El grupo dobló la esquina principal del caserío y el aire se volvió denso, viciado por el humo y el pánico. A primera vista, la escena desmintió cualquier ilusión de orden: una caravana de comerciantes había sido cercada en medio de la plaza por unos quince bandidos. Había hombres armados con espadas cortas, hachas melladas, palos con clavos y lanzas improvisadas que acorralaban a los aldeanos. Algunos mercaderes ya yacían en el suelo, gimiendo con heridas sangrantes, mientras las mujeres y los niños se refugiaban bajo los aleros de las casas cerradas.
Máximo no lo pensó. El instinto bruto que lo había acompañado desde la destrucción de su pueblo se disparó sin filtro. Dejó escapar un grito sordo y se lanzó de frente contra el primer asaltante que vio, arrojándose con todo el peso de su cuerpo. William gritó su nombre a espaldas suyas, y Timicha intentó seguirlo en una carrera felina, pero ya era tarde. La trampa se había cerrado.
El combate se convirtió de inmediato en un suplicio de geometría descontrolada. Máximo logró derribar al primer bandido chocando contra su pecho, pero antes de que pudiera ponerse en pie, otro intentó sujetarlo por los hombros. Mientras forcejeaba para liberarse, un golpe seco con la culata de un hacha impactó contra sus costillas, arrebatándole el aire. Se giró con el rostro desencajado, lanzando un puñetazo torpe que conectó con la mandíbula de su agresor, pero otro bandido más alejado le lanzó una piedra a la cabeza, haciéndole perder el equilibrio y caer de rodillas sobre el polvo.
A su alrededor, el caos devoraba al grupo. William entró torpemente para proteger a un anciano comerciante, armado únicamente con su valor y sus manos vacías; no sabía pelear, y en menos de diez segundos, un empujón brutal de un asaltante lo derribó contra unas cajas de madera, dejándolo sin aliento con el botiquín esparcido a su alrededor. Timicha, por su parte, utilizaba cada gramo de su agilidad: saltaba sobre los cercos, esquivaba estocadas por centímetros y lograba patear la muñeca de un atacante para desarmarlo. Pero su movilidad no bastaba. Cada vez que esquivaba a uno, dos más cerraban el cerco. No podía estar en todas partes.
Y el error fundamental de Máximo fue ese: intentó protegerlos a todos. Cada vez que un bandido levantaba un arma hacia un comerciante o hacia William, Máximo desviaba su atención y corría a interponerse, descuidando su propia guardia. Estaba superado en número, rodeado y agotado.
Uno de los bandidos más grandes levantó un hacha pesada directamente sobre el indefenso William, mientras otro inmovilizaba a Timicha torciéndole los brazos hacia atrás contra un poste. Máximo intentó levantarse de la tierra, pero sus piernas no respondieron. Respiraba con dificultad, con la sangre escurriéndose por la frente y los dientes apretados por la impotencia. Todo parecía perdido.
Entonces, se escuchó un bostezo.
No vino de los tejados, ni de los callejones. Vino del borde de la plaza.
Un hombre de mediana edad, de complexión seca pero fibra de acero, caminaba lentamente hacia el centro del caos con una botella de cristal medio llena en la mano. Vestía ropas gastadas de viajero y miraba la escena con la absoluta displicencia de alguien a quien interrumpen una siesta importante. Se detuvo a unos pasos del tumulto, exhaló un suspiro cargado de fastidio y murmuró al aire:
—Qué escándalo... Me duele la cabeza solo de verlos jugar tan mal.
El hombre se arremangó las mangas de la camisa con parsimonia, dejó la botella cuidadosamente apoyada sobre una piedra y, en el instante en que el primer asaltante se giró hacia él con el machete en alto, el hombre desapareció.
No era magia; era una economía de movimiento tan violenta y precisa que el ojo apenas podía registrarla.
El bandido lanzó un tajo vertical de arriba hacia abajo. El maestro no retrocedió; avanzó. Su pie izquierdo se deslizó apenas unos centímetros por la tierra, lo justo para salir de la trayectoria del filo. Su hombro quedó instantáneamente pegado al pecho del atacante, anulando la palanca del arma. Antes de que el hombre pudiera parpadear, un codazo ascendente explotó contra su mandíbula con un chasquido seco. El bandido cayó desplomado antes de comprender siquiera qué lo había noqueado.
Otro asaltante apareció por el costado, bramando con una estaca de madera. El maestro giró sobre la punta del pie con fluidez; su cadera acompañó la rotación y la pierna salió disparada como un látigo bajo. Una low kick perfecta impactó justo por encima de la rodilla del atacante. El sonido fue un golpe sordo contra el músculo. La pierna del bandido dejó de responderle al instante, y cayó de lado aullando de dolor al romperse su apoyo.
Un tercero quiso aprovechar la apertura mientras el maestro recuperaba la verticalidad. Demasiado tarde. El hombre ya estaba dentro de su guardia. Su palma izquierda apartó con un movimiento seco el brazo armado, mientras la derecha lanzaba un puñetazo recto. No parecía un golpe desmesurado, pero todo el peso de su cuerpo viajó detrás de los nudillos, impactando de lleno en el plexo solar del rival. El aire abandonó los pulmones del bandido con un silbido agudo; se dobló hacia delante y recibió una rodilla directa al rostro que lo mandó a dormir al suelo.
Máximo, tirado en el barro, observaba con los ojos abiertos de par en par. Su mente, entrenada en el caos, dejó de ver una pelea y empezó a descifrar principios. No pensaba en los golpes; pensaba en la física del combate. Entró en su distancia antes de que el arma pudiera acelerar. Atacó la pierna de apoyo para quitarle la movilidad al rival. Nunca desperdicia un solo centímetro de espacio.
Un cuarto y un quinto bandido intentaron rodearlo al unísono. El maestro ni siquiera los miró a los dos al mismo tiempo. Retrocedió medio paso para alinear sus trayectorias, esperó el momento exacto en que el primer hombre levantó el brazo para golpear y le plantó una patada frontal seca y directa al abdomen que lo lanzó varios metros hacia atrás, derribando a su propio compañero como si fueran bolos.