El diario seguía en el suelo del cuarto de Estocolmo, exactamente donde el polvo de los meses lo había dejado.
Ana lo tomó.
La tapa tenía esa textura específica de los cuadernos que han sido tocados muchas veces por las mismas manos en un período corto de tiempo y luego abandonados de golpe: el desgaste de los bordes que dice más sobre la intensidad de un período de uso que sobre su duración. Lo abrió en la última página escrita.
Hoy viernes Stiven me miró y me saludó. Creo que le gustó. Mañana voy a hablarle.
Ana se rio.
No con la risa de quien encuentra algo gracioso exactamente, sino con la de quien reconoce a alguien que fue y que ya no es del todo, con la ternura específica que se tiene hacia las versiones más jóvenes de uno mismo cuando el tiempo y la distancia han dado suficiente perspectiva para mirarlas sin vergüenza. Una vida que había existido en paralelo a la que vivía ahora, con preocupaciones que en su momento habían sido el centro completo del universo y que ahora ocupaban el espacio pequeño y dulce de lo que ya pasó.
En el Aquelarre Chiclokal, el Rey Einar ya tenía la situación bajo control.
Las médicos terminaban de atender a los heridos con la eficiencia metódica que sigue a toda batalla: clasificando, tratando, dejando descansar a los que podían descansar. Una bruja con una herida vendada en el brazo se acercó al Rey con el paso de alguien que ha decidido asumir una responsabilidad antes de que se la asignen.
—Soy Maria —dijo—. Segunda al mando. Bruja del deseo. Fui la mano derecha de la reina que murió. Una pausa breve, con el peso justo. Voy a tomar el control del Aquelarre Chiclokal.
El Rey la miró con la evaluación de quien reconoce en alguien la capacidad de liderazgo en el momento exacto en que esa capacidad se necesita demostrar.
—Gracias —dijo—. ¿Ya llamaste a las brujas de tu Aquelarre que están repartidas por el mundo?
—Ya está hecho. Llegan en pocos días.
Kasandra estaba sentada un poco más allá, en uno de los muros bajos del patio, con la tristeza que no tenía espacio para procesarse completamente todavía porque encima de ella estaba la pregunta sin respuesta: dónde estaba Ana, si estaba bien, si volvería a encontrarla.
Esa noche, de regreso en el Aquelarre de la Montaña, rindieron homenaje a los caídos.
Una conmemoración en uno de los pasillos del castillo: nueve cuadros colocados con el cuidado de quien sabe que esa pared va a ser visitada durante generaciones. Thyra primero, con su retrato pintado en las horas que siguieron a su muerte por una de las maestras con habilidad para ese arte, capturando algo de su expresión que era a la vez seria y cálida, la combinación específica que la había hecho ser quien era. Después de ella, cuatro brujos guerreros. Una bruja de pociones. Dos brujas domadoras. Un brujo médium.
Nueve nombres que el Aquelarre llevaría consigo de ahora en adelante.
En Estocolmo, Ana sintió la energía antes de escuchar nada.
La reconoció de inmediato: la misma presencia que había sentido en la ceremonia de la luna llena, meses atrás, cuando todavía estaba aprendiendo qué significaba ser quien era.
La puerta del cuarto se abrió.
La Gran Madre entró con todo el cuerpo cubierto de vegetación viva, el cabello moviéndose con una vida propia que no respondía a ningún viento del cuarto cerrado. Se sentó junto a Ana en el borde de la cama con la naturalidad de quien ha hecho ese gesto incontables veces a lo largo de los siglos.
—Hola, hija mía.
Ana, con el susto todavía instalado en el cuerpo, dijo lo primero que llegó:
—¿Te invoqué?
—No —dijo la Madre, con una calidez que disolvía cualquier formalidad—. Vine porque necesitaba hablarte.
Ana escuchó.
—Hoy perdí a una de mis hijas —dijo la Madre, con la voz de quien dice algo que ha aceptado pero que el aceptarlo no quita peso a lo que significa. Tuve que dejarla ir. Raquel era hermosa. Siempre fue perspicaz en su arte. Tenía a los vampiros del mundo bajo un control que pocas figuras de su tipo logran sostener durante tanto tiempo.
Ana se levantó, con la culpa llegando antes de que pudiera procesarla del todo.
—Me disculpo —dijo—. No sabía que ella era tu hija.
—Tranquila —dijo la Madre—. Todos son mis hijos. Pero los dioses primordiales nacieron de mí de una manera diferente a la que dieron origen a las brujas y a los seres mortales. Así como yo nací de mi madre, la oscuridad, y de mi padre, el sol.
Sacó una figura de madera. Tenía la forma de Ana, tallada con un detalle que sugería que había sido hecha con cuidado y con tiempo, no apresuradamente.
—Tengo un trabajo para ti —dijo—. Y necesito, urgentemente, que me ayudes con él.
Ana se arrodilló frente a ella.
—Dígame en qué la ayudo.
—Necesito que vayas y ordenes un territorio que se quedó sin líder —dijo la Madre—. Que pongas todo en orden en esa zona.
—¿Y qué pasará con mi vida aquí?
La Madre sonrió, colocando la figura de madera en la mano de Ana.
—Te di una oportunidad y la tomaste —dijo—. Te enfrentaste a lo más oscuro y a la divinidad misma sin que el miedo te detuviera. Hoy vendrás conmigo. No te preocupes por tu familia: yo hablaré con ellos. Y después de un tiempo, podrás volver y estar con ellos de nuevo.
De debajo del suelo del cuarto de Estocolmo emergieron raíces que envolvieron a las dos.
Y desaparecieron.
Esa misma noche, en la cabaña fuera del castillo de la Montaña, los compañeros de Ana estaban reunidos. Cada uno a su manera, recordando a Thyra: Melidia con un libro abierto que no leía. Yerico mirando el fuego de la chimenea con Machati enroscada a su lado. Las gemelas en silencio, algo raro para ellas. Ravi y Nikau conversando en voz baja.
La Gran Madre apareció.
Melidia, al verla, dejó caer el libro que tenía en las manos. Todos se levantaron. Yerico, con la energía nerviosa de quien quiere preguntar algo y no encuentra cómo empezar.