La oscuridad no llegó de golpe sino en capas.
Ana la fue perdiendo y recuperando en fragmentos durante un tiempo que no pudo medir porque el tiempo en ese estado no tiene la estructura que uno usa para medirlo. Sonidos que llegaban y se iban. El olor del humo que cedía al de la piedra húmeda. El frío de una superficie contra la mejilla que no era el suelo del templo del Cairo sino otra piedra, diferente, con un frío más profundo que solo tienen los lugares que están a cierta altitud desde hace suficiente tiempo.
Cuando los ojos abrieron del todo, el mundo que recibieron era oscuro.
No la oscuridad del templo de Sobek, que tenía la oscuridad de lo antiguo y lo egipcio. Esta era una oscuridad que había sido elegida: los candelabros que la poblaban ardían con una regularidad que era decorativa antes que funcional, dando al espacio la cantidad exacta de luz para que la oscuridad siguiera siendo la protagonista. El techo alto se perdía en sombras que los candelabros no alcanzaban.
Ana intentó moverse.
Las cadenas no eran de metal.
Eran de algo que tenía la apariencia del tejido y la resistencia del hierro, con hilos entrelazados en patrones que Ana reconoció como simbólicos aunque no pudiera leer exactamente qué decían: símbolos que pulsaban levemente con la luz de los candelabros, que tenían vida de la manera en que tienen vida las cosas donde alguien ha puesto poder y tiempo.
Las paredes.
Cuando la atención encontró las paredes, encontró también lo que las cubrían: imágenes talladas en la piedra o pintadas sobre ella con pigmentos que el tiempo no había podido borrar del todo. Brujas en posiciones que eran rituales y combates y algo entre ambos. Animales que Ana reconoció como criaturas mágicas y algunos que no reconoció porque no los había visto en ninguno de los libros de Melidia. Una historia completa escrita en las paredes de ese espacio por quien hubiera vivido en él antes de que llegaran los que estaban allí ahora.
El sonido llegó antes de que las puertas se abrieran.
Un gemido que no era el de alguien que sufre sino el de algo que produce ese sonido como comunicación, como estado permanente: la bruja de la boca cosida con hilo negro que brillaba levemente, que emitía desde la garganta y los labios sellados ese sonido que el oído procesaba como aviso antes de procesarlo como nada más. A su lado, la de los ojos sellados con algo que tenía la apariencia de párpados pero que no lo eran, que se movía por el espacio con la confianza de algo que no necesita ver para orientarse porque usa otro sentido que el oído no detecta.
Las dos tomaron a Ana por los brazos.
No con brutalidad: con la eficiencia de quien tiene una tarea y la cumple sin añadir nada que la tarea no requiere. La arrastraron con esa eficiencia hacia el corredor, hacia la sala más iluminada cuya luz llegaba desde la entrada como una diferencia de temperatura tanto como de visibilidad.
Kairani las esperaba al otro lado.
Estaba de pie con la postura de siempre la de algo que ocupa el espacio exactamente como decide ocuparlo, sin más ni menos. Sus tatuajes rituales pulsaban con ese resplandor rojo que era más vivo en esta luz que en la oscuridad de donde venían.
—Niña —dijo, con el tono de quien tiene información que considera que será bien recibida—. Te tengo una sorpresa.
Ana la miró.
Y luego vio a la otra.
El vestido era de otra época: el tipo que en los retratos de las cortes europeas de varios siglos atrás ocupaba el ancho de dos personas normales, de un azul que tenía rosado en los pliegues dependiendo de cómo la luz lo encontrara, con la construcción de algo que ha sido hecho para ser visto desde lejos con la misma claridad que desde cerca. La piel de quien lo portaba era de una blancura que excedía la palidez ordinaria de los que evitan el sol: la blancura de algo que ha existido lo suficiente para que el color haya cedido gradualmente hasta ese punto. Las pecas sobre esa piel eran el único detalle que pertenecía a una categoría ordinaria. El cabello rizado de un rojo que tampoco correspondía con ningún rojo natural, el rojo de algo que ha sido ese color durante tanto tiempo que ya no necesita justificarlo.
Y los ojos.
El iris blanco sobre el negro de la pupila producía el efecto de inversión que el ojo humano registra como incorrecto antes de poder nombrar por qué, y el terror que llegaba al mirarlos no era el terror ordinario sino algo más específico: el terror de reconocer que lo que mira de vuelta lleva más tiempo mirando que cualquier cosa que uno haya mirado antes.
Cuando habló, la voz tenía la calidad de algo que ha sido usado durante demasiado tiempo en idiomas que ya no existen: chillona de una manera que no era desagradable exactamente sino antigua, con la resonancia de las voces que preceden al tipo de voz que los siglos posteriores aprendieron a considerar normal.
—Ana, Invocadora. —Las palabras llegaron como si las estuviera probando, como si el nombre tuviera un sabor que quería evaluar antes de continuar—. Ahora trabajarás para mí.
Ana la miró. Luego a Kairani.
—¿Quién eres? —dijo—. Y ni loca trabajaré para ti. Ni para ninguna de las dos. ¿Quién te crees?
Kairani sonrió.
No la sonrisa del logro sino la de quien estaba esperando exactamente esa respuesta y que la encuentra exactamente en el punto donde la esperaba.
—Ella es la diosa de los vampiros —dijo, con la voz de quien presenta algo que le produce satisfacción presentar—. La primera. La madre de todos ellos. Inmortal de una manera que los que vinieron después no lo son: ni el sol puede con ella.
La mujer del vestido azul y rosado giró levemente la cabeza hacia Kairani.
—Cállate, bruja —dijo, con el tono que se usa para cosas que molestan sin merecer más elaboración que eso—. Sabes que no me agradas. Solo estoy aquí por el trato que nos une.
Luego sus ojos de iris blanco volvieron a Ana. Y en ellos, lo que había antes seguía estando: pero ahora también había algo más parecido a la evaluación, a la curiosidad de quien está mirando algo que tiene valor y que está calculando ese valor con la precisión de quien lleva mucho tiempo calculando cosas.