La batalla no se detuvo.
Pero por un instante, para algunos, fue como si lo hubiera hecho.
No para todos: para los que tenían la sintonía específica de quien ha estado suficiente tiempo cerca de alguien para que la pérdida de esa persona llegue de otra manera que las pérdidas ordinarias. No como información sino como cambio en el peso del mundo, como si el mundo hubiera ajustado su masa en el instante exacto y el cuerpo lo notara antes de que la mente pudiera nombrarlo.
Melidia peleaba con dos demonios a la vez.
Delgados, de forma negra que el ojo procesaba como ausencia más que como presencia, con las lenguas que usaban como látigo con la velocidad de algo que ha encontrado en ese movimiento su manera más eficiente de atacar, escupiendo espinas que el aire convertía en proyectiles con trayectorias que requerían atención constante para ser evitadas. Melidia los paralizaba en secuencia, el uno mientras atendía al otro, con los pergaminos que flotaban a su alrededor respondiendo a los gestos de sus manos con la precisión de un sistema que lleva tiempo siendo practicado.
Y entonces se detuvo.
No porque los demonios se lo permitieran. Porque algo llegó que no pidió permiso para llegar.
Las lágrimas brotaron sin que ella las buscara, con la velocidad de las cosas que el cuerpo ha estado conteniendo sin saberlo y que encuentran el instante en que la contención no puede continuar.
Uno de los demonios aprovechó el instante.
Melidia lo miró. Y en sus ojos, a través de las lágrimas, llegó algo diferente al dolor: la decisión. La misma que había tomado Thyra. La misma que habían tomado todas las que en este campo y en este castillo habían seguido después de recibir lo que no debería poder recibirse y seguir.
Los pergaminos respondieron antes de que ella hablara.
Los dos demonios desaparecieron en el tiempo que tarda un parpadeo en completarse.
Melidia se limpió la cara con el dorso de la mano. Y siguió.
En las escaleras de piedra del interior del castillo, Yerico se detuvo en seco.
Las gemelas, que iban delante de él, lo sintieron sin necesitar girarse: la Buscadora que rastrea siente las pausas de lo que está detrás de ella con la misma claridad con que siente lo que está adelante. Cuando se giraron, las lágrimas ya estaban en las caras de las dos, simultáneas como todo lo que hacían.
Nadie dijo nada durante el instante que duró el instante.
Luego las gemelas se giraron de nuevo. Y corrieron más rápido.
Nikau estaba al frente del grupo de guerreros cuando soltó la espada.
El sonido del acero contra la piedra del suelo fue breve y definitivo, y el guerrero que estaba a su lado comenzó a cubrirle el flanco antes de que Nikau terminara de procesar lo que había ocurrido, con el instinto de la cobertura que se practica hasta que el cuerpo lo hace solo.
Nikau permaneció quieto durante el tiempo que duraron los segundos.
Luego se agachó. Recogió la espada. Se incorporó.
Y avanzó con más fuerza de la que había tenido antes, que era la forma específica en que el dolor que no puede irse todavía se convierte en movimiento cuando el movimiento es lo que la situación requiere.
Ravi apretó la esfera.
No con la presión del hechizo sino con la presión de las manos que necesitan sostener algo cuando lo que contienen no cabe de otra manera. El azul del interior de la esfera respondió a su contacto con el calor específico de los objetos que llevan mucho tiempo perteneciendo a alguien y que conocen su temperatura.
Las lágrimas cayeron sobre el cristal.
Ravi las miró durante el instante que necesitó mirarlas.
—Arte mágica. proyección de cristal.
De la esfera brotaron cristales. No los cristales decorativos ni los de los hechizos de visión: cristales con la dureza y la velocidad y la trayectoria de algo que ha sido lanzado con toda la energía que uno tiene disponible cuando lo que uno tiene disponible es más de lo que la situación ordinaria requiere porque el dolor que no puede irse todavía lo ha añadido a lo que había.
Los demonios cercanos aprendieron rápidamente que esta no era la misma distancia segura que había existido momentos antes.
Machati, en el Aquelarre de la Montaña, levantó la cabeza.
El castillo estaba en la quietud de los lugares que se han vaciado de la mayoría de su gente para un propósito. Las pocas personas que habían quedado para mantener las funciones esenciales se movían con la seriedad de quien sabe lo que está ocurriendo lejos y que no puede ir pero que de todas formas no puede pretender que todo es ordinario.
La gata negra miró el cielo con los ojos que habían visto dos siglos de cosas desde el incendio en la plaza de Gravenfort.
Y supo.
No con el conocimiento de las palabras sino con el que viene antes, el que existe en la capa anterior al lenguaje y que en las criaturas que han vivido mucho tiempo se vuelve más preciso que cualquier información que llegue por los canales ordinarios.
Cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
Y continuó mirando el cielo con la quietud de alguien que está guardando algo que no puede soltarse todavía.
Kasandra corría.
Lanzando hechizos en movimiento con la precisión de algo que el cuerpo hace mientras la mente está en otro lugar, pensando en Ana, calculando la distancia entre donde estaba y donde necesitaba estar. El campo de batalla se extendía a su alrededor con todo lo que era: el sonido de las espadas y los conjuros y las criaturas, el olor del ozono de la magia activa mezclado con el humo que seguía saliendo del castillo, la luz discontinua de los hechizos que se lanzaban y se recibían y se respondían en todas las direcciones.
Y entonces lo sintió.
Se detuvo.
No fue pensamiento: fue lo que es antes del pensamiento, el conocimiento que llega por el canal que existe entre personas que han estado suficiente tiempo juntas para que ese canal sea más directo que cualquier otro.