Kenkyona reigi

Capítulo 14: La ciudad que no recuerda

El olor a tierra mojada de la noche anterior todavía flotaba en el aire cuando los cuatro se adentraron en el denso bosque que rodeaba la salida de la cordillera. A pesar del cansancio que les agarrotaba las piernas, la atmósfera entre los tres muchachos era extrañamente ligera. El plan en Arcania no solo había salido bien; había salido perfecto.

—Admitan que mi parte fue la más difícil —presumió Timicha, caminando de espaldas sobre un tronco caído mientras mantenía el equilibrio con los brazos abiertos.

William, que intentaba reacomodar las correas deshilachadas de su morral, la miró de reojo con sarcasmo.

—¿La de inventarte una historia incoherente sobre una carreta de hortalizas y un perro fantasma?

—¡Exactamente! —exclamó Timicha, dando un saltito hacia adelante—. ¿Sabes lo difícil que es mentirle a un guardia armado sin que se te trabe la lengua? Requiere talento actoral.

—Creo que el guardia se la creyó porque estaba demasiado confundido para procesar lo que estabas diciendo —intervino Máximo con su habitual tono seco, ajustándose el embozo en el cuello.

Timicha se llevó una mano al pecho, fingiendo un dolor profundo.

—¡Máximo! ¡Funcionó!

—No dije que fuera mala —aclaró él, sin cambiar la expresión.

—¡Entonces admites que soy una genio de la infiltración!

—Dije que funcionó —repitió Máximo—. Que es diferente.

—Eso es prácticamente lo mismo —sentenció la chica con una sonrisa radiante, lanzándole una baya seca a la cabeza.

Máximo la esquivó por centímetros, pero no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara levemente. Aquella pequeña sensación de complicidad, de formar parte de algo, seguía resultándole extraña, pero ya no intentaba rechazarla.

El maestro, que caminaba un par de metros al frente con las manos tras la espalda, se detuvo en seco. El tono distendido del grupo se evaporó al instante en cuanto el viejo se giró.

—Cuando lleguemos a la capital, mantengan la cabeza baja —dijo con voz grave y sin preámbulos.

Los tres se detuvieron.

—¿Qué pasa? —preguntó Timicha, bajando los brazos.

—Nada de llamar la atención. Nada de peleas ruidosas. Nada de andar preguntando demasiado a los desconocidos —ordenó el maestro, clavando la mirada en cada uno de ellos—. Y, sobre todo, no se acerquen a las patrullas militares.

Máximo frunció el ceño.

—¿Por qué tan drástico? Ya dejamos atrás el peaje.

El maestro tardó un momento en contestar. Observó el frondoso dosel de los árboles por encima de sus cabezas antes de responder.

—Porque entramos por la puerta trasera de Arcania —dijo en voz baja—. Y quienes entran por la puerta trasera no suelen recibir una bienvenida cordial en el corazón del reino.

Los tres asintieron en silencio, entendiendo la advertencia, aunque la rigidez en la postura del viejo dejó una sensación inquietante flotando en el ambiente.

Desde la ciudad peaje hasta la capital había casi quinientos kilómetros de distancia. Para un grupo a pie, atravesar semejante tramo a través de caminos secundarios, colinas y valles requería una disciplina de hierro.

Fueron diez días de avance ininterrumpido. Diez días de correr en formación al amanecer, de dormir en refugios improvisados bajo la lluvia y de comer raciones secas junto a fogatas apagadas antes de tiempo para no dejar rastro de humo. Durante las jornadas de marcha, la dinámica entre ellos se afianzó: Timicha usaba su agilidad para adelantarse y explorar el terreno; William identificaba raíces y plantas medicinales para tratar las ampollas de los pies; Máximo mantenía el ritmo sin quejarse, concentrado en la respiración y en controlar el peso de su cuerpo a cada paso.

Pero a medida que los días pasaban, la actitud del maestro comenzó a tornarse extraña.

Ya no les daba instrucciones sobre cómo golpear, cómo esquivar o cómo distribuir el centro de gravedad. Sus conversaciones adoptaron un matiz distinto, casi cotidiano, pero envuelto en una melancolía que no encajaba con él.

Sucedió al sexto día, mientras descansaban bajo un arce gigante.

—Si alguna vez logras tener un poco de dinero de sobra, Máximo, no lo gastes en armas pesadas ni en baratijas de hierro —dijo el viejo de la nada, contemplando las brasas de una pequeña hoguera—. Compra buena calzado y aprende a ahorrar antes de quedarte sin nada.

Máximo lo miró sin comprender.

—¿Por qué me dice eso ahora?

—Porque eres malo administrando tus recursos.

—Nunca me ha visto gastar una sola moneda.

—Precisamente. No sabes lo que cuesta conseguirla —respondió el maestro con tranquilidad.

Al octavo día, mientras cruzaban un arroyo, se dirigió a Timicha:

—Si en algún momento decides establecerte y construir una casa, recuerda plantar algo cerca de la ventana exterior.

Timicha parpadeó, sorprendida por la sugerencia.

—¿Una planta? ¿Para qué?

—Porque las casas vacías se vuelven demasiado silenciosas muy rápido —murmuró el viejo, volviendo a ponerse en marcha sin esperar respuesta.

Sus palabras no sonaban a lecciones de combate; sonaban a consejos de alguien que estaba ordenando sus asuntos, como quien prepara un equipaje antes de un viaje sin retorno. Máximo lo notaba, pero prefirió ignorarlo, convencido de que solo era la chochez de un viejo cansado por la caminata.

Al décimo día, el bosque comenzó a rralear.

El constante silencio de la naturaleza fue reemplazado progresivamente por un murmullo lejano y sordo. Primero fue un retumbo constante, como el cauce de un río embravecido; luego, el sonido se dividió en ecos de metal, campanas, voces superpuestas y el rugido rítmico de maquinaria pesada.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó William, apretando el paso.

Antes de que nadie pudiera responder, un zumbido ensordecedor cortó el aire por encima de los árboles. Una gigantesca estructura de metal gris, con alas rígidas y dos motores que expelían ráfagas de aire caliente, atravesó las nubes a una velocidad pasmosa, proyectando una sombra enorme sobre el grupo antes de perderse en el horizonte.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 31.08.2026

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