Kenkyona reigi

Capítulo 12: Arcania

El sol matutino comenzaba a calentar la tierra húmeda del claro. Máximo, William y Timicha aún estaban sentados sobre la hierba, recuperando el aliento entre pequeñas risas y sacudiéndose el barro de la ropa, cuando el crujido de las hojas secas anunció la llegada de alguien.

El maestro apareció de entre los árboles caminando a paso lento, con las manos metidas en los bolsillos de su túnica ajada y el mismo rostro despreocupado de siempre.

—Buenos días —dijo con total naturalidad, levantando una mano a modo de saludo.

Los tres jóvenes lo miraron fijamente durante dos segundos.

—¡¿BUENOS DÍAS?! —exclamaron a la vez.

Timicha se puso en pie de un salto, señalándolo con un dedo acusador.

—¡Mira quién decidió aparecer! ¡Te fuiste horas sin decir nada y nos dejaste solos!

—¡Volvieron los bandidos de la otra vez, maestro! —añadió William, ajustándose el morral atropelladamente mientras se levantaba—. ¡Pudieron habernos matado!

El viejo luchador miró de reojo hacia un costado del claro, donde los seis hombres armados yacían amontonados en el suelo, quejándose en voz baja, incapaces de ponerse en pie. Luego volvió a mirar a los tres chicos.

—Por lo que veo, ya se hicieron cargo —respondió sin inmutarse.

Máximo no dijo nada. Se limitó a mirarse las manos, limpias de ira, y luego al maestro. No hubo un elogio explícito, ni falta que hacía. La simple indiferencia del viejo era el reconocimiento más sincero de que ya no eran unos niños indefensos.

El maestro caminó hasta el borde del claro y contempló el camino de tierra que se adentraba hacia el norte. La broma desapareció de su rostro.

—Recojan sus cosas —dijo con serenidad—. Ya no tenemos motivos para quedarnos aquí.

Máximo levantó la mirada de inmediato.

—¿Por qué?

El hombre señaló con la barbilla hacia el horizonte.

—Porque nuestro siguiente destino es la capital.

William abrió los ojos con sorpresa. Timicha soltó un pequeño silbido de emoción, dando un salto en el aire. Pero Máximo... Máximo se quedó completamente quieto. Cerra los ojos por un segundo, sintiendo el aire frío de la mañana en el rostro. Por primera vez desde que vio su pueblo arder, no sentía que huía de una tragedia, sino que avanzaba hacia las respuestas que tanto necesitaba.

—Para llegar allá —continuó el maestro, sacando un mapa arrugado de su túnica— no podemos simplemente caminar en línea recta. La capital está completamente rodeada por una cordillera infranqueable. Intentar cruzarla por arriba sería una marcha suicida de meses. La única vía de acceso es atravesar la gran grieta natural que la corta. Y allí se alza la ciudad peaje de Arcania.

El hombre desplegó la hoja desgastada. Arcania era el cuello de botella del reino: todo comercio, viajero o ejército que quisiera aproximarse a la capital debía cruzar obligatoriamente por sus puertas.

—Así que nos ponemos en marcha. Arcania nos espera.

Durante los siete días siguientes, el viaje cambió de ritmo. La caminata hacia el norte dejó de ser una marcha agónica para convertirse en una rutina donde los lazos del grupo comenzaron a forjarse con fuerza.

Día 1: Timicha pasó casi todo el trayecto caminando de espaldas por delante de Máximo, intentando sacarle una conversación sobre cualquier tontería, hasta que terminó tropezando con la raíz de un roble y cayendo de boca sobre un matorral. Máximo negó con la cabeza, pero una leve sonrisa se le escapó en la comisura de los labios.

Día 2: Al caer la noche, William asumió el mando de la cocina. Preparó una sopa con hierbas silvestres y tubérculos que recolectó por el camino. Sorprendentemente, estaba deliciosa. Timicha repitió plato tres veces y el maestro murmuró que la sopa combinaba de maravilla con el licor barato de su petaca.

Día 3: Mientras caminaban, Máximo se descubrió a sí mismo corrigiendo la inclinación de los hombros y el peso de los talones a cada paso, incluso sin estar entrenando. El maestro lo observó en silencio desde atrás, dando un trago a su botella con un asentimiento imperceptible.

Día 4: Durante una pausa bajo la sombra de un desfiladero, William intentó practicar a escondidas la postura de desplazar el peso sobre el barro. Máximo se acercó en silencio, se colocó a su lado y le corrigió la curvatura de la espalda. William lo miró sorprendido, pero asintió con una enorme sonrisa.

Día 5: Timicha intentó ejecutar una patada giratoria contra el tronco de un pino para imitar los movimientos de la pelea anterior. El pie se le enganchó en una rama baja y terminó colgada del tobillo durante diez minutos antes de que Máximo y William se compadecieran de ella y la bajaran.

Día 6: Alrededor de la fogata, las risas fluyeron sin el peso de la culpa. Hablaron de cosas banales, de comidas preferidas y de recuerdos absurdos de la infancia. Por primera vez en mucho tiempo, no eran sobrevivientes vagando sin rumbo; eran compañeros de viaje.

Día 7: Al atardecer, las colosales murallas de piedra de Arcania y sus inmensos arcos de paso sobre la cordillera aparecieron en el horizonte, alzándose como monstruos de piedra gris contra el cielo anaranjado.

El grupo se detuvo a la sombra de unas rocas, a medio kilómetro de los controles del peaje. Desde allí se podía ver la larguísima hilera de carretas, mercaderes y viajeros esperando a ser inspeccionados por guardias fuertemente armados con armaduras del reino.

El maestro se apoyó contra la piedra y se cruzó de brazos.

—Bien, llegamos —dijo con calma—. Hay un pequeño problema.

—¿Cuál? —preguntó Máximo, ajustándose el embozo de su túnica.

—Para entrar en Arcania y cruzar al otro lado de la cordillera se necesitan documentos de identidad sellados por el reino.

Se produjo un breve silencio.

—Yo tengo los míos —dijo William, sacando un salvoconducto de su bolsillo.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 10.08.2026

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