Esta vez el llanto duró menos.
No porque el dolor fuera menor: porque Ana había aprendido algo en las visiones anteriores que el cuerpo estaba aplicando antes de que la mente lo formulara como lección. Las que habían venido antes que ella habían llorado también, probablemente, en los momentos que la poción no le había mostrado. Y luego habían continuado. No porque el dolor hubiera cedido sino porque había algo que hacer que era más urgente que esperar a que cediera.
Varios minutos en la oscuridad. Las rodillas sobre el suelo frío. Las lágrimas que terminaron solas.
Y luego la luz, y una voz.
—¿Estás bien?
La chica tenía el tipo de presencia que llena los espacios sin ocuparlos: el cabello negro muy largo que caía en línea recta hasta la cintura con la perfecta verticalidad de algo que ha encontrado su forma y que se mantiene en ella sin esfuerzo, los rasgos asiáticos con la precisión de alguien joven que todavía está descubriendo la versión definitiva de su propio rostro. El kimono que llevaba tenía flores bordadas con el tipo de bordado que requiere tiempo y la clase de atención que el tiempo requiere para producirse: pétalos que tenían en el hilo el color que habrían tenido en la vida real, con la textura de algo que ha sido trabajado con amor hacia el detalle.
—Estoy bien —dijo Ana.
Y lo estaba, en la medida en que estar bien era posible.
—Me llamo Tomoe —dijo la chica, con la sencillez de quien hace las presentaciones como el primer paso natural de cualquier encuentro. Este es mi primer año como Invocadora.
Se sentó junto a Ana con la postura de alguien que no tiene prisa, que ha decidido que este momento merece ser habitado en lugar de atravesado.
—Mi hermana es la reina del Aquelarre —continuó. Así que la presión es considerable. Lo dijo sin amargura como información, como el dato que establece el contexto de lo demás. Entreno cada día. Me exijo exactamente lo que se necesita para ser exactamente lo que debo ser. Una pausa. La magia es un arte. Usamos nuestra energía para cambiar lo que el mundo necesita que sea cambiado.
Mientras lo decía, algo recorrió su mano. No un hechizo elaborado sino algo más cotidiano la energía de alguien que piensa en lo que ama mientras lo menciona.
—Arte mágica: invocación, dragón de bonsái.
Lo que surgió del espacio frente a ellas no tenía la escala de los dragones que Ana habría imaginado era pequeño, perfectamente formado, con el cuerpo que combinaba la estructura del dragón y la textura del árbol bonsái, las escamas con el color específico del musgo sobre la piedra, las alas que al extenderse tenían la transparencia de las hojas jóvenes cuando la luz las atraviesa. Ascendió hacia el cielo con la ligereza de algo que pertenece al aire tanto como pertenece a la tierra.
Ana lo siguió con los ojos hasta que se hizo demasiado pequeño para seguirlo.
—Confía en tu familia —dijo Tomoe, mientras el dragón desaparecía. Y en ti misma. El resto se construye sobre esas dos cosas.
El escenario cambió antes de que Ana pudiera responder.
No con la oscuridad completa de las transiciones anteriores sino con el gris: el color específico de los momentos que están entre lo que era y lo que viene. Y cuando el gris se resolvió en imagen, Ana estaba sentada en una tarima junto a figuras que no reconoció individualmente pero que reconoció como el tipo de personas que uno encuentra en los lugares donde las cosas importantes se deciden.
Magos y brujas. Muchos. Con la postura de quienes han venido a ver algo que esperaban ver desde hace tiempo.
Y en el centro del espacio, Tomoe.
Ya no llevaba el kimono de flores: la ropa de guerrero era austera y funcional, con el tipo de practicidad que descarta todo lo que no sirve para lo que viene. La catana en la mano derecha. En la izquierda, pergaminos que sostuvo durante el instante antes de soltarlos, porque cuando llegó el momento ya no había nada que consultar, ya sabía lo que necesitaba saber.
Los pergaminos cayeron al suelo.
Y de todos los ángulos del espacio, criaturas.
Yokai de formas que el mundo humano había catalogado durante siglos en historias que los niños escuchaban antes de dormir y que los adultos guardaban en el lugar donde se guardan las cosas que son demasiado grandes para descartarse pero demasiado inquietantes para examinarse directamente. Cada uno con su propia lógica, su propio tipo de peligro, su propia manera de existir en el espacio entre lo que se ve y lo que se presiente.
Muchos.
Una mujer alta se acercó a Tomoe desde los que estaban en la tarima. Hermosa con la hermosura de alguien que comparte rasgos con Tomoe pero que ha llegado a una versión diferente de los mismos elementos más dura en los ángulos, con la autoridad de quien lleva más tiempo siendo lo que es.
—Invoca al mejor —dijo, con la urgencia de quien ve el número y calcula el tiempo. Acaba con todos esos Yokai de una vez.
Ana se levantó.
Corrió.
Podía moverse pero lo que su movimiento podía cambiar tenía límites que la urgencia no alteraba.
—¡Tomoe! —gritó—. ¡No lo hagas!
Tomoe se giró.
La vio. Y en la manera en que la vio, Ana entendió que Tomoe sabía que ella estaba allí, que había sabido desde el comienzo, que la presencia de Ana en esta visión era parte de algo que Tomoe había aceptado antes de que comenzara.
Se puso firme con la postura de algo que ha tomado una decisión que no admite reconsideración no porque la reconsideración esté prohibida sino porque ya ha sido hecha y el resultado es este.
—Seré perfecta hasta el final —dijo—. Seré la mejor versión de lo que soy. Y salvaré a mi familia. Hizo una pausa breve. Esa es mi razón. Encuentra la tuya. Y cuando la encuentres, podrás dar todo de ti sin que te lo pidan dos veces.
Miró al espacio donde los Yokai seguían llegando.
—Arte mágica: Sombrero, ven.
Ana cerró los ojos.