Kasandra la invocadora

Último Recurso

Mientras el Aquelarre se organizaba en la entrada del castillo, el Rey Einar desapareció.

No dramáticamente: con la discreción de quien tiene algo que hacer antes de que el momento llegue y que sabe que ese algo requiere el tiempo que todavía existe y que después ya no existirá. Sus pasos en el corredor de piedra no resonaron con la urgencia de los que corrían hacia sus cuartos o hacia los arsenales: tenían el ritmo deliberado de alguien que camina hacia algo que no puede apresurarse porque la prisa en ese tipo de conversación produce exactamente los resultados contrarios a los que uno busca.

La sala de los espejos.

Era uno de los espacios del castillo que la mayoría de sus habitantes conocían de nombre antes que de vista: una sala oscura de dimensiones considerables, cuyos muros estaban cubiertos de espejos de todos los tamaños, cada uno con un borde diferente en material y forma. Algunos de madera antigua trabajada con relieves, otros de metal oscuro con puntas, uno con borde de piedra verde que parecía vegetar, uno con algo que no era exactamente coral pero que el ojo procesaba como orgánico. Las velas que flotaban en el interior ardían con una llama que respondía a la presencia de quien entraba: se elevaba levemente, se estabilizaba, como si el espacio reconociera al visitante y ajustara la iluminación para él.

El Rey entró.

El eco de sus pasos fue absorbido por la sala antes de que pudiera propagarse.

—Arte mágica: conexión.

Los espejos respondieron en el orden que el hechizo establecía: no todos a la vez sino en la secuencia de las conexiones que habían sido preparadas para este tipo de convocatoria, que era el tipo que no ocurre frecuentemente y que por eso tiene sus propios protocolos.

Varios se iluminaron simultáneamente.

El primero en hablar fue el hombre del espejo cuyo borde tenía la talla de los árboles entrelazados.

Piel oscura cálida, cabello corto con adornos que recorrían el rostro en patrones que tenían la geometría específica de lo que ha sido colocado con significado y no con decoración. Su voz llegaba con la calidad de algo que viaja a través de una distancia considerable y que de todas formas conserva su carácter.

—¿Qué está pasando? Desde el Aquelarre de la Arboleda pudimos sentir esa energía oscura. Llegó hasta aquí, a través del Atlántico, con suficiente intensidad para despertar a los árboles más viejos del bosque.

—Tienes razón, rey Mandlad —dijo el Rey Einar, con el reconocimiento directo de quien no tiene tiempo para los preámbulos pero que tampoco los omite cuando la cortesía tiene función. El clan de las brujas oscuras atacó el Aquelarre de los Andes. El Aquelarre Chiclokal. Tomaron el castillo. Muchas de las brujas que lo habitaban están atrapadas o han caído.

Desde otro espejo, el del borde negro con sus incrustaciones de laca negra, respondió una mujer.

Mayor con la ancianidad específica de quien ha llegado a una edad antigua con los rasgos que el tiempo ha afilado más que suavizado, el cabello corto de quien ha dejado de considerar el cabello como algo que requiere atención. Sus ojos, cuando miraron al Rey Einar a través del espejo, tenían la frialdad de algo que ha evaluado la situación antes de que él terminara de describirla y que ya tiene su respuesta lista.

—¿Y crees que el Aquelarre del Castillo Negro va a mover a sus brujas por eso? —dijo, con el tono de algo que no es pregunta sino declaración con forma de pregunta. Si ellas no pudieron solas con lo que tenían, eso es su problema. No el mío. Que las acaben. El mundo mágico tiene suficiente gente como para que no todos necesitemos ir a cada guerra de cada quien.

El Rey la miró directamente.

—Sé que piensas eso —dijo—. Sé que el clan de Asia no moverá un dedo esta noche. No te lo pido. Una pausa. Solo te informo. Porque lo que se mueve en los Andes no va a quedarse en los Andes, y cuando llegue hasta donde estás, prefiero que hayas tenido información.

La mujer mayor no respondió. Que no respondiera era también una respuesta.

Desde el espejo de borde verde, la mujer del cabello amarillo y el traje blanco con negro inclinó levemente la cabeza antes de hablar.

—No sé si llegaremos a tiempo dado donde estamos —dijo, con la voz de quien evalúa la logística mientras habla y que tiene la honestidad de decir lo que encuentra. Pero el Aquelarre de Salem ayudará en lo que sea necesario. Enviamos brujas médicos y domadoras en cuanto terminemos esta conexión.

—Gracias —dijo el Rey, y en esa palabra estaba el peso real de la gratitud, no el protocolo.

El siguiente espejo tenía un borde que el ojo tardaba en resolver porque no correspondía con ningún material terrestre: algo que era entre cristal y escama, con una iridiscencia que cambiaba con el ángulo de la luz de las velas flotantes. La figura que aparecía en su superficie era humanoide en la estructura general pero con detalles que la escala ordinaria habría descrito como acuáticos: la piel con esa textura, los rasgos con esa proporción, la voz cuando llegó con la resonancia de algo que viene a través de capas de agua antes de llegar al aire.

—El Aquelarre del Maremoto brindará ayuda si es necesario —dijo. Pero hasta el momento observamos. Desde las islas de Oceanía no hemos tenido conflicto directo con las brujas oscuras. No queremos iniciar uno sin razón suficiente.

El Rey asintió aceptando esa posición aunque no la comparta.

—Lo entiendo. —Sus ojos no se apartaron del espejo—. Pero les ruego que esten alertas en los mares. Lo que se invoca en cantidad en tierra no siempre se queda en tierra. Si invocan a Leviatán, los primeros en saberlo serán ustedes. Y en ese momento ya no habrá neutralidad disponible.

El ser acuático no respondió inmediatamente. Luego:

—Estaremos atentos.

El último espejo había permanecido en silencio durante toda la conversación. Su borde era el más sencillo de todos: madera pálida, sin talla, sin ornamento, con la sencillez de algo que no necesita anunciarse porque lo que contiene ya se anuncia solo. La figura que aparecía en él tenía las orejas puntiagudas que Kalem habría reconocido aunque habría tardado un instante en reconocer el clan específico. La piel de una blancura que no era la blancura humana sino la élfica, más fría en su calidad, más permanente. Sus ojos cuando encontraron al Rey tenían la reserva de quien participa en algo que considera que no le concierne y que de todas formas participa porque la alternativa es peor.



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En el texto hay: brujas, escuela de magia, magia acción

Editado: 08.09.2026

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