Minutos antes de que Yerico y las gemelas llegaran a la sala central.
Ana rodeaba a Raquel.
No en círculos iguales: en la trayectoria específica de alguien que está calculando mientras se mueve, que usa el movimiento para ganar tiempo y el tiempo para construir lo que viene después. La diosa la seguía con los ojos de iris blanco con la calma de algo que no tiene urgencia porque no tiene límite de tiempo.
—Creo que probaré tu sangre —dijo Raquel, con el tono de quien anuncia algo que considera placentero antes que necesario—. Dicen que la sangre de bruja es exquisita. Una rareza que pocas veces se presenta.
Ana siguió moviéndose.
Pensaba en los libros. En Melidia explicando con entusiasmo los sistemas de clasificación de las criaturas de distintos planos. En el libro de demonología que la biblioteca había intentado ocultarle y que de todas formas había acabado en sus manos. En los meses de lectura en los que había guardado información sin saber exactamente para qué serviría, con la fe de quien aprende porque aprender es lo que corresponde hacer y confía en que el momento en que el conocimiento sea útil llegará.
Había llegado.
Sonrió.
—Arte mágica: Grigori, ven.
El humo que llegó tenía el color específico de los demonios que existen en la categoría de los que saben cosas en lugar de los que hacen cosas, que es una distinción que los libros de Melidia habían explicado con la precisión de quien ama las taxonomías. El demonio que emergió del humo era joven en su apariencia de la misma manera que las cosas antiguas a veces se presentan como jóvenes: los cuernos grandes que no correspondían con el resto de la escala del cuerpo, el báculo en la mano con la gema dorada en la punta que pulsaba con la luz de algo que guarda energía para cuando sea necesaria.
Grigori miró a Ana. Miró a Raquel.
Su expresión, si podía llamarse así, tenía en ella la sorpresa que producen las situaciones que no corresponden con ninguna categoría familiar.
—Usa tus poderes —dijo Ana, con la voz directa de alguien que no tiene tiempo para los protocolos—. Envíanos a la ubicación del Sombrero. Ahora.
Grigori levantó el báculo.
Raquel abrió la boca.
El báculo descendió antes de que Raquel pudiera pronunciar lo que iba a pronunciar.
—Ambruc.
Dos segundos de oscuridad.
Y luego: otro lugar.
Las paredes eran de piedra antigua con el tipo de antigüedad que no se mide en siglos sino en la escala que existe antes de que los siglos tuvieran nombre. Los cuadros que cubrían esas paredes eran grandes, con marcos que tenían la misma antigüedad que las paredes, y en su interior pinturas que no eran de los géneros ordinarios: batallas que no correspondían con ninguna era histórica, campos con animales que no pertenecían a ninguna especie clasificada, y en los bordes de todo, sombras que el pintor había colocado con demasiada precisión para que fueran solo técnica.
Raquel miró el espacio a su alrededor.
Caminó un paso. Luego se detuvo.
—¿A dónde nos trajiste? —dijo, con la voz que ya no tenía la calma de antes sino algo más parecido a la evaluación activa de un peligro que no había calculado—. Eres una idiota, bruja. Debo matarte ya.
—Ya que no puedo llamarlo —dijo Ana—, te traje a él.
Raquel la miró.
Y Ana vio el instante exacto en que la diosa de los vampiros entendió lo que Ana había hecho: el momento en que el cálculo se completa y el resultado no es el que uno esperaba. En los ojos de iris blanco, algo que en una cara que llevaba milenios siendo lo que era no debería existir pero que existía de todas formas porque ciertas situaciones producen ciertas reacciones independientemente de la antigüedad del sistema que las experimenta.
—Recuerda —dijo Raquel, con la firmeza de algo que se aferra a lo que sabe—. No puedo morir. Soy una deidad. El concepto de mi fin no existe en ningún idioma que este mundo haya aprendido a hablar.
De las profundidades del espacio entre los cuadros, donde la luz de la guarida no llegaba completamente, una figura comenzó a moverse.
Lenta.
Con la lentitud de algo que sabe que su llegada es inevitable y que por eso no tiene prisa para llegar.
El Sombrero.
La misma figura que Ana había visto en las visiones: el negro absoluto que el ojo no podía resolver en detalles porque los detalles eran todos de ese negro, el sombrero que era parte de lo que era, los ojos largos y blancos con sus cuencas múltiples que en esta distancia producían el efecto que Ana había aprendido a esperar y que de todas formas no podía prepararse completamente para recibir.
Se detuvo frente a las dos.
—Bienvenida, su alteza. —La voz tenía en ella varias capas, como si varias cosas hablaran al mismo tiempo desde la misma fuente—. Diosa de la sangre. —Luego los ojos encontraron a Ana—. E Invocadora. Gusto volver a verte.
Ana retrocedió un paso. No de miedo exactamente: del instinto de quien reconoce algo y que el reconocimiento activa el espacio correcto entre uno mismo y lo reconocido.
Raquel miró al Sombrero con la evaluación de algo que no reconoce la amenaza todavía porque no ha encontrado en su historia reciente la referencia que le permitiría reconocerla.
—¿Este es el que crees que puede matarme? —dijo, con la incredulidad de algo que ha sobrevivido demasiado para que esto le parezca plausible—. Ya te lo dije, niña. Soy una diosa. Nunca he sufrido dolor. No conozco ese concepto. Soy una deidad, y las deidades no tienen fin.
El Sombrero empezó a reírse.
El sonido era el de varias risas superpuestas en la misma frecuencia, que el oído procesaba como una sola pero que tenía en ella la complejidad de algo que ha acumulado demasiado tiempo para que una sola voz pueda contenerlo.
Raquel giró hacia él.
Las flechas de sangre que salieron de su cuerpo no fueron el resultado de un conjuro: fueron su naturaleza expresándose como ataque con la velocidad de algo que lleva milenios siendo lo que es y que por eso lo hace sin esfuerzo visible. La sangre que formaba las flechas no era roja ordinaria sino del color específico de la sangre de algo muy antiguo: más oscura, más densa, con una calidad que el ojo procesaba como más real que la sangre ordinaria.