El cristal rojo llegó palpitando.
Mayn irrumpió en la sala con él entre las manos con la urgencia de quien ha estado monitoreando algo que no quería que cambiara y que acaba de cambiar. Sus dedos, que siempre tenían esa seguridad específica de quien trabaja con información y que sabe exactamente qué hace con ella, sostenían el cristal con la presión de algo que transmite calor desde adentro.
—Señal de alerta —dijo, con la voz de quien ya ha evaluado lo que ve y que por eso no necesita elaborar la urgencia. Uno de los santuarios fue atacado. El del Cairo, al norte. No responde desde hace una hora.
Teótimo se levantó.
El movimiento fue el de alguien que ha estado sentado esperando que algo ocurriera y que cuando ocurre el cuerpo lo sabe antes de que la mente termine de procesar. Su mano encontró la espada con el automatismo de siglos de hacer ese mismo gesto en los momentos que requerían ese gesto.
—¿Confirmado?
—El cristal no miente —dijo Mayn, colocándolo sobre la superficie de trabajo donde sus instrumentos habituales lo recibieron con la activación automática de los sistemas que ella había construido para exactamente este tipo de señal. Silencio total. No es que no respondan es que el canal no existe. Algo cortó la conexión desde afuera.
El grupo se reunió en el tiempo que tarda la urgencia en convertirse en movimiento colectivo.
Mayn fue hacia el espejo que ocupaba el extremo oeste de la sala de trabajo un marco de piedra negra con la superficie que no reflejaba exactamente sino que tenía una profundidad que los espejos ordinarios no tienen, como si el vidrio fuera más espeso de un lado que del otro.
—Si quieren llegar rápido —dijo, con el tono de quien presenta una opción junto con su precio para que la elección sea informada, podemos usar la puerta espejo.
Ana la miró.
—¿Qué es eso?
—Simple en concepto, complejo en mecánica. Mayn señaló el espejo y luego hizo un gesto hacia algún punto invisible en la distancia. Este espejo está sincronizado con otro en el santuario del Cairo. Entrar por uno significa salir por el otro en cuestión de segundos. Sin viaje, sin tiempo de transporte, sin exposición en el trayecto. Una pausa. El único problema es que es de ida. Una vez que uno entra, no puede volver por ese espejo. El canal funciona en una sola dirección hasta que se reinicia, lo que lleva tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Suficiente para que no sea una opción de regreso útil si la situación requiere velocidad.
Teótimo miró a Mayn.
—Tú te quedas —dijo, con la voz de quien no está dando una orden sino estableciendo el acuerdo que tiene más sentido. Si algo va mal del otro lado, necesitamos a alguien aquí que pueda guiarnos o conseguir ayuda. Eres la que tiene los ojos sobre todo.
Mayn asintió con el asentimiento breve de quien ha llegado a la misma conclusión antes de que se la dijeran.
—Entendido. Se sentó frente a la pantalla con el movimiento de quien vuelve a su lugar natural. Estaré pendiente de todo.
Ana ya estaba recogiendo lo que llevaba.
Teótimo le lanzó una mirada. No de prohibición de evaluación, la de alguien que está calculando las variables de llevarse a alguien que no ha elegido y que si lo lleva es porque el cálculo resulta favorable.
No discutió.
Porque la Invocadora del Aquelarre de la Montaña había invocado a un demonio y a angel en la pocas noches de diferencia como en la calle de Calcuta, y los que habían estado allí para verlo sabían lo que eso significaba en términos de lo que podía cambiar en una batalla.
—Vamos —dijo.
La puerta espejo no tenía el tiempo de los portales ordinarios.
No hubo transición gradual, no hubo el mareo de los medios de transporte mágico que Ana había experimentado antes. Un paso al interior del espejo, la resistencia de una superficie que cedía antes de la presión como algo que ha sido entrenado para eso, y luego el otro lado llegó de golpe con toda su información simultánea.
El calor del Cairo era diferente al calor de Laungewala más seco, más inmediato, el calor de una ciudad que lleva siglos siendo ciudad en una región donde el sol no negocia con nadie. La luz era de una intensidad que los ojos tardaron un instante en aceptar el azul del cielo egipcio a esa hora del día era de una saturación que no tenía equivalente en nada de lo que Ana había visto antes.
Y el olor.
Humo. Y debajo del humo, sangre. Y debajo de la sangre, algo más antiguo que ambos que Ana no sabría nombrar pero que el poder en sus palmas reconoció de inmediato como el rastro de magia oscura ejercida recientemente y con fuerza.
El Santuario de Sobek.
Las piedras negras que lo formaban tenían la antigüedad de algo que precede a la mayoría de las estructuras que el mundo llama antiguas. Las estatuas que guardaban el perímetro estaban cubiertas de guirnaldas de flores marchitas que nadie había reemplazado, lo que decía algo sobre el estado del santuario en las horas previas nadie había tenido tiempo o nadie había quedado para hacerlo.
El silencio era del tipo que uno aprende a distinguir del silencio ordinario no la ausencia de sonido sino la presencia de algo que ha reemplazado al sonido y que tiene su propio peso.
—Demasiado quieto —murmuró Brunno, con la voz del guerrero que ha aprendido que la quietud en un lugar que debería tener sonido es información.
Teótimo desenfundó la espada con el movimiento preciso de siglos de práctica.
—Manteneos atentos. Algo aquí no está bien.
Avanzaron en la formación que los siglos de combate conjunto habían convertido en instinto: Teótimo y Brunno al frente, Cosme cubriendo el ángulo superior, Zain los flancos, Ana en el centro donde sus manos podían alcanzar en cualquier dirección.
El chillido llegó sin anuncio.
No desde una dirección sino desde varias a la vez, con la sincronía de algo que ha esperado el momento correcto y que cuando lo libera lo hace en todas las direcciones disponibles simultáneamente. De las sombras que los ángulos de las piedras negras creaban emergieron cinco figuras.