Durante siete amaneceres consecutivos, la primera huella que aparecía sobre la tierra húmeda del claro era siempre la misma.
Máximo avanzaba un paso, flexionaba suavemente las rodillas, corregía el peso sobre el talón y dejaba que la respiración fluyera en un ritmo pausado. Inhalar por la nariz, expulsar por la boca. Ya no necesitaba que el maestro estuviera detrás de él corregiéndole la posición del mentón o bajándole los hombros tensos. Sus pies comenzaban a buscar la marca en el barro de forma casi instintiva.
A unos metros, William pasaba las mañanas machacando hojas secas y raíces en un mortero de piedra, preparando ungüentos y vendas para las quemaduras de fricción y las magulladuras de las piernas de Máximo.
Timicha, por su parte, intentaba copiar la postura sobre un tronco caído. Flexionaba las piernas de forma tan exagerada que terminaba perdiendo el equilibrio, cayendo de espaldas sobre el matorral por quinta vez en la mañana.
El maestro, sentado sobre un tocón con la espalda apoyada en un árbol, la miró de reojo.
—Si vuelves a cruzar las rodillas hacia adentro, vas a romperte los tobillos tú sola —dijo el viejo sin levantar la voz.
—¡Lo estoy haciendo igual que Máximo! —protestó Timicha, sacudiéndose las hojas secas del cabello.
Cinco minutos después, estaba cometiendo exactamente el mismo error.
El maestro caminó hacia la línea de tierra donde Máximo terminaba su última serie de desplazamientos. El sudor le corría al muchacho por la sien, pero su respiración se mantenía extrañamente tranquila.
—¿Sigues pensando ir a la capital? —preguntó el maestro, cruzándose de brazos.
—Sí —respondió Máximo sin dudar—. Es el único lugar donde puedo encontrar respuestas.
El maestro guardó silencio, observando el horizonte con la mirada perdida. Máximo guardó silencio un segundo antes de añadir algo que nunca le había contado a nadie.
—Cuando desperté el día de la destrucción de mi pueblo... Había tres personas en la colina. No vi sus caras. Pero llevaban el emblema del ejército.
El maestro dejó de caminar de golpe. La ligera brisa del mañana agitó las tiras de tela de sus antebrazos. No respondió enseguida. El cambio en su postura fue imperceptible para alguien común, pero la tensión en su cuello demostró que esa información le importaba muchísimo.
—¿Estás seguro? —preguntó el viejo, con una voz extrañamente grave.
—Lo único que recuerdo con claridad de esa mañana... es ese emblema —afirmó Máximo, apretando la mandíbula.
El maestro bajó la mirada al suelo de tierra. Un pensamiento cruzó por su mente con la frialdad de un filo: Entonces sí era cierto...
Sin embargo, no dijo una sola palabra.
—Tengo que ocuparme de un asunto —dijo el maestro bruscamente, dando media vuelta sin mirar a nadie.
—¿Qué? ¿Te vas? ¡Pero si apenas estamos empezando! —protestó Timicha, dando un salto desde su tronco.
—¿Volverá pronto, maestro? —preguntó William con preocupación, dando un paso al frente.
El hombre no se detuvo ni giró la cabeza. Simplemente levantó una mano en un gesto desinteresado y se internó en la espesura del bosque, desapareciendo entre los árboles.
Apenas un par de horas después de la partida del maestro, el crujido de ramas secas resonó alrededor del claro.
De entre las sombras de la arboleda aparecieron seis hombres armados con garrotes y machetes mellados. Eran los mismos bandidos que habían intentado asaltar el camino días atrás. El sujeto tuerto que los lideraba escupió al suelo con una sonrisa grotesca.
—Miren a quiénes tenemos aquí... Los cachorros se quedaron solos. El viejo borracho ya no está para defenderlos.
William dio un paso atrás, palideciendo, mientras Timicha adoptaba una postura alerta.
Máximo, en cambio, dio un paso al frente. Sus ojos no mostraban la rabia ciega de la semana pasada. Exhaló despacio por la boca, sintiendo el peso de su cuerpo anclado a la tierra. Vio la situación no como una amenaza mortal, sino como la primera oportunidad real para poner a prueba todo lo que había entrenado.
Un bandido de complexión robusta se lanzó hacia él con un garrote en alto, gritando un insulto.
Hace una semana, Máximo habría embestido de frente para chocar fuerza contra fuerza. Esta vez, esperó. Justo cuando el garrote iniciaba su trayectoria descendente, dio un pequeño paso diagonal sobre el barro. El impacto cortó el aire a milímetros de su hombro. Sin desperdiciar un solo gramo de movimiento, utilizando la fuerza del paso y el giro de la cadera, Máximo descargó un golpe firme con la palma abierta directamente en el plexo del agresor.
El hombre soltó el aire de golpe, doblándose hacia adelante, y cayó de rodillas antes de desplomarse.
No soy más fuerte, pensó Máximo con absoluta claridad mientras el primer bandido caía. Soy más eficiente.
Un segundo bandido intentó sujetarlo por el cuello desde un costado. Máximo recordó la voz del viejo: "No cruces los pies." Pivotó sobre su talón, rompió el agarre deslizando el hombro y respondió con un rodillazo directo al abdomen. El sujeto cayó sofocado.
Un tercero y un cuarto cargaron al mismo tiempo. Máximo desvió el brazo del primero con un toque sutil en la muñeca, haciendo que chocara contra su propio compañero, y remató con un golpe seco al mentón.
Sin embargo, no era invencible. Un quinto bandido se deslizó por su espalda con una daga oxidada, aprovechando que Máximo estaba terminando de recuperar el equilibrio.
—¡Máximo, cuidado! —gritó William.
William, dominado por el pánico de ver a su amigo acorralado, se lanzó al frente. Intentó replicar exactamente la misma técnica de desplazamiento que le había visto ensayar a Máximo durante toda la semana.
Le salió horrible.
El movimiento fue torpe, demasiado lento y descoordinado. Tropézose con su propio pie en el último segundo, pero la inercia de su cuerpo hizo que chocara torpemente contra el costado del bandido. El agresor perdió el equilibrio y falló la estocada por completo, cayendo al barro junto a William.