Kenkyona reigi

Capítulo 10: Antes del primer golpe

El cielo matutino apenas comenzaba a teñirse de un gris azulado cuando Máximo encontró al maestro a las afueras del poblado. El hombre estaba de pie cerca de la linde del bosque, observando el horizonte con una postura relajada y los brazos cruzados tras la espalda.

Máximo avanzó con firmeza sobre la hierba húmeda por el rocío. No había en sus pasos ni un rastro de admiración ciega ni de devoción; solo la determinación amarga de quien comprende que no le quedan más alternativas. Se detuvo a tres pasos del hombre.

—Sigo pensando que usted no es una buena persona —dijo Máximo con la voz firme, sin parpadear.

El maestro ladeó la cabeza y esbozó una leve sonrisa llena de ironía.

—Vas mejor que la mayoría.

Máximo apretó los puños a los costados, manteniendo la mirada fija en los ojos cansados del viejo luchador.

—Pero también es el hombre más fuerte que he visto. Necesito aprender... No para vengarme. Para que mis amigos no vuelvan a morir delante de mí.

El maestro borró la sonrisa de golpe. Su rostro recuperó esa seriedad sombría que Máximo había visto la noche anterior junto al puente. Durante unos segundos que se sintieron eternos, el hombre pareció pesar las palabras del muchacho en una balanza invisible. La chispa de burla se apagó, reemplazada por la mirada clínica de alguien que reconoce cuándo una promesa nace del fondo del pecho.

El maestro no respondió con palabras. Se dio la vuelta, caminó hacia un claro despejado entre los árboles y se detuvo junto a un tramo de tierra firme. Agachándose con soltura, recogió un palo seco del suelo y lo clavó con fuerza en el barro.

William y Timicha, que habían seguido a Máximo a una distancia prudente, aparecieron por el borde del camino.

El hombre no giró la cabeza cuando ordenó:

—Aléjate.

Luego miró a la chica.

—Tú también.

Timicha dio un pequeño salto hacia atrás con una ligereza simiesca, luciendo una sonrisa enorme en el rostro. William, en cambio, dio dos pasos en falso, apretando los puños contra el pecho con evidente nerviosismo.

—¿Va a pelear con él? —preguntó William, con la voz ahogada por la preocupación.

El maestro se acomodó las tiras de tela en los antebrazos y respondió con absoluta frialdad:

—No. Voy a descubrir si vale la pena.

Se giró hacia Máximo, señalándose el pecho con un gesto desinteresado.

—Las reglas son simples, chico. Solo tienes que tocarme una vez.

Máximo parpadeó, desconcertado. ¿Solo una vez?, pensó. Un destello de arrogancia y alivio cruzó por su mente. Le parecía una meta ridículamente sencilla. Apretó los puños, convencido de que la prueba terminaría en menos de un minuto.

Máximo adoptó la postura que consideraba fuerte: los pies bien separados, los codos firmes y el rostro contraído por la concentración. Respiró hondo y se lanzó al frente. Confiaba plenamente en que su velocidad y el peso de su cuerpo bastarían para cerrar la distancia.

Descargó un derechazo directo hacia el pecho del hombre.

El maestro apenas movió el torso unos milímetros hacia la izquierda. El puño de Máximo cortó el aire vacío, pasando tan cerca del hombro del luchador que las ropas de ambos se rozaron, pero la piel jamás llegó a tocarlo. Sin siquiera mirar el brazo que lo atacaba, el hombre levantó la palma abierta y empujó con suavidad el antebrazo de Máximo hacia un lado.

No fue un bloqueo violento; fue como apartar una rama seca del camino. Máximo sintió que la inercia de su propio impulso lo arrastraba fuera de balance. Antes de que pudiera recomponer la postura, la mano del maestro ya había vuelto a bajar a su costado, relajada.

Máximo frunció el ceño, incapaz de entender por qué un golpe tan directo había fallado de forma tan limpia.

Ajustó los pies sobre el suelo y decidió variar la estrategia. Lanzó una patada media al costado, seguida de inmediato por un jab de izquierda, una finta con el hombro y un gancho ascendente.

Todo falló.

El maestro daba medio paso atrás, pivotaba sobre un talón o simplemente inclinaba la cabeza en el momento preciso. Ni siquiera levantaba las manos para cubrirse. La patada de Máximo cayó en el vacío; los puñetazos solo araron la brisa del mañana.

Máximo empezó a respirar de forma acelerada y ruidosa. El aire entraba a tirones por su boca abierta, llenándole los pulmones de un ardor agrio. Sus hombros se tensaron, subiendo hacia las orejas, lo que volvió sus movimientos cada vez más rígidos y telegrafiados.

Desde el margen del claro, William observaba con el ceño fruncido, incapaz de apartar la mirada.

—No entiendo... —murmuró William en voz baja—. El maestro casi no se mueve.

Timicha, que permanecía apoyada sobre la rama de un arbusto balanceando los pies, le respondió sin quitar los ojos de la acción:

—Eso es justamente lo increíble. Mientras más sencillo parezca, más imposible se siente.

En mitad de la vorágine de ataques, Timicha se llevó las manos a la boca y gritó hacia el claro:

—¡Máximo! ¡Dale una patada más fuerte!

El maestro esquivó un golpe con una sutil inclinación del cuello y miró a la chica de reojo.

—Gracias por el consejo —dijo con total tranquilidad.

Timicha se echó a reír desde su rama. Máximo, en cambio, sintió que la sangre le hervía en las sienes. Cada risa, cada esquiva perfecta y cada centímetro de aire fallado se sentían como una burla directa a su esfuerzo.

La técnica defectuosa que Máximo intentaba mantener se desmoronó por completo. La rabia tomó el control de sus músculos. Ya no había estrategia, ni guardia, ni respiración; solo un muchacho ciego de frustración embistiendo de frente.

Se arrojó contra el maestro lanzando rodillazos salvajes, manotazos desordenados y embestidas con el hombro. Parecía un animal acorralado tratando de derribar una montaña a cabezazos. El maestro ni siquiera pestañeó; se limitó a dar un paso lateral tras otro, dejando que la fuerza desbocada de Máximo se agotara contra la nada.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 10.08.2026

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