El demonio llegó como llegaban los que tenían algo que decir además de combatir: con la intención de las dos cosas simultáneamente, el ataque y la palabra, porque había aprendido que la palabra a veces es el ataque más eficiente.
Kalem lo vio cuando el impacto ya había ocurrido: el empujón que lo desplazó varios metros sobre el suelo de piedra del campo de batalla antes de que pudiera convertir el movimiento en algo controlado. Se incorporó con la velocidad que los meses junto a Oboro habían instalado en su cuerpo como respuesta automática, y encontró al demonio esperándolo.
Las orejas.
Puntiagudas, con la geometría élfica que Kalem conocía no de los libros sino de la memoria de su propia cara en el espejo, de la cara de su madre, de los rasgos que el clan de Vrendel había considerado un error en él y que en este demonio existían como algo apropiado, integrado en la oscuridad de un cuerpo que ya no tenía nada de ordinario.
Los pies eran pura oscuridad, sin la definición de los pies que tocan el suelo: simplemente el lugar donde el cuerpo del demonio se resolvía en el contacto con la tierra, como si el demonio y el suelo hubieran llegado a un acuerdo sobre los bordes que preferían no establecer.
Kalem lanzó las flechas de energía con la rapidez de quien no espera resultados definitivos sino comprar tiempo para la evaluación. El demonio las evitó con la facilidad de algo que ha aprendido exactamente ese movimiento porque ha anticipado exactamente ese ataque.
—No pensé que vería a un semi elfo aquí —dijo el demonio, con el tono de quien ha encontrado algo que le produce genuino interés. Tienes un poder hermoso.
Saltó.
Aterrizó sobre Kalem con el peso de algo que sabe exactamente dónde colocarse para ser más difícil de mover, mirándolo desde esa posición con los ojos que tenían en ellos la calidad específica de la oscuridad que ha elegido conocerse a sí misma.
—¿No quieres unirte a mí? —dijo, con la voz de quien hace una oferta que considera genuinamente atractiva—. Puedo darte más de lo que tienes. Puedo darte el poder que haría que el clan que te dejó atrás no pudiera ignorarte más. Una pausa. Llevas demasiado tiempo siendo solo la mitad de lo que deberías ser. Yo puedo darte la otra mitad.
Kalem sintió el peso del demonio. Sintió también el peso de las palabras, que era diferente y más difícil de gestionar que el físico, porque el peso de las palabras que señalan algo real no se levanta de la misma manera.
El río. Las mañanas con Oboro. Un día, y ese día está más cerca de lo que crees, serás un gran guerrero.
Las lanzas de luz surgieron de las manos de Kalem no con la urgencia del ataque desesperado sino con la claridad de algo que ha encontrado su dirección. El demonio se dispersó con el movimiento de algo que ha sido encontrado en el punto correcto, que es diferente de ser encontrado en cualquier punto.
Kalem se puso de pie.
Y en el espacio donde el demonio había estado y donde todavía estaba reagrupándose, mirándolo con la daga negra que había sacado de algún lugar de su propio cuerpo pasándole la lengua con la calma de algo que no tiene prisa:
—Eres hermoso —dijo el demonio—. Los que tenemos sangre de elfo vemos el mundo diferente. Merecemos más que lo que el mundo ordinario ofrece.
Se lanzó.
El fuego llegó antes de que llegara el demonio.
Oboro se había movido desde el flanco con la velocidad que tiene la magia cuando quien la lanza lleva tiempo preparado para el momento exacto y que cuando llega no necesita prepararse porque la preparación ya ocurrió. El fuego que salió de su varita no era el fuego ordinario del elemento sino el que une el calor con la intención, que es diferente y más específico.
Envolvió al demonio.
—Arte mágica: hielo.
El fuego se congeló.
No de manera gradual sino de manera completa: el calor atrapado en la estructura cristalina del hielo con el sonido específico de la transformación de estado a alta velocidad, y luego la fragmentación, los pedazos del fuego hielo dispersándose sobre el campo con el sonido de algo que ha sido resuelto.
Oboro levantó a Kalem.
No con el gesto del rescate sino con el de quien pone en pie a alguien que puede estar de pie y que simplemente necesita el impulso del momento correcto.
—Nunca confíes en un demonio —dijo, con la voz que usaba cuando decía las cosas que no eran nuevas pero que el momento requería que fueran dichas de todas formas. Sea como sean. Sea lo que te ofrezcan.
Kalem la miró.
—Lo sé —dijo.
Y siguieron.
En la sala interior del castillo, Ana miraba a Raquel.
La diosa de los vampiros sonreía con la sonrisa de algo que no tiene urgencia porque no tiene límite de tiempo. Sus ojos de iris blanco sobre el negro recorrían a Ana con la evaluación de quien espera ver qué hace alguien cuando los recursos ordinarios han sido eliminados.
—Quiero ver qué vas a hacer —dijo, con el tono de quien asiste a algo entretenido. ¿Me vas a atar otra vez? ¿O vas a invocar a quien las dos sabemos que invocas cuando necesitas el poder real? Una pausa. Aunque te recuerdo algo, pequeña Invocadora. Soy una diosa. Nací siendo esto. Existiré siendo esto cuando todo lo que conoces haya desaparecido.
Ana la escuchó.
Pensó en el campo de batalla afuera: el Aquelarre de la Montaña, que había cruzado el mundo para llegar hasta aquí, que estaba peleando contra el número de demonios que Kairani había acumulado con semanas de preparación. Kasandra y Thyra y Yerico y las gemelas y Nikau y Ravi y Melidia y Kalem y todos los demás, afuera, necesitando que eso cambiara.
Pensó en Bachué diciéndole que estaban aquí para preservar. En Ibina diciendo el nombre de Einar. En Tomoe diciendo encuentra tu razón. En Alisham diciendo eres más fuerte que todos ellos.
Y pensó en lo que había calculado en la sala oscura después de las visiones: que el Sombrero no era el único camino, que había otras invocaciones disponibles, que el poder de una Invocadora no era solo el de lo oscuro que podía traer sino también el de lo que existía en el otro extremo de la escala de lo que puede ser convocado.