Kenkyona reigi

Capítulo 7: El camino vuelve a llamar

Habían pasado tres semanas desde que el viejo Alistair detuvo los pasos erráticos de Máximo. En ese tiempo, el tiempo en la cabaña de piedra dejó de medirse por la urgencia del dolor y comenzó a sincronizarse con el pulso constante de la recuperación. Las heridas de los nudillos y la espalda de Máximo ya solo eran cicatrices firmes, marcas mudas de una tregua obligatoria. William ya preparaba las cataplasmas y clasificaba las raíces medicinales sin tener que consultar a cada instante los manuales del maestro. Timicha, por su parte, se sabía de memoria cada rincón de la casa, aunque seguía prefiriendo colarse por el marco superior de la ventana o descender desde el tejado en lugar de usar la puerta principal. Afuera, el huerto de hortalizas volvió a florecer verde y ordenado gracias al trabajo constante de los cuatro. La cabaña había dejado de ser un refugio temporal para convertirse, sin que ninguno lo admitiera en voz alta, en un hogar.

Llegó, sin embargo, la mañana de la partida. El aire del alba olía a rocío frío y a pino húmedo. William guardaba con extremo cuidado las últimas plantas medicinales y un juego de agujas de sutura que Alistair le había regalado, con las manos ligeramente temblorosas por los nervios de la despedida. Cuando llegó el momento de cruzar el umbral hacia el exterior, William se detuvo frente al anciano y realizó una profunda reverencia, buscando las palabras exactas para contener todo lo que sentía en el pecho.

—Cuando llegué aquí... solo era alguien que seguía a Máximo porque no sabía qué hacer con mi vida —comenzó William, haciendo una pausa para tragar saliva—. Ahora siento que puedo ayudar a alguien.

Alistair esbozó una suave y silenciosa sonrisa.

—Eso es todo lo que necesitaba escuchar.

William bajó la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta.

—Gracias... por tratarme como si fuera su alumno.

El viejo se adelantó un paso y le revolvió el cabello con afecto paternal.

—Ya lo eras desde el primer día.

Entonces llegó el turno de Máximo. El muchacho se paró frente al anciano, manteniendo una distancia prudente. Entre ambos se extendió un silencio espeso, cargado de todo lo que ninguno de los dos sabía decir con soltura. Alistair lo miraba fijamente, esperando que el orgullo del muchacho cediera por un instante. Máximo desvió la vista hacia el horizonte, exhalando un suspiro pesado que levantó un poco de polvo del suelo.

—...Supongo... —empezó Máximo, deteniéndose de nuevo, con el rostro contraído por el esfuerzo de cruzar su propia barrera—. Gracias.

El viejo soltó una risa seca, iluminada por la complicidad.

—Ha sonado casi humano.

Timicha soltó una carcajada cristalina desde una rama cercana, y William la secundó con una sonrisa. Máximo frunció el ceño, cruzándose de brazos con fingida molestia.

—No arruinen el momento.

Aun con la reticencia de Máximo, la escena encerraba el peso exacto de una despedida que los tres necesitaban emprender.

Cruzaron el linde del valle y el camino polvoriento volvió a recibirlos bajo un cielo despejado. Durante las primeras horas reinó una tranquilidad desacostumbrada; no había prisa, ni persecuciones, ni urgencias. El grupo entero parecía estar respirando por primera vez. William marchaba con la mochila bien sujeta, revisando de reojo las bolsas de tela donde llevaba sus nuevas herramientas de curandero, ordenándolas y volviéndolas a acomodar con una meticulosidad casi obsesiva.

Máximo caminaba a su lado, observándolo de reojo con una expresión indescifrable. Después de varios minutos de marcha silenciosa, el exasaltado de los bosques habló sin mirarlo a la cara, con las manos hundidas en los bolsillos y la vista fija en la gravilla del sendero:

—Aprendiste bastante.

William se detuvo un segundo, parpadeando con sorpresa.

—Supongo.

Máximo continuó avanzando con paso firme, sin detener la marcha.

—No creo que pudiera hacer lo que tú hiciste.

William frunció el ceño, confundido.

—¿Aprender medicina?

Máximo negó lentamente con la cabeza, manteniendo la mirada al frente.

—Seguir intentando salvar personas indiscriminadamente después de haber perdido a las tuyas.

William se quedó completamente quieto en mitad del camino. Las palabras de Máximo cayeron sobre él con una fuerza inusitada, desarmando de golpe esa persistente sensación de inutilidad que lo había acompañado desde la destrucción de su aldea. Sintió que las correas de la mochila pesaban un poco menos. No respondió de inmediato; tardó varios metros en alcanzar el ritmo de Máximo antes de articular una respuesta en voz baja:

—Antes pensaba que no servía para nada... Ahora... creo que puedo evitar que alguien pase por lo mismo que nosotros.

Máximo asintió con un leve movimiento de cabeza. Solo eso. Pero en ese gesto, William entendió que la admiración era mutua y que el silencio de su compañero escondía un reconocimiento profundo.

La solemnidad del momento, sin embargo, tenía fecha de caducidad con Timicha en el grupo. Unos metros más adelante, la acróbata, que venía saltando entre los matorrales del margen izquierdo, se giró bruscamente hacia ellos agitando una hoja verde entre los dedos.

—¡Oigan! —gritó con entusiasmo.

William levantó la vista, extrañado.

—¿Qué pasa ahora, Timicha?

Ella se acercó corriendo, sosteniendo la planta con total confianza.

—¿Esta también cura?

William se quedó congelado a mitad de paso. El color se le escapó del rostro. Sin pensarlo un segundo, pegó un grito despavorido y echó a correr hacia ella.

—¡¡No la toques!!

Timicha dio un salto hacia atrás por pura inercia, esquivándolo con una pirueta limpia en el aire.

—¡Ey! ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¡Porque esa da una picazón horrible en toda la piel durante tres días seguidos! —exclamó William, recuperando el aliento con los ojos abiertos de par en par.

Ella soltó la hoja al instante, sacudiéndose las palmas con repugnancia.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 10.08.2026

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