La sombra de una colina rocosa a apenas doscientos metros de la gran puerta de Arcania servía de refugio contra las antorchas de la muralla. Los cuatro permanecían agazapados tras las piedras. La brisa nocturna traía el eco lejano del choque de armaduras y el murmullo de los últimos mercaderes que se retiraban del paso.
El maestro estaba arrodillado frente a ellos, observando los movimientos de la guardia militar con una precisión casi quirúrgica.
—Escuchen con atención —murmuró el viejo con voz baja pero cortante—. Lo vamos a hacer ahora.
—¿Ahora? —preguntó William, tragando saliva y ajustándose las correas del morral con manos temblorosas—. Hay al menos cuatro guardias en el arco exterior...
—Y en cinco minutos solo quedarán dos cuando cambien la ronda del retén —interrumpió el maestro, señalando a Timicha—. Tú primero.
—¿Yo? —Timicha sonrió, acomodándose en cuclillas con la agilidad de un gato.
—Vas a acercarte a la garita y vas a decirles que te perdiste. Diles que necesitas ayuda para encontrar tu casa en el suburbio exterior. Uno de ellos tendrá que acompañarte por obligación de protocolo. Mantenlo ocupado y procura que no descubra tu mentira hasta que escuches la señal.
—¿Y si me preguntan la dirección exacta? —inquirió la chica, guiñando un ojo—. No sé mentir bien.
—Eso es exactamente lo que me preocupa —dijo el maestro con sequedad antes de girarse hacia los otros dos—. Ustedes dos harán algo todavía más sencillo.
Máximo levantó una ceja, sintiendo la tensión acumularse en los hombros.
—¿Qué cosa?
—Peleen.
Máximo y William se miraron desconcertados.
—¿Que peleemos entre nosotros? —preguntó Máximo.
—Exacto. Una discusión torpe, un par de empujones ruidosos. El segundo guardia se verá obligado a dejar su puesto para separarlos. Y mientras él esté distraído con ustedes... la puerta quedará desprotegida.
—¿Y tú qué harás? —preguntó Máximo, entornando los ojos.
—Yo me encargaré del mecanismo.
—¿Puedes abrir una puerta militar de diez metros por ti mismo?
El maestro esbozó una pequeña sonrisa irónica mientras acomodaba el borde de su túnica.
—Ya lo hice. Solo falta empujarla.
El plan no se explicó y luego comenzó; el plan empezó mientras el maestro terminaba de hablar.
—Timicha, ahora —ordenó el viejo.
—¿Ahora?
—Ahora.
La muchacha no lo pensó dos veces. Salió de la sombra de las rocas corriendo hacia la garita de control con una expresión de pánico perfectamente ensayada.
—¡Señor guardia! ¡Señor guardia, por favor! —gritó Timicha con voz entrecortada, abordando al primer soldado. El hombre, sorprendido, intentó calmarla mientras ella empezaba a inventar una historia incoherente sobre una carreta de hortalizas y un perro desaparecido.
El maestro miró a los otros dos.
—Máximo, cuando el segundo guardia se distraiga mirando a Timicha...
—¿Empiezo?
—Pelea. Y trata de no matar a William.
William palideció en el acto.
—Eso no me tranquiliza en absoluto...
Antes de que William pudiera protestar de nuevo, Máximo lo agarró del cuello de la túnica y lo empujó sin miramientos contra una de las carretas abandonadas en la entrada. El impacto de madera resonó en la penumbra.
—¡Te dije que la bolsa de monedas era mía, imbécil! —gritó Máximo con una actuación sorprendentemente agresiva.
—¡Oye, suéltame! ¡No me toques! —chilló William, reaccionando por puro instinto de supervivencia y devolviéndole un manotazo en el pecho.
El segundo guardia, que observaba de reojo la escena de Timicha, se giró bruscamente al escuchar los gritos de los dos muchachos. Ajustó la lanza en su mano y comenzó a caminar hacia ellos con paso apresurado.
—¡Ustedes dos, apártense! ¡No hay peleas en la zona de retén! —vociferó el soldado, acortando la distancia.
Apenas el guardia les dio la espalda, una sombra se deslizó entre las antorchas con una velocidad que desafiaba sus años. El maestro llegó a la base de la enorme puerta de madera reforzada con hierro, introdujo el brazo en la hendidura del cerrojo de tres niveles y, con un movimiento seco de nudillos y palanca, desenganchó el eje interno.
Los engranajes principales cayeron en silencio sobre el tope de bronce. La puerta ya no estaba cerrada; solo estaba apoyada.
El maestro retrocedió dos pasos hasta la sombra del muro, se llevó dos dedos a la boca y soltó un sonido fino pero penetrante.
Un silbido seco. Fiu.
En ese mismo instante, la escenografía improvisada se desmoronó.
Timicha cortó su discurso de pánico a la mitad, miró al guardia desorientado y le dedicó una sonrisa radiante.
—Ah, ya recordé dónde vivo. ¡Gracias! —dijo la chica antes de dar media vuelta y salir disparada hacia la oscuridad.
El soldado se quedó parpadeando, con la mano extendida en el aire.
Al mismo tiempo, Máximo y William soltaron las túnicas del otro al instante, se recompusieron la ropa y dieron media vuelta hacia la gran puerta, dejando al segundo guardia con la palabra en la boca.
—¡Oigan! ¡A ustedes dos les estoy hablando! —gritó el soldado, intentando perseguirlos.
Máximo, William y Timicha se cubrieron el rostro con el embozo de sus telas mientras se encontraban en el centro de la calzada, a unos veinte metros de la entrada.
Los dos guardias intentaron cortarles el paso, cruzando las lanzas frente a ellos.
—¡Deténganse! ¡Identifíquense o abriremos fuego!
Ninguno de los tres redujo la marcha. Esta vez no había margen para la duda; cruzarían por la fuerza.
Timicha fue la primera en impactar. Usando la velocidad de su carrera, se deslizó por el suelo entre las piernas del primer guardia, enganchó el tobillo del soldado con el empeine de su bota y lo hizo caer de espaldas contra la tierra con un estrépito de armadura.
William, dominado por la adrenalina, no intentó una técnica limpia. Simplemente cerró los ojos y embistió con todo el peso de su cuerpo y su morral contra el segundo guardia. El impacto desequilibró al soldado lo suficiente como para desviarle la lanza y hacerlo trastabillar hacia la garita.