Kenkyona reigi

Capítulo 5: La elasticidad de la soledad

El camino fuera del pueblo resultó ser un laboratorio de grises.

Máximo y William no tardaron en descubrir que el fuego del cielo no solo había calcinado la piedra, sino también la moral de los supervivientes. Dos días después de iniciar la marcha hacia el norte, se toparon con un carro de suministros volcado en mitad del sendero. Tres hombres armados con hoces oxidadas y estacas afiladas intentaban arrancar los sacos de grano de las manos de un viejo comerciante herido.

Máximo no lo dudó. Avanzó sin mediar palabra, esquivando el primer tajo de hoz con un movimiento seco de hombros, y plantó la palma de su mano abierta en el pecho del atacante, empujándolo con la fuerza autómata de quien mueve un madero. William coordinó el flanco izquierdo, usando un bastón largo para golpear las rodillas del segundo malandro.

La escaramuza duró menos de un minuto. Pero cuando el tercer asaltante cayó de rodillas sobre el lodo, su rostro demacrado reveló una verdad incómoda: sus costillas se marcaban bajo la tela de la camisa gastada. Detrás de un matorral cercano, un niño de no más de cinco años, cubierto de hollín, tiritaba de frío mirándolos con terror. No eran bandidos profesionales; eran hambrientos desesperados.

—Robar sigue siendo robar —sentenció Máximo, recuperando el saco de grano para devolvérselo al comerciante, ignorando la mirada suplicante del desnutrido asaltante.

—¿Y tú qué habrías hecho si hubieras perdido tu pueblo y nadie quisiera darte de comer? —le espetó William mientras ayudaba al viejo comerciante a incorporarse. Sus ojos reflejaban una frustración agria.

Máximo ajustó la correa de su mochila, con el rostro blindado por su habitual cinismo.

—Caminar —respondió escuetamente—. El hambre no te da derecho a romperle las costillas a otro viejo. Vámonos.

La convivencia entre ambos se asentó sobre ese péndulo de extremos. William hablaba para llenar el vacío; Máximo callaba para digerir la culpa. Sus conversaciones pronto adquirieron una dinámica rítmica, donde el muchacho ruidoso terminaba atrapado en su propio eco.

—¿Crees que lloverá antes de que encontremos un refugio? —preguntó William al sexto día, mirando el horizonte plomizo. Máximo continuó avanzando, con el paso firme, la suela de su bota nueva crujiendo contra la grava. —Supongo que no —se contestó William a sí mismo tras dos minutos de silencio—. Aunque esas nubes del oeste no ayudan en nada. Parecen ceniza estancada. Máximo no giró la cabeza. —¿Sabes? —William soltó una risa seca—. Hablar contigo es casi como hablar conmigo mismo. Ahorras mucha saliva. —Qué desafortunado —soltó Máximo sin aminorar el paso.

Sin embargo, al octavo día, el ritmo del viaje sufrió un sabotaje invisible.

Comenzó por la tarde, cuando se detuvieron a descansar junto a un arroyo. William dejó su mochila apoyada en la base de un chopo y fue a lavarse la cara. Cinco minutos después, la mochila ya no estaba en el suelo. Tras una frenética búsqueda de William, la encontraron colgada a cuatro metros de altura, enganchada perfectamente en la horquilla de una rama delgada que jamás habría soportado el peso de un hombre.

—¡¿Cómo demonios terminó ahí arriba?! —gritó William, señalando la copa del árbol—. ¡Te juro que la dejé en la raíz! Máximo trepó el tronco de tres movimientos flojos, la desenganchó y se la arrojó a la cara. —Seguramente la dejaste mal equilibrada y se enganchó al rebotar —dijo Máximo con desdén—. Solo eres descuidado.

Al noveno día, la cantimplora de William desapareció durante el almuerzo. La encontraron una hora más tarde, flotando a la deriva en mitad del río, perfectamente cerrada, girando sobre un remanso de agua como si un pez la hubiera depositado allí con delicadeza. William empezó a mirar los matorrales con abierta paranoia.

La gota que colmó el vaso cayó durante la tercera noche de acampada. William se despertó tiritando por el frío del rocío y descubrió que sus botas habían desaparecido de sus pies mientras dormía. Tras una maldición que despertó a los grillos, las localizó a diez metros del campamento, perfectamente acomodadas, una junto a la otra, encima de una roca afilada que parecía un altar.

—¡Hay un fantasma en este bosque, Máximo! —excluyó William, calzándose a toda prisa con los dientes castañando—. ¡Un maldito espíritu burlón! Máximo, que ya estaba avivando las brasas de la fogata, soltó un suspiro largo. —Los fantasmas no doblan las cañas de las botas, William.

Máximo se había dado cuenta antes. Mientras su compañero se desesperaba buscando explicaciones sobrenaturales, el instinto analítico de Máximo había sumado las piezas: nunca faltaba comida, las raciones secas seguían intactas, el dinero no se había movido de sus bolsillos. No era un robo. Era una provocación meticulosa.

Quien sea... no intenta quitarnos nada, pensó Máximo, entornando los ojos hacia la oscuridad de las copas de los árboles. Solo quiere que sepamos que está aquí.

La confirmación llegó esa misma noche. Un leve crujido de hojas resonó sobre sus cabezas. Una sombra esbelta y ligera bajó en picado desde una rama alta, arrebató la mochila de Máximo directamente del suelo y se internó en la espesura a una velocidad inverosímil.

—¡Ahí está tu fantasma! —gritó William, desenvainando su bastón largo y lanzándose a la carrera.

Comenzó una persecución absurda. La sombra no corría como un soldado ni como un bandido del camino; se movía como una acróbata desquiciada. Saltaba de un tronco a otro, usaba la flexibilidad de las ramas bajas para impulsarse en mortales perfectos y pasaba por huecos entre los arbustos espinosos que habrían desgarrado la ropa de cualquiera.

William intentó imitar su trayectoria saltando una roca cubierta de musgo, pero resbaló estrepitosamente, cayendo de bruces contra un colchón de hojas secas con un gemido de frustración.

Máximo no corrió detrás de ella. Se detuvo un segundo, observando el patrón de los saltos de la silueta. La chica —porque por la fisonomía era evidente que era una muchacha— no huía en línea recta; trazaba una parábola alrededor del claro, divirtiéndose con la persecución.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 21.07.2026

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