El aire cambió de calidad en el instante en que la reina avanzó.
No de temperatura exactamente, aunque la temperatura también cambió de calidad, de composición, de algo que el cuerpo registra como diferente antes de que ninguno de los sentidos ordinarios pueda nombrarlo. El aire en el Santuario de Sobek se volvió denso con la densidad específica de los espacios que han recibido a algo que modifica el entorno con su presencia antes de hacer nada con las manos.
Ana sentía el temblor en sus propios músculos. No de miedo exactamente, aunque el miedo también estaba del tipo de vibración que produce la proximidad de un poder que opera en una frecuencia diferente a la ordinaria, que el cuerpo registra como información urgente antes de que la mente decida qué hacer con esa información.
La mujer de los ojos incompatibles avanzó entre los cuerpos de las brujas oscuras que se habían arrodillado al verla, sin mirarlas, con la indiferencia de algo que tiene cosas más interesantes en qué centrar la atención. Recorrió el grupo con esa mirada asimétrica que no necesitaba tiempo para evaluar porque ya había evaluado antes de entrar.
Cuando habló, la voz llegó con la resonancia de algo que no necesita amplificación porque ya tiene en sí misma el volumen de lo que ha hablado durante mucho tiempo en espacios grandes.
—Han matado a mis hijas.
No era acusación. Era el tipo de enunciado que se hace cuando se está informando de un hecho que uno ya conocía y que la situación requiere que sea nombrado en voz alta.
Teótimo dio un paso al frente. Su espada, que había permanecido en alto desde el comienzo del combate, no bajó.
—Si eran tus hijas, ellas atacaron primero. Su voz tuvo la firmeza de alguien que dice una verdad que sabe que no cambiará el resultado pero que de todas formas necesita ser dicha.
La reina sonrió.
Era la sonrisa de algo que tiene el tiempo suficiente para encontrar aceptable la honestidad incluso cuando esa honestidad no sirve a sus intereses.
—Lo sé —dijo.
Alzó el bastón.
El aire chispeó con la electricidad de algo que no es exactamente física sino el equivalente mágico de la electricidad la tensión de un sistema que ha encontrado el desequilibrio que necesitaba para actuar.
—Pero eran mías.
Ana sintió la presión en el pecho en el momento exacto en que la frase terminó. No como ataque sino como campo algo que se instalaba en el espacio entre ella y sus propias palmas, entre la intención de invocar y la posibilidad de hacerlo, ocupando exactamente ese espacio con la eficiencia de algo diseñado específicamente para ocuparlo.
Alzó las manos.
Nada.
—¿Qué pasa? —jadeó, con la voz de quien está procesando algo que no debería ser posible y que de todas formas está ocurriendo. No puedo invocar.
La mujer la miró.
En esa mirada coexistían cosas que no deberían poder coexistir la fascinación y el deseo y el cálculo frío de algo que está evaluando un recurso que quiere para sí. No la mirada de un depredador que quiere consumir sino la de algo que quiere poseer, que es diferente y de cierta manera más inquietante.
—En mi presencia, la magia no funciona. La voz llegó con la calma de algo que no necesita demostrar lo que está diciendo porque la demostración ya ha ocurrido. Yo soy la negación. La oscuridad que devora los conjuros vez mis tatuajes son hechizos una vez fui una bruja historiadora. El silencio entre la intención y el acto.
El grupo retrocedió con el movimiento colectivo de algo que ha recibido información que reordena la situación. Teótimo mantuvo la espada porque la espada no era magia y porque era lo que tenía.
—¿Quién eres? —preguntó Ana.
La mujer dejó que el silencio durara lo que tenía que durar. Luego:
—Soy Kairani. Reina del Aquelarre Oscuro. El bastón de hueso se asentó en el suelo de piedra negra con el sonido de algo que declara una posición. Y he venido por ti, Invocadora. Sus ojos asimétricos la encontraron y no la soltaron. Vales mucho. Más de lo que el Aquelarre de la montaña comprende todavía.
El viento llegó desde ninguna dirección identificable. Las antorchas del santuario se apagaron con la simultaneidad de algo que ha recibido una orden que no podían desobedecer. Un relámpago iluminó el espacio durante el instante que duran los relámpagos: la cara de Ana con su determinación y su miedo coexistiendo, la espada de Teótimo en alto, los vampiros guardianes en sus posiciones con las expresiones de quienes están calculando opciones que se reducen rápidamente.
Kairani clavó el bastón en el suelo.
El templo vibró desde los cimientos.
—Prepárense —susurró Teótimo.
Ana apretó el bolso y sacó las piedras protectoras que había guardado desde los días del Aquelarre de la Montaña, las que Nikau le había enseñado a cargar siempre, que sin poder de invocación eran lo único que le quedaba disponible.
Kairani se movió.
La velocidad no fue la de la magia sino la de algo que ha tenido siglos para perfeccionar el movimiento hasta el punto en que la velocidad y la precisión se vuelven indistinguibles. Brunno no tuvo tiempo de reaccionar: la reina oscura encontró exactamente lo que buscaba con la eficiencia de algo que no necesita pensar el gesto porque el gesto ya está hecho antes de que comience. El guerrero del desierto cayó.
Cosme, desde el ángulo superior, tampoco.
Los dos en cuestión de segundos.
Ana cerró los ojos durante el instante en que los oyó caer, con el sonido que tienen las cosas que caen cuando lo que las sostiene ha dejado de existir. Lo cerró porque necesitaba ese instante y porque el instante fue todo lo que tuvo antes de que el combate la requiriera presente.
Y entonces el suelo se rompió.
No en el sentido del daño estructural: en el sentido de algo que sale desde abajo porque ha decidido que este es el momento y que el suelo es simplemente lo que está entre él y el espacio donde necesita estar. La grieta fue amplia y el sonido que la precedió era el sonido de algo que respira de una manera que la escala humana ordinaria no produce.