Kenkyona reigi

Capítulo 15: La ciudad que no recuerda (II)

El eco de las botas militares alejándose por el bulevar aún resonaba contra los muros de piedra, pero para los tres muchachos, el ruido frenético de la capital se había convertido en un zumbido distante y ahogado.

Se quedaron allí, plantados en mitad de la acera, como estatuas de sal.

—El maestro... —murmuró Máximo. La voz le salió áspera, rasposa, como si se le hubiera secado la garganta de golpe.

—No. No, no puede ser —intervino William de inmediato, sacudiendo la cabeza con vehemencia y llevándose las manos a la sien—. Tiene que haber un error. Un malentendido. Lo confundieron con otra persona, la capital es enorme, estas cosas pasan...

Timicha no dijo nada.

Por primera vez desde que se conocían, la muchacha que siempre tenía una respuesta rápida, un chiste flojo o un comentario impertinente, guardó un silencio absoluto. Tenía los ojos desorbitados, fijos en la mancha de tierra que el rostro del viejo había dejado en las losas de la calle. Ese silencio pesaba más que cualquier negación de William.

—Tenemos que saber si es verdad —dijo Máximo, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Máximo, nos dijeron que nos alejáramos —lo frenó William, tomándolo del brazo con mano temblorosa—. Dijeron que era peligroso. Si nos metemos en esto, nos van a arrestar a nosotros también. Y si... ¿y si lo que dijeron esos soldados es verdad?

Máximo se giró bruscamente hacia él.

—Entonces quiero escucharlo de su boca. Quiero que él me mire a los ojos y me diga que es mentira.

No había espacio para la duda. Se reincorporaron, se calaron los embozos para ocultar parte de sus rostros y comenzaron a seguir la pista de la patrulla.

Avanzar sin llamar la atención en un territorio desconocido fue difícil, pero siguiendo el rastro de la guardia urbana, llegaron hasta la parte posterior de una guarnición militar secundaria. Era un edificio sobrio, de piedra gris, rodeado por rejas de hierro.

Allí, en un patio trasero expuesto al aire libre y custodiado por un solo soldado de guardia, el maestro permanecía de rodillas, atado de manos a un poste de amarre de carruajes.

—Es una locura entrar ahí —susurró William desde el callejón de enfrente.

—Necesitamos despejar al guardia un minuto. Solo un minuto —respondió Máximo.

Timicha dio un paso al frente, ajustándose la túnica.

—Yo voy.

William la miró con incredulidad.

—¿Vas a usar otra vez la historia de la niña perdida? Es el mismo truco de Arcania.

—Funcionó la primera vez —replicó ella, aunque la chispa habitual en sus ojos había sido reemplazada por una determinación sombría.

—Por eso mismo sospecharán si suena igual.

—Entonces tendré que actuar mejor.

Timicha salió del callejón. Con una rapidez impresionante, forzó su respiración hasta ponerse hiperventilando, agitó su cabello y corrió hacia el puesto del guardia tropezando torpemente.

—¡Por favor! ¡Señor oficial, ayúdeme! —gritó, rompiendo a llorar con una desesperación tan convincente que el soldado, sorprendido, bajó la lanza de inmediato—. ¡Mi hermano menor cayó a una alcantarilla en la calle posterior y no puedo sacarlo! ¡Se está ahogando!

El guardia vaciló, mirando de reojo al anciano encadenado y luego a la muchacha que temblaba de pánico frente a él. La empatía o el protocolo ganaron.

—Maldita sea... Quédate detrás de mí, muéstrame dónde es —ordenó el soldado, echando a correr tras Timicha hacia el lateral del edificio.

Apenas doblaron la esquina, Máximo y William se cruzaron la calle como dos sombras y llegaron hasta el puesto de amarre.

—Maestro —susurró William, arrodillándose a su lado.

El viejo alzó la vista lentamente. Sus ojos, apagados, no mostraron alivio alguno al verlos.

—Lárguense de aquí —dijo el maestro en voz baja y áspera—. Les dije que no se acercaran a los militares. Si los ven conmigo, los procesarán como sus cómplices.

—Cállese —dijo Máximo, dando un paso al frente. Se agachó hasta quedar a su altura—. Cállese y díganos que es mentira.

El maestro guardó silencio.

—Diga que esos soldados están equivocados. Diga que usted no mató a nadie —insistió Máximo. La voz se le quebraba entre la rabia y el desconcierto.

El viejo no respondió. Simplemente bajó la cabeza, evitando su mirada.

El gesto encendió algo en el pecho de Máximo. En un arranque de furia contenidos durante días, estiró las manos, agarró al maestro por el cuello de la túnica y lo sacudió con fuerza, obligándolo a alzar el rostro.

—¡Míreme! —gritó Máximo en un susurro violento. Tenía el rostro desencajado, atrapado entre una rabia ciega y una tristeza profunda que amenazaba con aplastarlo—. ¡Míreme a los ojos y dígame que no es verdad!

William intentó intervenir, asustado.

—¡Máximo, suéltalo, nos van a oír!

El maestro sostuvo la mirada de Máximo. Su expresión no era de miedo, ni de culpa; era una amargura añeja, gastada por los años.

—No importa lo que yo diga, Máximo —contestó el viejo con una calma desoladora—. De todas formas, las personas piden mi cabeza por esa acusación. Y tienen sus razones.

La respuesta no negó nada. No aclaró nada. Fue una daga directa al estómago.

Máximo aflojó el agarre lentamente, soltando la túnica del viejo como si le quemara las manos. Retrocedió dos pasos, sintiendo un vacío helado en el pecho.

El eco de los pasos del guardia regresando por el pasillo lateral rompió el momento.

—Se dieron cuenta de la mentira... ¡tienen que irse ya! —advirtió William, tirando del hombro de Máximo.

Sin decir una sola palabra más, Máximo dio media vuelta y echó a correr hacia el callejón, seguido por William. Detrás de ellos, atado al poste y esperando su destino, el maestro solo soltó una pequeña risa seca, carente de humor, antes de volver a agachar la cabeza.

Se reencontraron con Timicha a tres calles de distancia, escondidos bajo el alero de un almacén abandonado.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 31.08.2026

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