Kenkyona reigi

Capítulo 6: El peso de la quietud

La marcha hacia el norte no se detuvo por el hecho de haber sumado a una acróbata hiperactiva a sus filas. Los días siguientes transcurrieron entre el polvo de los caminos rotos y la constante tensión de un mundo que no terminaba de sanar. Timicha se había convertido en el pulso impredecible del grupo, alterando la monotonía con sus repentinas desapariciones en las copas de los árboles, sus bromas constantes y su habilidad innata para arrancar resoplidos de exasperación a William y miradas de reojo a Máximo. Sin embargo, detrás de cada voltereta y cada mueca burlona, el peso físico del viaje comenzó a pasarle factura. Máximo no era un guerrero, ni un mercenario; era solo un muchacho de pueblo que a duras penas sabía empuñar un palo para defenderse. Los golpes acumulados en su huida tras la destrucción de su hogar, sumados al castigo sistemático al que él mismo se había sometido semanas atrás, convirtieron su cuerpo en un mapa de músculos desgarrados y tendinitis crónica.

William intentaba disimular su preocupación mientras revisaba los mapas improvisados que trazaban en las noches de fogata, pero era evidente que el ritmo de Máximo decaía por momentos. Las respiraciones del muchacho se volvían más pesadas al subir las cuestas, y aunque intentaba ocultarlo apretando los dientes, sus nudillos vendados apenas soportaban el peso de su propia mochila. Timicha, con esa aguda percepción que nacía de su propia soledad, había dejado de esconderle las cosas para empezar a caminar más cerca de él, vigilándolo de reojo como un animal salvaje que nota a alguien de su manada caminar con dificultad, aunque nunca decía una sola palabra al respecto.

Fue al decimosegundo día de travesía, cruzando los límites de un valle de piedra caliza donde las brumas del atardecer comenzaban a descender sobre los matorrales, cuando el cuerpo de Máximo dijo basta. Tras intentar cargar un tronco caído para despejar el sendero, una punzada feroz le recorrió la espalda y las costillas fisuradas, haciendo que soltara el madero con un seco juramento y cayera de rodillas sobre la grava. William corrió a socorrerlo, pero antes de que pudiera abrir su botiquín improvisado, una figura emergió de la penumbra del camino, apoyada en un bastón nudoso.

El maestro se llamaba Alistair.

Tenía las manos surcadas de cicatrices viejas, la espalda ligeramente encorvada por los años y unos ojos de un azul desvaído que parecían haber visto arder el mundo dos veces. Vivía en una cabaña de piedra al pie de la montaña, rodeado de frascos con hierbas secas y un silencio tan espeso que el eco de sus propios pasos parecía molestarle.

Fue él quien detuvo a Máximo de forma definitiva.

El sol apenas comenzaba a teñir las copas de los pinos cuando Máximo, fiel a su inercia autodestructiva, intentó levantarse al día siguiente para cumplir con su castigo diario. Las vendas de sus manos estaban rígidas por la sangre seca de la víspera. Tomó un tronco pesado, se lo echó al hombro y comenzó a golpear el suelo con una estaca, una y otra vez, buscando ese dolor sordo que le servía de ancla.

Una bota seca pisó la hierba detrás de él.

Máximo no se detuvo. Sintió el impacto repentino del bastón de Alistair contra sus rodillas, barriendo su apoyo con una precisión quirúrgica. Cayó de espaldas sobre el lodo, resoplando con furia, listo para levantarse y golpear.

Pero el anciano ya estaba allí. Le pisó el pecho con firmeza, impidiéndole el paso, y le arrancó la estaca de las manos con un movimiento seco.

—¿Qué crees que estás haciendo? —gruñó Máximo, apretando los dientes.

—Salvarte de ser un idiota —respondió el viejo, con una voz áspera como lija—. Levántate y entra.

Alistair lo empujó hacia el interior de la cabaña con la autoridad silenciosa de los veteranos. Cuando Máximo intentó incorporarse de la camilla improvisada, una mano huesuda pero de fuerza implacable lo volvió a empujar contra el colchón de lana.

—Quieto —ordenó el anciano.

—Estoy bien —frunció el ceño Máximo, intentando zafarse.

Alistair levantó una ceja, desatando las vendas ensangrentadas de los nudillos del muchacho con una paciencia glacial.

—No —dijo el viejo. Silencio. —Llevas tres músculos desgarrados en la espalda. Dos costillas fisuradas desde hace días. Tendinitis crónica en las muñecas. Y no tengo la menor idea de cómo sigues caminando sin que se te caigan los brazos.

William, que estaba sentado en un rincón limpiando unos frascos de cristal, abrió los ojos de par en par, mirando a su compañero con una mezcla de horror y reproche.

Máximo desvió la mirada, con la mandíbula tensa.

—He estado peor.

Alistair soltó un suspiro hondo, sacudiendo la cabeza mientras untaba un ungüento verde y picante sobre la carne viva de los nudillos.

—Eso no tranquiliza a nadie, muchacho.

Mientras Máximo quedaba confinado al reposo obligatorio, el taller de Alistair se dividió en dos mundos. William encontró su vocación casi por instinto. El anciano lo tomó bajo su tutela, enseñándole a identificar las propiedades de las plantas, a coser heridas profundas con hilo de cáñamo, a inmovilizar huesos rotos y a reconocer los síntomas de los venenos del bosque. William demostró una paciencia infinita; pasaba horas moliendo raíces y memorizando recetas, entendiendo por fin que su lugar en el mundo no era empuñar un arma con torpeza, sino sostener la frágil línea entre la vida y la muerte.

Pero el reposo de Máximo trajo consigo un efecto secundario inesperado: Timicha.

La acróbata descubrió rápidamente que el arisco y silencioso Máximo era ahora una presa inmóvil. Las intromisiones comenzaron esa misma tarde. Máximo estaba acostado boca arriba, mirando el techo de madera, cuando una sombra pasó como un destello por el marco de la ventana.

Timicha entró sin usar la puerta, aterrizando con un giro suave sobre el borde de la mesa. Se quedó mirándolo fijamente. Diez segundos. Quince segundos.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 10.08.2026

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