La mañana siguiente al enfrentamiento encontró al poblado envuelto en una actividad silenciosa y febril. El sol despuntaba apenas entre la neblina del amanecer, proyectando sombras largas sobre la tierra todavía pisoteada de la plaza. Los comerciantes acomodaban los ejes de sus carretas con martillazos rítmicos, mientras las mujeres limpiaban la sangre seca del pozo central con baldes de agua fría.
Los aldeanos, agradecidos por haber salvado sus vidas y mercancías, buscaban con desesperación al hombre que los había rescatado. Le ofrecían lo poco que tenían: hogazas de pan caliente, cecina salada, jarras de chicha y un pequeño saquito con monedas de cobre reunido entre las familias. El maestro no rechazó absolutamente nada. Aceptó la comida con la mano abierta, se metió el dinero en la faja sin dar las gracias y se bebió la chicha de un solo trago antes de escupir al suelo.
Una hora después, Máximo lo observaba desde la sombra de un tejado vecino.
El hombre estaba sentado en la mesa exterior de una taberna de mala muerte, jugando a los dados con dos arrieros locales. Máximo vio con perfecta claridad cómo el sujeto utilizaba la manga rasgada de su camisa para cambiar la cara de los dados antes de taparlos con el vaso de madera. Cuando los arrieros se dieron cuenta de la trampa y comenzaron a vociferar furiosos, el maestro simplemente se echó hacia atrás en la silla, se recogió las monedas ganadas con una sonrisa burlona y se marchó silbando una melodía desafinada mientras los hombres lo maldecían a sus espaldas.
Máximo apretó la mandíbula hasta que los músculos del cuello le dolieron.
—Es raro... —murmuró William a su lado, apoyado en el marco de la puerta de la botica improvisada.
—No —respondió Máximo con una voz cortante como el hielo—. Es exactamente el tipo de persona que imaginaba.
Timicha, que venía caminando sobre la barandilla de madera del soportal manteniendo un equilibrio perfecto, soltó un ligero salto y cayó de pie entre ambos.
—Pues a mí me cae bien —dijo ella, ladeando la cabeza—. Es divertido.
Máximo la ignoró por completo. Giró sobre sus talones y caminó en dirección opuesta, sintiendo un rechazo visceral que le quemaba por dentro. ¿De verdad estaba considerando aprender de él?, se preguntó con rabia. Ayer parecía un guerrero imbatible. Hoy no es más que un delincuente de poca monta.
El conflicto, sin embargo, no lo dejó en paz durante el resto de la mañana.
Máximo no era un idiota, y por mucho que le repugnara el comportamiento del sujeto, había una realidad aplastante que no podía borrar de su memoria: la precisión quirúrgica con la que había desarmado a quince hombres en menos de dos minutos. Nunca en su vida había visto a alguien moverse así. Ni en las historias que contaban los cazadores de su pueblo extinguido, ni en los combates callejeros que presenció durante su huida.
Se sentó sobre un tronco seco en la linde del bosque, comenzando un monólogo interno encarnizado, contradictorio y sofocante:
Es un delincuente. Sí, lo es. Un tramposo y un borracho. Pero salvó a ese pueblo. Eso no borra sus delitos. Lo hizo por dinero o por puro aburrimiento. ¿Y dejar morir a esos comerciantes lo habría hecho mejor persona? No... claro que no. Entonces, ¿qué importa lo que sea fuera del combate si sabe cómo pelear?
Cada pensamiento generaba una ramificación más compleja. Máximo se tomaba la cabeza entre las manos, sintiendo el peso de sus propias convicciones chocando contra la dura necesidad de supervivencia.
William se acercó despacio, llevando consigo una cesta con hierbas que había terminado de clasificar. Se sentó en el extremo opuesto del tronco sin decir nada, esperando a que su compañero hablara.
—¿Tú aprenderías de alguien así? —preguntó Máximo de golpe, sin levantar la vista del suelo.
William tardó bastante en responder. Miró sus propias manos, aún manchadas por la savia de las plantas medicinales, y exhaló un suspiro lento.
—No lo sé —admitió William. Silencio. —Pero tampoco dejaría de aprender algo útil solo porque quien lo enseña sea una mala persona.
Máximo frunció el ceño, mirándolo de reojo.
—Si un médico salva vidas... y después roba en la calle... ¿eso hace que deje de saber medicina? —continuó William con calma—. La técnica sigue estando ahí. Lo que tú hagas con ella después depende de ti, no de él.
Máximo guardó silencio. La lógica de William era impecable, pero le escocía en el pecho.
En ese momento, Timicha apareció de la nada, saliendo de entre los arbustos con una fruta silvestre a medio comer. Escuchó únicamente el último fragmento de la conversación.
—Si me salva la vida... ya me cae bien —dijo con total desparpajo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.
William suspiró, negando con la cabeza.
—Las cosas no son tan simples, Timicha —protestó Máximo, molesto por la ligereza con la que ella tomaba el asunto.
Timicha se detuvo un segundo, sonrió con una nostalgia imprevista en la mirada y se encogió de hombros.
—Nunca lo son.
Y sin añadir nada más, siguió su camino hacia la plaza, dejando a Máximo sumido en un silencio denso. Sin darse cuenta, la acróbata había condensado la amarga verdad de ese nuevo mundo en tres palabras.
Para cuando el sol comenzó a declinar, Máximo había tomado una decisión.
No necesitaba admirar a ese hombre. No necesitaba confiar en él, ni hacerse su amigo, ni disculpar sus vicios. Solo necesitaba arrebatarle el conocimiento que poseía. Pero el costo moral de esa decisión le pesaba como una losa de plomo. Sentía que, al pedirle instrucción a un tipejo sin honra, estaba traicionando la memoria de Hernán, de Elena, de su madre y de todos los habitantes de su pueblo. ¿Qué dirían si me vieran siguiendo a un criminal?, pensó con un nudo en la garganta.