Kenkyona reigi

Capítulo 2: Lo único que quedó

Despertar nunca había sido tan pesado.

No fue el dolor lo primero que devolvió a Máximo a la consciencia. Fue el silencio. Un silencio absoluto, denso y deforme, que taponaba los oídos como si estuviera sumergido bajo toneladas de agua estancada. No había pájaros disputándose las migajas en el porche. No se escuchaba el murmullo de las mujeres junto al pozo, ni el eco rítmico del martillo del herrero. Nada. El mundo parecía haber olvidado cómo hacer ruido.

Máximo abrió lentamente los ojos. La luz del sol rasgó sus pupilas, obligándolo a entrecerrar los párpados con un quejido sordo. Intentó incorporarse, pero cada vértebra protestó con un ardor punzante que le robó el aire de los pulmones.

—...gh...

Su propia voz le resultó ajena. Seca, agrietada, como si llevara semanas sepultada bajo la tierra.

Apoyó la mano izquierda sobre el suelo para equilibrarse. La superficie estaba ennegrecida, cubierta por una fina capa de ceniza gris que todavía conservaba un calor residual. No era el calor del sol; era el rastro de algo que había ardido durante horas con una furia descontrolada. El armazón del carro del carpintero yacía a unos metros, reducido a carbón y hierros retorcidos.

Máximo parpadeo, barriendo la bruma de su mente. Frente a él, medio oculto bajo una viga carbonizada, sobresalía un brazo. Una mano con los dedos fijos, crispados sobre el polvo.

Se quedó mirándola durante varios segundos. Su rostro no mostró ninguna alteración. Su cerebro, entumecido, procesó la imagen de forma puramente matemática: Una mano. No se mueve. No respira.

—No —murmuró para sí mismo, con una calma artificial—. Seguro están en el refugio de la plaza. El alcalde siempre decía que debían ir ahí si pasaba algo.

Se obligó a ponerse de pie. Las piernas le temblaron, amenazando con ceder al primer paso, pero trabó las rodillas y comenzó a avanzar. No miró a los lados. No miró los bultos inmóviles que salpicaban los márgenes de la calle principal. Caminó con la mirada fija al frente, con los hombros rígidos, adoptando la misma postura autómata con la que salía cada mañana a cumplir con los encargos del pueblo.

—¿Hay alguien? —su voz rasguñó la penumbra grisácea—. ¡Señora Elena! Ya revisé el tejado. Quedó firme. ¿Me escucha?

El silencio devolvió sus palabras intactas, sin una sola respuesta.

Máximo aceleró el paso, ignorando el dolor que le subía por el costado herido. Entró en la primera vivienda que encontró en pie. Las paredes laterales se habían derrumbado hacia fuera, dejando el interior expuesto. Sobre el suelo, aplastada por un trozo de mampostería, yacía una escoba de paja de mango corto.

La reconoció de inmediato. Elena la usaba todas las mañanas para barrer la entrada mientras gritaba a los niños del carpintero porque jugaban demasiado cerca de sus macetas de barro. Ayer mismo, Máximo había pensado que los gritos de esa mujer terminarían por volverlo loco antes de tiempo. Pensó que los niños hacían un ruido insoportable. Que el pueblo era una prisión de costumbres repetitivas.

Ahora, el peso de ese silencio le apretaba la garganta. Daría lo que fuera porque el hierro del herrero volviera a golpear, porque Elena volviera a chillar, porque el enano de Fernando volviera a tropezar con sus propias botas.

¡Clanc!

Un eco metálico resonó al fondo del callejón que conducía a la herrería.

El cuerpo de Máximo reaccionó con una violencia eléctrica. Corrió. Tropezó con un montón de tejas rotas, raspándose las manos contra los bordes afilados, pero no se detuvo a mirar la sangre. Llegó al origen del ruido con la respiración desbocada, el pecho encendido y los ojos desorbitados.

—¡¿Quién está ahí?! —gritó, abalanzándose sobre una pila de tablones astillados—. ¡¿Hernán?! ¡¿Fernando?!

Comenzó a retirar los maderos con una desesperación ciega. Las astillas se le clavaron bajo las uñas, la piel de sus nudillos se abrió al rozar la piedra, pero continuó cavando, arrojando los restos hacia atrás, convencido de que encontraría un rostro, una mirada, un rastro de vida que negara la carnicería que lo rodeaba.

Retiró la última tabla. No había nada. Solo una puerta trasera de hierro, colgada de una sola bisagra, que el viento de la tarde movía lentamente, haciéndola chocar contra el marco de piedra.

¡Clanc!

Máximo dejó caer las manos a los lados. La adrenalina desapareció de golpe, dejándole una sensación de frío vacío en el estómago. Se quedó mirando la puerta oscilante durante un minuto entero, con la sangre goteando desde las puntas de sus dedos sobre la ceniza blanca. Su rostro seguía seco, pero sus dientes comenzaron a castañear sin que pudiera controlarlos.

Volvió a la calle principal. Ya no corrió. Avanzó con el paso lento de un condenado, buscando la panadería.

El edificio se había venido abajo por completo, aplastado bajo el peso de una de las rocas ígneas que habían llovido del cielo. Máximo se acercó a la colina de escombros. No le tomó mucho tiempo encontrarlo. El anciano Hernán estaba recostado contra lo que quedaba del mostrador de madera. Tenía los ojos cerrados, el rostro cubierto por una pátina de polvo blanco que camuflaba sus arrugas.

Su brazo derecho estaba completamente estirado hacia delante, con los dedos entumecidos y rígidos alrededor de la lona rota de un saco de harina. Incluso en el último segundo, cuando el cielo se abrió para aplastarlos, el viejo no había soltado su carga.

Máximo se arrodilló frente a él, despacio, cuidando de no rozar las vigas inestables. Miró la mano del anciano. Miró el saco.

—Ese viejo es demasiado terco para morirse —murmuró Máximo, con una voz que no tembló—. Todavía estabas trabajando... Siempre igual.

No hubo lágrimas. No hubo un grito de agonía. El cinismo protector de Máximo seguía alzado como un escudo de hierro, bloqueando el impacto de la realidad. Se limitó a apartar un mechón de pelo gris de la frente de Hernán, con un movimiento mecánico, y volvió a ponerse de pie.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 21.07.2026

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