La oscuridad no tenía textura.
No era la oscuridad de los cuartos cerrados ni la de las catacumbas del castillo ni la de los callejones de Calcuta. Era la oscuridad de la ausencia, del espacio entre un estado y el siguiente, de lo que existe cuando todo lo demás ha dejado de existir por un momento y todavía no ha decidido qué ser a continuación.
Ana tocó su cuerpo.
Las manos respondieron. Los brazos respondieron. No había cadenas, no había bozal, no había la resistencia del pedestal de piedra debajo de los pies. La sensación de libertad fue tan inmediata que el cuerpo tardó un instante en creerla, ese instante que necesita el sistema nervioso para actualizar el mapa de lo que es posible.
Luego la luz.
Llegó de golpe con la violencia específica de la luz que no ha sido anticipada: no el amanecer gradual sino el interruptor que alguien enciende cuando uno ha estado en la oscuridad suficiente tiempo para que los ojos hayan olvidado cómo manejar la información.
Cayó.
Cuando se levantó, el sol le dio en el rostro con el calor específico de un sol que no era el de Groenlandia, un sol de América, con la calidad de la luz que llega a través de copas de árboles muy antiguos, que se divide en haces antes de llegar al suelo y que en cada haz lleva el color verde de lo que ha atravesado.
Un bosque.
Los árboles eran de los que llevan tiempo siendo árboles: con los troncos que tienen el grosor de algo que ha crecido durante mucho tiempo sin que nadie decidiera que debería terminar de crecer, con la corteza que guarda en sus texturas el registro de todas las estaciones que ha sobrevivido. El suelo estaba cubierto de lo que los bosques muy vivos acumulan debajo de sí mismos hojas en capas de distintas edades, musgo sobre las raíces que afloraban, el sonido de algo pequeño moviéndose en la distancia entre los árboles.
Y a un lado, la chica.
Piel canela cálida, el cabello negro que caía con la naturalidad de algo que no ha conocido otro estilo porque no ha necesitado conocerlo. Sus rasgos tenían la especificidad de los rasgos que pertenecen a un lugar y a un tiempo concretos, que no son genéricos sino que llevan en su geometría la historia de muchas generaciones de personas que habitaron el mismo territorio. Era hermosa con la hermosura de las cosas que no se proponen serlo.
Practicaba un hechizo.
Ana lo vio antes de entender exactamente lo que veía las mariposas que surgían de sus manos no eran invocadas con el esfuerzo visible de un conjuro complejo sino con la naturalidad de algo que fluye desde adentro hacia afuera sin necesitar ser forzado. Y los colores todos los colores del arcoíris en alas que capturaban la luz del sol filtrado entre los árboles y la devolvían multiplicada, con ese brillo específico de las cosas que tienen color propio y color prestado al mismo tiempo.
Ana se quedó quieta, mirando.
No porque no supiera qué hacer sino porque lo que miraba era muy bello. Era demasiado hermoso para aproximarse antes de que los ojos hubieran terminado de recibirlo.
La chica la vio.
Bajó los brazos. Las mariposas se dispersaron hacia los árboles con la fluidez de algo que regresa a donde pertenece.
—Hola —dijo, con la voz directa y cálida de quien no concibe otra manera de comenzar una conversación—. Soy Bachué. ¿Y tú eres...?
—Soy Ana.
Bachué la miró con la atención de alguien que mira de verdad, que no está procesando la información de la cortesía mientras mira sino que está mirando realmente.
—Eres bruja también —dijo—. E Invocadora. ¿Tengo razón?
—Sí —dijo Ana, con el asombro de quien confirma algo que la situación hace improbable pero que de todas formas es cierto—. Tomé una poción para ver a las antiguas invocadoras.
Bachué procesó eso con la expresión de alguien que recibe información que le produce algo entre la sorpresa y la aceptación.
—Ah —dijo. Luego sonrió—. Entonces debo estar muerta.
—Sí. Eso creo.
Bachué empezó a reírse.
No la risa de quien minimiza lo grave sino la de quien ha llegado a un lugar con respecto a la propia finitud donde la risa es la respuesta más honesta disponible. Era una risa genuina, con todo el cuerpo, con el calor de algo que no se contiene.
—Cada quien a la época que le toca —dijo, cuando la risa se asentó—. Yo tuve la mía. Tú tienes la tuya.
Caminó hacia Ana con los pasos de alguien que tiene algo que dar y que ha decidido que el momento es ahora. Se detuvo frente a ella. Extendió las manos y las posó en el rostro de Ana con la gentileza de algo que toca lo que considera sagrado: no porque sea frágil sino porque importa.
La miró directamente.
—La vida es hermosa —dijo, con la sencillez de quien dice algo que ha verificado durante toda su existencia. El mundo que nos rodea es hermoso. Los ríos y los bosques y las criaturas y las personas que los habitan. Estamos aquí para preservar eso. No para conquistarlo ni para controlarlo: para que siga siendo lo que es.
Hizo una pausa.
—Eso es todo lo que te puedo decir.
La oscuridad llegó antes de que Ana pudiera responder.
Rápida con la rapidez de los cambios que no piden permiso, y luego Ana estaba de rodillas sobre otro suelo.
Árido este. Con la aridez de los lugares que el sol ha calentado durante tanto tiempo que la tierra ha dejado de sorprenderse con él. Árboles derribados, con las raíces expuestas al aire como algo que ha sido arrancado de donde pertenecía con la violencia de algo mucho más grande que un árbol.
Bachué estaba a su lado.
Pero esta Bachué era diferente a la del bosque. No en los rasgos, no en la voz que todavía era la misma: en el estado. La herida en el abdomen sangraba, con la sangre que había formado sobre el tejido del traje una mancha que seguía expandiéndose. El cuerpo sostenía la posición de pie con el esfuerzo visible de quien tiene que decidir conscientemente cada segundo seguir sosteniéndola.