El camino no entendía de lutos.
Al tercer día de marcha, la suela de la bota derecha de Máximo terminó de desprenderse, dejando su calcetín expuesto al fango del sendero. No se detuvo a repararla. Continuó avanzando bajo una llovizna constante y gris que le calaba la ropa hasta los huesos, entumeciéndole los hombros y haciendo que la herida de su costado pulsara con un dolor sordo.
Tenía el estómago pegado al espinazo. Esa mañana había desayunado tres bayas silvestres de un arbusto espinoso; estaban agrias y le habían dejado un rastro de acidez en la garganta, pero el hambre era un detalle secundario. Lo verdaderamente insoportable era la geografía del vacío.
Máximo había creído que su tragedia era un hecho aislado, una maldición focalizada sobre su molesta rutina. Pero a medida que devoraba kilómetros, el paisaje le devolvía la misma respuesta muda. No cruzó un solo carro de comerciantes. Los puentes de piedra que unían los caminos vecinales estaban desiertos, algunos con las barandillas ennegrecidas por un fuego antiguo. En los árboles no había pájaros disputándose el territorio; la naturaleza misma parecía haber encogido las alas, escondiéndose de un cielo que todavía amenazaba con romperse. El mundo entero arrastraba los pies.
Al caer la tarde del cuarto día, vislumbró el primer asentamiento humana tras la colina.
Máximo se detuvo, esperando encontrar otro camposanto de cenizas. Pero no fue así. El pueblo seguía vivo. O, al menos, fingía estarlo.
Había columnas de humo saliendo de algunas chimeneas, niños corriendo por los márgenes del camino y un par de tenderos acomodando cajas en la plaza de la entrada. Sin embargo, algo en la atmósfera resultaba profundamente deforme. Cuando Máximo entró, arrastrando su bota rota, nadie levantó la vista para recibir al forastero. Los niños no reían; jugaban en un silencio sepulcral, apilando trozos de tejas rotas entre los escombros de una hilera de casas colapsadas. La mitad del pueblo era un cementerio de piedra; la otra mitad, un intento desesperado por ignorarlo.
Una anciana vestida de luto riguroso barría con parsimonia el porche de una vivienda de la que solo quedaba el marco de la puerta principal. El resto de la estructura se había hundido, pero ella seguía pasando la escoba sobre la piedra, adelante y atrás, adelante y atrás, atrapada en el engranaje de un hábito que ya no tenía ningún sentido. Nadie sonreía. Las pocas conversaciones que cruzaban los hombres en la taberna se daban en un susurro apagado, como si temieran que un tono de voz demasiado alto pudiera atraer otra vez el fuego del cielo. La vida seguía adelante, pero lo hacía con el pulso quebrado.
Máximo avanzó por la calle principal sin mirar a nadie. No traía intenciones de socializar ni de pedir limosna. Solo buscaba un rincón donde dejar caer el cuerpo, pero al cruzar la esquina de la plaza, se topó con un grupo de cuatro hombres. Intentaban levantar una enorme viga de roble que bloqueaba el acceso al pozo de agua comunal. Usaban cuerdas desgastadas, sus rostros estaban empapados en sudor y los brazos les temblaban por el esfuerzo acumulado de varios días.
—¡A la de tres! —exclamó uno, con la voz rota—. ¡Uno... dos...!
La cuerda cedió un palmo y la viga volvió a golpear el suelo con un estruendo seco. Los hombres se dejaron caer hacia atrás, jadeando, con los ojos vacíos de quien ya no tiene fuerzas ni para maldecir.
Máximo se detuvo a tres pasos. Los observó con los brazos caídos a los lados, el rostro inexpresivo y los ojos fijos en el ángulo muerto de la madera.
Van a tardar el doble si siguen tirando desde ese lado, pensó. Un ángulo torcido solo triplica el peso.
Sin pedir permiso, sin presentarse y sin articular una sola palabra, Máximo caminó hacia los restos del pozo. Se colocó en el extremo opuesto de la viga, encajó las botas en el barro —ignorando el frío que le entraba por la suela rota— y metió las manos desnudas debajo de la madera astillada.
Los hombres lo miraron con una mezcla de desconcierto y sospecha.
—Oye, chico, eso está demasiado pesado, necesitas una palanca... —empezó a decir uno de ellos, un tipo maduro con los brazos llenos de quemaduras.
Máximo no respondió. Simplemente trabó la espalda, apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió y tiró hacia arriba con una fuerza violenta, puramente mecánica. Sus tendones se tensaron como cuerdas de arco. La viga de roble crujió, cediendo unos centímetros del suelo.
Al ver al forastero actuar como una máquina autómata, los demás reaccionaron por puro instinto. Se abalanzaron sobre las cuerdas y empujaron los costados. Entre todos, coordinados por el esfuerzo mudo de Máximo, lograron arrastrar el madero fuera del brocal del pozo, dejándolo caer a un lado del camino.
El grupo de lugareños se desplomó, buscando aire. Uno de ellos se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar en silencio, desbordado por la frustración de los días anteriores. Otro, el de las quemaduras, miró a Máximo con una gratitud cansada.
—Gracias, muchacho. Llevábamos dos días con esto... Si quieres un poco de pan, la panadería del fondo tiene algunas raciones de ayer...
Máximo ya le estaba dando la espalda. Se sacudió el polvo de las manos ensangrentadas contra los pantalones, acomodó la correa de su mochila con un movimiento seco y continuó caminando hacia los límites del pueblo. No buscaba una recompensa, ni el agradecimiento de los vivos. El contacto humano le resultaba una carga que no estaba dispuesto a arrastrar.
Caminó hasta que las casas se convirtieron en maleza y los límites del bosque cubrieron la luz crepuscular. Encontró un claro apartado, oculto tras una hilera de sauces llorones. Dejó la mochila en el suelo.
El cuerpo le pedía a gritos que se tumbara sobre el musgo y cerrara los ojos. Pero su mente era un hervidero de culpa agria. Cada vez que cerraba los párpados, el silencio del Capítulo 2 volvía a ensordecerlo. Veía la mano rígida de Hernán pegada al saco de harina; veía el cuerpo arqueado de Elena protegiendo al crío.