad de algo que no es ocasional sino cotidiano.

Los templos que asomaban entre los edificios más modernos tenían la calidad de las cosas que llevan suficiente tiempo en un lugar para que el lugar no pueda ya imaginarse sin ellas. Los mercados de especias abrían con el sol: cúrcuma y cardamomo y cosas que Ana no supo nombrar pero que el olfato catalogó como distintas y como importantes, con los vendedores que comenzaban su día con la energía de quienes saben que el tiempo de la mañana es diferente al tiempo del mediodía.

Caminaron sin prisa.

—¿Cuánto tiempo llevas con ellos? —preguntó Ana, mientras cruzaban un puente sobre un canal que reflejaba el cielo del amanecer.

Aman tardó un momento antes de responder, con la pausa de quien busca en la memoria un número que ya hace tiempo dejó de contar con exactitud.

—Con Teótimo, siglos —dijo, con la nostalgia específica de quien lo dice y que en esa palabra sola está toda la historia. Me encontró cuando huía de los cazadores. En un tiempo en que ser bruja del libro y no tener aquelarre era una sentencia, no una elección. Una pausa. Desde entonces me quedé. Pero nunca olvidé a mis hermanas. Sus ojos fueron hacia el horizonte. Somos cuatro: Aire, Agua, Tierra, Fuego. Yo soy Aire.

Ana sonrió.

—Entonces tus poderes...

—Sí.

Aman extendió la mano abierta hacia el espacio entre ellas, con el gesto de alguien que hace algo cotidiano que de todas formas sigue pareciéndole hermoso. Una corriente de viento suave que no existía un momento antes levantó el cabello de Ana con la delicadeza de algo que toca sin insistir, que llega y se va sin reclamar atención.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 29.08.2026

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