La primera sensación del día no fue el canto de los pájaros ni el aroma del pan fresco que solía flotar desde la plaza central.
Fue un golpe seco contra la madera.
¡Toc!
Máximo no se movió. Hundió la cara todavía más entre la almohada desgastada, buscando el último rastro de calor de las mantas. Sabía perfectamente quién estaba al otro lado de la puerta. Sabía también lo que significaba ese ritmo exacto de golpeteo.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
—Cinco segundos... —gruñó hacia el colchón—. Solo cinco malditos segundos más.
¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!
El marco de la puerta vibró. El vecino de al lado jamás golpeaba con tanta insistencia a menos que su propia incompetencia o la gravedad de los años lo hubieran metido en un problema. Con un suspiro que pareció arrancar desde la planta de sus pies, Máximo abrió lentamente los ojos.
El techo de madera de su habitación seguía exactamente igual que el día anterior. Las vigas torcidas por la humedad, las pequeñas grietas que formaban mapas imaginarios y esa mancha oscura cerca de la ventana que prometía goteras para la próxima temporada de lluvias. Todo estaba en su sitio.
—Qué fastidio —murmuró, incorporándose despacio.
Se rascó el cabello revuelto y caminó descalzo sobre el suelo frío. Cuando tiró del picaporte, la luz pálida de la mañana lo obligó a entrecerrar los ojos.
Frente a él, el anciano Hernán sostenía dos sacos de harina que claramente sobrepasaban las capacidades de su columna vertebral. Tenía los brazos tensos y el rostro enrojecido por el esfuerzo, pero aun así, al ver abrirse la puerta, forzó una sonrisa cansada que dejaba ver la mitad de sus dientes.
—Sabía que seguirías aquí —dijo el viejo, acomodándose la carga con un quejido sordo.
Máximo desvió la vista hacia la calle vacía. Bostezó sin molestarse en ocultar su desgana y se apoyó contra el marco.
—No tengo otro lugar donde estar.
No hubo un "buenos días". Tampoco un "claro, déjame ayudarte". Máximo simplemente extendió los brazos y, de un tirón firme, le quitó el saco más pesado de los hombros al anciano. Si ese viejo intentaba levantar eso solo hasta la panadería, mañana no iba a poder ni levantarse de la cama, y tener que cargar al viejo además de la harina sería el doble de molesto. Mientras sopesaba el saco, Máximo arqueó una ceja.
—Ahora me debe un desayuno, don Hernán.
El viejo soltó una carcajada asmática, aliviado por la ligereza repentina en su espalda, y comenzó a caminar. Máximo lo siguió un paso por detrás, con el saco apoyado en el hombro, arrastrando los pies como si arrastrara el peso del mundo entero.
Mientras avanzaban por las calles de piedra, el pueblo despertaba con la misma parsimonia de los últimos diez años. Una mujer barría las hojas secas de la entrada de su casa con un ritmo monótono. Un perro dormitaba bajo un árbol, ajeno a cualquier preocupación humana. Todo era pequeño, tranquilo y predecible. Exactamente igual que ayer. Y probablemente igual que mañana.
No habían dado veinte pasos cuando una voz aguda cortó el aire desde el otro lado del camino.
—¡Máximo!
La señora Elena agitaba una mano desde su porche, señalando con la otra hacia la esquina de su tejado, donde una viga desalineada amenazaba con venirse abajo.
—¿Podrías revisar el tejado cuando termines con eso? ¡El viento de anoche hizo un desastre!
Máximo ni siquiera se detuvo. Mantuvo la vista al frente, fijada en la nuca calva de Hernán, pero levantó la mano libre en un gesto seco de asentimiento.
—Veré qué puedo hacer —respondió con voz monótona.
—¡Gracias, muchacho!
Máximo resopló entre dientes. Curioso. Cada vez que alguien pronunciaba su nombre en este lugar, nunca era para preguntarle cómo estaba o si había dormido bien. Siempre era el preludio de un favor. ¿Tienes un momento? ¿Podrías venir? ¿Me ayudas con esto? Y lo peor de todo no era la insistencia de los vecinos; lo peor era que él siempre terminaba diciendo que sí. No por amabilidad, ni por un sentido heroico del deber. Simplemente detestaba el ruido que hacían las quejas si se negaba. Era más rápido solucionar el problema y volver al silencio.
Cuando dejaron la harina en la panadería, el aire ya olía a masa horneada. Hernán se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y extendió una mano temblorosa hacia el hombro de Máximo.
—Sabía que podía contar contigo, hijo. Siempre se puede.
—No se acostumbre —replicó Máximo, dándose la vuelta antes de que el anciano pudiera ponerse sentimental—. Sigo esperando ese desayuno.
Pero el descanso no estaba en los planes del día. No había alcanzado a alejarse una calle cuando un tropiezo ruidoso y una respiración agitada le advirtieron que la paz se había terminado.
—¡Hermano Máximo! ¡Hermano Máximo!
Fernando, el hijo del carpintero, venía corriendo a toda velocidad, con las botas mal abrochadas y los brazos agitándose en el aire. Era un niño demasiado hiperactivo para un pueblo tan aburrido. Estuvo a punto de estamparse contra el pecho de Máximo, pero este lo detuvo colocándole una mano firme sobre la cabeza.
—Frena, enano. ¿Qué pasa ahora?
—¡La rueda del carro de mi papá! —exclamó el niño, recuperando el aliento—. ¡Se volvió a romper en la bajada del pozo! ¡Dice que si no la arreglamos hoy, perderemos el mercado de la tarde!
Máximo levantó la vista hacia el cielo azul, buscando una paciencia que no tenía. Las nubes pasaban lentamente, ajenas a las ruedas rotas y a los tejados caídos.
—Tu padre debería aprender a usar mejor el martillo —dijo Máximo, soltando al niño—. Vamos. Camina rápido o te dejo atrás.
El niño sonrió de oreja a oreja, como si hubiera ganado una batalla legal, y comenzó a saltar delante de él. Máximo caminó detrás, con las manos metidas en los bolsillos. Miró de reojo la silueta del pequeño Fernando, que intentaba equilibrarse sobre el borde de las piedras del camino.